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Opinión Opinión El cobrador

El cobrador

Escrito por Julian Silva Puentes 13 Octubre 2011
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El cobrador 4.9 out of 5 based on 12 votes.
Carezco de inventiva y no consigo hacer nada más que vestir mis ropas de abogado y actuar como un autómata frente a personas indefensas que nada tienen para sobrevivir en este mundo conducido por los grandes del mundo.

Si quieren saber cómo inicio mi mañana, de lo primero que deben enterarse es que abro los ojos con un sólo pensamiento en la cabeza: "Hombre, es un perfecto día para dañarle la vida a alguien". Luego me levanto del lecho y me dirijo al baño con unas ganas terribles de vomitar. Pero el problema de trasbocar a semejante hora se debe a que lo único guarnecido en la barriga es esa bilis amarga y tiernona típica de las borracheras de dos días sin comer. De manera pues que lo mejor es aguantarse las ganas, entrar en la regadera y sentir repugnancia por la persona en quien te has convertido: un vendido, eso es lo que eres, un mercenario de las entidades financieras, el mejor amigo del diablo, el cáncer de la nueva era, el hipócrita más grande que has conocido desde el momento en que aceptaste este horroroso trabajo.

Me llamo Julián S. Toco la guitarra, escribo cuentos y novelas, hago caricaturas y soy un pobre diablo. Duermo en un colchón al interior del apto de mis primos. No pago arriendo por carecer de los medios necesarios y ellos no me cobran por considerarme un vago sin futuro y aspiraciones. Yo les doy la razón. Nunca discuto sus recriminaciones. Sin embargo, cuando lo que llevo en la billetera es insuficiente para pagar un tinto, me veo en la obligación de vender un trozo de mi alma a cambio de unos cuantos verdes.

No es mucho lo que gano, en realidad. Me vendo casi por nada. De hecho, tan bajo es el porcentaje de lo que cobro por recaudo que al final del día sigo siendo el mismo pobre diablo de siempre. Pero al menos me queda para los tintos de la semana y un par de tragos el sábado en la noche.

Mi título de abogado me permite decirle a la gente humilde lo siguiente: "Señora, con todo el pesar del mundo debo advertirle que de no pagar la cuenta de su crédito para el día de mañana la demandaré por la totalidad de la deuda".

Estas pobres personas viven sin mayores lujos: un televisor plasma (en aditamentos para el entretenimiento del hogar suelen contar con aparatos tan fastuosos como los de un mafioso), el equipo de sonido de última generación, una buena nevera de dos puertas y listo. Pare de contar. Porque tanto el exterior como el interior de sus casas luce como las ruinas de un bombardeo: pisos en hormigón, fachadas en obra negra y aquel olor a mierda de perro tan característico de los complejos residenciales en los estratos uno y dos. Un vendido, eso es lo que eres, el hipócrita más grande que has conocido desde el momento en que aceptaste este horroroso trabajo. Su única aspiración, en definitiva, consiste en ver una película, la novela de las noches y un buen aparato de música que los haga olvidar al menos durante un par de horas el sinnúmero de placeres mundanos que el resto de nosotros damos por sentado. Y sin embargo debo llegar acompañado por el empleado del banco, un "analista comercial", una criaturilla (hombre o mujer) fascinada con el poder pueril que ejerce sobre el cliente asustadizo, y escucharle decir antes de tocar la puerta "Bueno, ya sabe, yo le digo un par de cosas y luego usted lo amenaza con esa jerga de abogado de embargos y remates y policía y cuanta cosa se le ocurra. Lo importante aquí es darle un buen susto". Sonríe mientras me habla. En realidad disfruta su trabajo. No le afecta en gran medida las lágrimas del cliente o las constantes amenazas de suicidio que, a todo esto, son más frecuentes de lo que se podría imaginar.

Por mi parte, en cuanto se abre la puerta y soy presentado como el abogado de la entidad, me limito a sonreír y a conversar con el cliente de la mejor manera posible. Incluso lo hago como si se tratara de un buen amigo, sin amenazas legales u otra patraña por el estilo. Tal vez se deba a esto, la suavidad de mi trato, la razón por la cual mi gestión sea la más baja de todas. Simplemente no infundo temor en nadie. De hecho, soy tan mediocre en mi labor que si la gente paga se debe a las palabras de aliento que salen de mi boca cuando no se concentran en insultarme por cobrarles lo que no tienen. No se trata de respeto o miedo. Simplemente me anulo de tal manera que logro dejar de existir durante dichas visitas hasta el punto en que me olvido del lugar donde me encuentro y me dispongo a conversar acerca de la última película que vi en la TV o los planes con mi chica para el fin de semana. Es algo totalmente inapropiado, lo sé, pero a decir verdad, no me importa demasiado.

En todo caso, por más que intente ausentarme metafísicamente del lugar donde me encuentro, soy consciente de mi contribución al enriquecimiento de las entidades bancarias. Porque sé que así no diga mucho o le imprima un tono afable a mis palabras, en cuanto la gente escucha la palabra abogado, se activa un timbre de alarma que les avisa la proximidad del peligro. No se equivocan. Si después de un par de días no han cumplido, los demando sin miramientos hasta conseguir el último centavo de su deuda. No me importa qué será de su suerte, si tendrán lo suficiente para comer o un lugar donde vivir, total, obtendré lo mío así deba arrebatarles los cubiertos de las manos. Son sólo un nombre en mi lista. Nada representan para nadie excepto la totalidad de su deuda.

Ese soy yo ahora. En "eso" me he convertido. De nada importa la repugnancia que sienta hacia mi propia persona o las demás cosas que podría hacer para ganarme la vida. Porque lo cierto es que carezco de inventiva y no consigo hacer nada más que vestir mis ropas de abogado y actuar como un autómata frente a personas indefensas que nada tienen para sobrevivir en este mundo conducido por los grandes del mundo.

Estoy condenado, eso lo tengo por seguro, a servir de verdugo hasta que alguien me pague por mis palabras resentidas o me arme de valor y corra muy lejos para liberarme de esta persona desalmada en la que me he venido convirtiendo. Pero no creo que lo haga nunca. Soy sólo uno hipócrita sin imaginación, un perdedor, un vendido como la gran mayoría. Pero hey, al menos continúo escribiendo. A lo mejor algún día gane un concurso de literatura o reciba la herencia de aquel pariente millonario y pueda dedicarme por fin a filosofar sobre la vida en las orillas del Sena con un par de tragos en la cabeza y la resolución de una vida sin justificaciones bajo la hermosa luz de la luna en una cálida noche de verano. Δ

 

Comentarios   

 
+1 #1 Juan Gaitan 14-10-2011 02:25
Cuantas personas que lean esto, se sentiran identificadas?...

Julian, muy vacano...
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+1 #2 fabiola 14-10-2011 15:58
Lo que somos y en lo que nos tenemos que convertir!! Que incomoda es la realidad del sistema que nos empuja siempre hacia lo que no queremos ser. Escapar a otro lugar?? si, definitivamente esa es mi opcion, mientras miro desde lejos con la aspiracion de que mi rico y hermoso pais algun dia cambie para ser un paraiso donde se pueda vivir.
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0 #3 Rogelio 14-10-2011 21:23
Cito a Juan Gaitan:
Cuantas personas que lean esto, se sentiran identificadas?...

Julian, muy vacano...


Eso Juan, tremendo el artículo de Julian, además, como decía Miller en no me acuerdo qué libro: "Las personas que lean esto se sentirán identificadas y tal vez sientan menos el peso de sus miserias". Sigue adelante Julian
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+1 #4 Mauricio Duarte 15-10-2011 21:57
Buen artículo, invita a reflexionar sobre los roles que nos vemos obligados a asumir como consecuencia del capitalismo deshumanizado en el que estamos inmersos. El estilo de vida pacífico y existencial que nos gustaría llevar se queda tristemente en nuestros sueños.
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