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El peligro de las reformas

Escrito por Juan Carlos Sánchez del Barco 27 Enero 2012
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El 'Reformismo', palabra que causa una grata sensación para aquél que escuche con el oído y no con la mente, consiste, en teoría, en implementar una serie de aparentes avances sociales, políticos o económicos con el objetivo de intentar mejorar (repito, en teoría), de forma moderada, la calidad de vida del pueblo o de un sector del mismo.

Sin embargo, las reformas esconden una realidad mucho más profunda y siniestra. La crisis económica actual está basada en la institucionalización y planificación artificial y deliberada de la pobreza por parte de los políticos, grandes banqueros, aristócratas, multinacionales, etc. para saciar, a partir del sufrimiento y explotación del ser humano, una codicia y avaricia que no conoce límites. Por lo tanto, y partiendo de esta premisa, las reformas no son más que un instrumento del poder y del capital para apaciguar los ánimos revolucionarios que puedan surgir en el seno de una sociedad harta de agravios e injusticias de toda clase.

Los poderosos y grandes ricos razonan de la siguiente manera: "Con una revolución social y nacional perderíamos muchísima más influencia y riqueza que con reformas, es decir, con limosnas". Porque las reformas no son otra cosa que dar limosnas al pueblo, ganar tiempo y acallar a la sociedad. Realmente, reformar significa realizar cambios moderados, a mejor o a peor, para que los privilegiados pierdan una parte mínima de su posición social y no toda ella, que es lo que sucedería en una revolución social.

El empleo de las reformas se inserta siempre en una coyuntura concreta de conflictividad social. Al surgir movimientos revolucionarios en todo el mundo que están empezando a sacudir los cimientos de esta sociedad decadente, basada en el consumismo extremo, en el individualismo y en el olvido de sus propios valores culturales como ente colectivo en beneficio de la globalización yanqui, el poder mundial está empezando a asustarse, con lo cual comienzan a organizar sus movimientos contra estas revueltas y protestas. ¿Cómo? La respuesta es clara: Reformas acompañadas de violencia policial (Pan y palos, tal como se diría en el argot popular).

Las reformas intentan conformar y contentar a la mayoría del pueblo, porque se establecen siempre desde el sistema. Pero una minoría (no tan minoritaria como algunos creen) de individuos somos radicales (en el buen sentido de la palabra) y no por ello hemos de ser violentos, pensamos que la revolución, que preconiza la destrucción (y no la reforma) del sistema actual, es la única vía para implementar el bienestar del pueblo, conseguir una justa redistribución de la riqueza y acabar con los privilegios de unos pocos que hacen fortuna al cobijo del poder y con el sudor del pueblo trabajador.
Sólo las mayores empresas están capeando la crisis que existe en España, de lo cual se aprovechan, haciendo ver al obrero que trabaja por cuatro duros al mes en la empresa o le espera el paro.
Sin embargo, existe otro uso para la palabra "reforma", y éste viene dado por el miedo y psicosis que se infunde a la sociedad (por parte de los medios de comunicación, políticos y demás chusma parásita del sistema) para que ésta ceda voluntariamente su propia libertad y bienestar conseguidos con gran sacrificio por las generaciones anteriores con el objetivo, según nos dicen, "de frenar los efectos de la crisis, disminuir el paro, recuperar la confianza en la economía, etc.", pero, en realidad, es para que los grandes de la economía consigan beneficios que, de otra forma, no tendrían; es para que los trabajadores renuncien a sus propios derechos en aras de "mejorar la situación económica", pero realmente es para que la empresa consiga mayores beneficios a costa del obrero. Esto último sólo sucede en empresas grandes, y no demasiado en PYMES. Los pequeños y medianos patronos viven una situación social equivalente a la de los trabajadores, que aunque, éstos últimos, en teoría, tienen mayores derechos que los pequeños empresarios, en verdad tienen los mismos, es decir, ninguno.

Por lo tanto, sólo las mayores empresas están capeando la crisis por la falta de empleo que existe en España, de lo cual se aprovechan, haciendo ver al obrero que trabaja por cuatro duros al mes en la empresa o le espera el paro. Al trabajador no le queda otro remedio que claudicar frente al jefe, sobre todo con estos sindicatos vergonzosos que tenemos en este país, llámese UGT o CCOO. Se trata de un chantaje similar a los que solían hacer los grandes empresarios en el siglo XIX, con la revolución industrial en curso.
De esta forma, querido lector, no confíe en las reformas del sistema, no crea en el hecho de que los directivos de multinacionales, terratenientes, grandes banqueros, etc. vayan a renunciar voluntariamente a su riqueza para distribuirla entre el pueblo.

No olvidemos cómo se han hecho con sus fortunas vergonzosas los individuos sin escrúpulos de esta clase aristocrática: a costa de la explotación y la injusticia. Y sus fortunas siguen aumentando paralelamente al ansia revolucionaria de los pueblos. Con millones de seres humanos muriendo de hambre en este planeta (tanto en el mundo desarrollado como subdesarrollado), cuando la producción alimentaria es, sin exagerar, el doble de lo que necesitaría la Humanidad para subsistir; con gravísimos daños ambientales a lo largo y ancho del planeta para obtener recursos que tienen los días contados, tales como el petróleo; con trabajos precarios que apenas alcanzan para sobrevivir y con hipotecas abusivas y expoliación de los recursos públicos por parte de la institución bancaria "para salvar al país de la quiebra", según los politicastros fieles a los intereses de la banca, pero realmente comprometidos a comprar la deuda de los bancos y sanearlos con dinero del pueblo, para lo cual es necesario subir impuestos, en lugar de exigir la devolución de la riqueza robada por los canallas políticos, etc. pretenden tener la desvergüenza de hablarnos de reformas, cuando lo que es necesario es un levantamiento popular que haga ver a estos desgraciados que el pueblo español sigue siendo combativo y revolucionario, tal como lo demuestra nuestra historia. Δ

 

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