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Opinión Opinión Soy un vago

Soy un vago

Escrito por Julian Silva Puentes 19 Agosto 2011
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Recuerdo que cuando era un niño pequeño mi profesora de cuarto primaria, la señorita Teresa, una cincuentona proclamada a sí misma “inmaculada”, me decía sin falta, en cada ocasión en que llegaba a clases sin la tarea: “Los vagos como usted están destinados a limpiar los zapatos de los grandes hombres del futuro”. La verdad, si es que debo ser sincero, nunca tuve problema con ello: lustrador de zapatos, médico, abogado, bombero; en fin, es siempre lo mismo. Se resume de la siguiente manera: una suma de minutos dedicada a repetir la misma función una y otra vez hasta reventar ya sea de viejos; o peor, enterrados en un cubículo frente a un computador, muriendo de a poco, padeciendo una gastritis crónica de los mil carajos.
Mi nombre es Julián, tengo 29 años de edad, soy abogado, músico empírico, escritor, y hago todo lo posible por no emplearme. En este exacto momento son las 3:30 PM. Estoy en un café intentando escribir este artículo. Tengo un poco de prisa ya que el agua aromática que pedí hace tres horas y media se enfrió hace mucho, y las meseras no tardarán en preguntar: “¿desea pedir algo más?”, lo que es igual a decir: “levanta tu culo sodomizado, tú, bueno para nada”. No estarían equivocadas. Tengo dos dólares en la billetera, en cuanto pague la bebida no tendré para comprar una caja de chicles, una cerveza o la entrada a un cine.
Mi nombre es Julián, tengo 29 años de edad, un futuro impreciso, dos dólares en la billetera, y sin embargo, soy el hombre más feliz que podrán conocer. Soy un inútil, un perezoso, un “musgo”, un mediocre, un VAGO. La gente intenta recordármelo a diario: “No haces nada con tu tiempo, desperdicias tu vida” –me dicen mis amigos–. Y yo les respondo, mientras veo sus rostros tristes y envejecidos: “No importa si se carga una escoba en el hombro o un portafolio en la mano, igual, alguien más listo que tú comanda tu tiempo y por ende, tu vida”. Es así de sencillo. Cuando no dispones de tu propio tiempo, eres un esclavo, un fracasado. Ellos no me escuchan. Se encuentran demasiado ocupados imitando a sus padres como para entender que el trabajo es un medio para conseguir ciertas cosas del básico vivir, pero nunca un fin, ¡jamás esto puede ser el norte de nuestra vida!Tengo toda una vida para escribir lo que sea, pero un atardecer como estos se acabará en cualquier momento y nunca más regresará
A ello, uno de mis mejores amigos me dijo hace unos días: “si no produces, eres inútil, por ende, estás muerto”. De acuerdo a este racionamiento, si el tiempo cuesta dinero y llego a padecer de una diarrea titánica, de esas que necesitan un par de litros de Pedialyte para sobrevivir una sola jornada, ¿entonces qué? ¿Perderé dinero allí, sentado en el baño? ¿Cuánto será? ¿Cien dólares, mil? ¡Un millón! ¿Quién decide? ¿Yo?
Me llamo Julián, tengo 29 años de edad y puedo llevar diez dólares en la billetera una semana completa. Soy un mago en el arte de conseguir un almuerzo gratis, los tragos del fin de semana, un techo bajo el cual no deba pagar un solo centavo, y ahí sigo, con los mismos diez dólares en la billetera. Soy un buscón, un vago, un musgo. Soy Julián y perdí la vergüenza hace rato. El dinero, la ambición, no dicen nada para mí. Soy como Miller cuando dice “No tengo dinero ni recursos ni esperanza. Soy el hombre más feliz del mundo”. En efecto, no soy Henry Miller. Eso es de por sí un problema. Pero lo cierto es que me despierto a diario sin saber el rumbo que tomará mi día, absolutamente feliz de no limitar la vista dentro de un cubículo de trabajo. Puedo caminar dos horas por la ciudad, maravillándome ante las cosas más simples de la vida (el azul del cielo, un hippy tocando Polly con una guitarra sin cuerdas), feliz de no padecer la obsesión del hombre con respecto a su trabajo, la eficiencia comparativa con las máquinas, su imagen y semejanza con algún dios griego lampiño, andrógino, brillante y perfecto. Mañana será otro día para mí. Tal vez encuentre trabajo y tenga dónde esconderme a diario del sol. Tal vez escriba otra columna como está para demostrar mi perseverancia al fracaso de la nueva era.
Mi nombre es Julián, tengo 29 años de edad, guardo dos dólares en mi billetera hace una semana, tengo para ofrecer al mundo una novela que ninguna editorial quiere publicar, mi caja de chicles Adams recién empezada y mi humanidad entera, entregada al mundo en su totalidad. Es verdad, la señorita Teresa tenía razón: no soy un gran hombre. Soy un inútil, un perezoso, un “musgo”, un VAGO. Pero en todo caso, los grandes hombres son infelices. Cargan al mundo en sus hombros y compiten con otros como ellos para llenarse el buche con el poder que le otorgamos nosotros. Pero en fin, es una tarde espectacular. El cielo se pintó de naranja hace unos cuantos minutos. Son las 5:48 PM. Llevo casi cuatro horas aquí sentado, intentando escribir este artículo. No sé si lo hice bien. Ya no se me ocurre nada más por decir. Creo que pondré punto final aquí mismo. Total, tengo toda una vida para escribir lo que sea, pero un atardecer como estos se acabará en cualquier momento y nunca más regresará. Δ

 

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