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A través del papel

Escrito por José Romero Seguín 17 Noviembre 2011
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Veo en un cartel electoral al candidato Alfredo Pérez Rubalcaba en una postura que me recuerda a un viejo pescador. Unos pasos más allá me topo con un otoñal Rajoy, en estado de eterna espera, la propia del buen opositor que es y que siempre ha sido.

Paseando por una calle de mi ciudad (pudo ser por la de cualquier otro pueblo o ciudad todas se disfrazan igual para este carnaval de voluntades susceptibles de levar) me detuve bajo el rojo cartel electoral del PSOE, donde, al lado de la consigna: "Pelea por lo quieres", se ve al candidato Alfredo Pérez Rubalcaba en una postura que me lleva a imaginarlo como un viejo pescador. La felina mirada firmemente clavada en el horizonte plano del agua. En el juego de manos, mientras que con la izquierda templa el sedal, sujeta firme con la derecha la caña, en esa actitud propia del que sabe que el pez ha picado, pero que no ha de precipitarse la captura, que se ha de esperar, que se impone sopesar su tamaño y también su fuerza, en la plena conciencia de que tal ligereza sólo le puede llevar a la fatal ruptura de la tanza y el consiguiente fracaso de la pieza no cobrada.

Esa misma impronta me traslada de inmediato al literario mundo de Ernest Hemingway, consumado cazador, y más concretamente a su relato "El Viejo y el Mar". Es cierto que el personaje de nuestra historia no representa al agotado marinero, pescador sin suerte, en la medida en que Alfredo viene de un mundo donde puede que el pescado esté todo vendido, pero está, es más, se podría decir que aún es, a día de hoy, el amo de la lonja y también de la suerte de de peces y pescadores. Pero no me negarán que él como Santiago, el protagonista de tan magnífica obra, se visualiza abandonado no sólo de sus compañeros en el duro faenar de los días de gobierno, sino también de su joven amigo de pesca, ese que añora ser sexador de nubes sobre el largo azul del cielo de León.

Digamos, por no hablar de maquiavélicos cálculos, que ha sabido caer desgracia, a juzgar por su infinita soledad en el tabernario juego electoral. Prueba de ello es que se ha de hacer a esta particular marea en compañía de los viejos y fantasmales camaradas de antiguos gobiernos, a los que ya sólo parece ver él. Débiles y lejanas sombras chinescas que se recortan al fondo de un horizonte afortunadamente ya superado. Anacrónicos, sin ambages, en el actual panorama político. Y que aún así no duda en pilotar la vieja barca hasta ese límite sin horizonte que admite la más reciente y elemental memoria. Hasta ese lugar en donde advirtió Cernuda que "habita el olvido". Y una vez allí, lejos de cualquier evocación de su actual gestión en la tarea de gobierno, y desnudo de otro recuerdo que su nombre y su sombra, ancla la nave y dispone los aparejos: sedales, anzuelos, carnada..., para la que se presenta como una dura y larga jornada de pesca.

Quizá sueña mientras lo hace con ser joven, con no ser el viejo Alfredo, sino el joven Alfredo. A la par que le reprocha a la suerte el no haberlo buscado en otro tiempo y en otro espacio más propicio. Pero, para que engañarse, nadie sabe mejor que él que los momentos no siempre se eligen, que por lo general son ellos quienes lo hacen. Como sabe también que los hombres que nacieron para bregar en la sombra, y él lo hizo, sólo disponen de la deslucida estrella que el duro trabajo les tatúa sobre la piel. Y él es un humilde "paleta" de la política. Un hombre del aparato, sin más carisma que aquel que le otorga el levantarse cada mañana atento a la misión encomendada por ese líder carismático y estrellado hasta el cielo del paladar, con el El voto, nos guste o no, no es sino un papel tachado de nombres sin rostro, sin espacio para imaginar. que finalmente se ha de estrellar en la ardua tarea de alicatarlo de credibilidad.

Aún no ha tocado el agua el anzuelo convenientemente cebado, y ya se le hace presente la certeza de la captura, es por ello que cuando la siente morder no se muestra inquieto, ni se apresura a tirar del sedal, y menos aún a mover el carrete. Y no lo hace porque sabe que el enorme pez que se ha enganchado, no es sino esa fabulosa pieza amiga que ha de saber conducir intacta a puerto.

Se sacude inquieta la captura en el desasosiego de su ideología, tal vez traicionada, tal vez sólo conmovida por la posibilidad de la derrota. Se agita cada vez más nerviosa y percibe Alfredo bajo sus pies el indescriptible peso de su poder, no en vano, son diez millones de votantes, la exacta suma del capital humano de su partido. Se ha de mostrar por tanto cauto, no se trata de romper el círculo maldito de la anunciado derrota, ni diluir la amarga sombra del pérfido fracaso. Su misión no es tampoco la de deslumbrar a sus competidores sino la de hacerles saber que es capaz de llevar buen puerto ese capital humano, esa humana esperanza.

Sabe que el camino es largo, tanto como los peligros que lo acechan. Que unos y otros van a tratar, por todos los medios a su alcance, de ir devorando su patrimonio, debilitando así sus fuerzas y con ellas la ocasión de conseguir ese puesto de pescador mayor del reino para el que se postula.

La calle se desangra en el mar de calles que la escoltan ciudad adentro, y en todas ellas navega al viento el candidato dispuesto a no claudicar, a no dejarse derrotar, a conducir a seguro ese trofeo que le avala y distingue ante sí y ante el partido.

Unos pasos más allá me topo con un otoñal Rajoy, en estado de eterna espera, y entrado ya, por mor de necios afeites y enjuagues estéticos, en esa deslustrada rebeldía que emerge de ese artificial remozamiento que nos aboca necesariamente a ser reos de una madurez mal llevada y una vejez mal entendida. En su cara de eterno sorprendido, luce una mueca de hastío traspasado de melancolía, irónica sonrisa de gaviota parada en el azul sin cielo del cartel de su partido. La propia del buen opositor que es y que siempre ha sido. Dispuesto, como no, a registrar a su nombre y sin mayor aspaviento la inmensa ruina que nos ronda y que con tan profesional aseo y humana disciplina ha ido pormenorizando día tras día en el libro de asientos de parlamento y en los asentados medios de comunicación.

Buscando en él paralelismos literarios me evoca ese eterno hombre del casino provinciano del que habló Machado. Ese que viste su cara de vacío allí donde no es capaz de llegar ni aún la diestra mano del retocador de turno.

Rajoy espera, el viejo pescador desespera, ¿qué podemos esperar los peces de este mar pescados ya antes de picar? Quizá sólo que el papel mienta. Pero el papel tirita al viento su infinita indiferencia. Y el voto, nos guste o no, no es sino un papel tachado de nombres sin rostro, sin espacio, al fin, para imaginar. Δ

 

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