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Un mundo amurallado

Escrito por Daniel Innerarity 22 Julio 2011
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La proliferación de barreras nacional responde al neoliberalismo político y nacionalismo estatal que intentan compatibilizar los populismos de derechas.
Desde que en 1989 cae el muro de Berlín, la construcción de nuevos muros se ha multiplicado: entre México y Estados Unidos, en Cisjordania, entre India y Pakistán, entre Irak y Arabia Saudí, entre África del Sur y Zimbabue, entre España y Marruecos (rodeando las ciudades de Ceuta y Melilla), entre Tailandia y Malasia...
Estas barreras no están pensadas para impedir el ataque de ejércitos enemigos, sino para impedir el tránsito de personas; quieren hacer frente a fuerzas persistentes y desorganizadas más que a estrategias militares o económicas. Los muros actuales no responden a la lógica de la guerra fría sino que son muros de protección; indican la desconfianza frente al otro, el extranjero, y dicen mucho acerca de las ambigüedades de la globalización. Se dirigen contra el movimiento de bienes y personas que muchas veces no tienen su causa en una invasión exterior sino en la demanda interna: mano de obra, drogas, prostitución...
Un muro no es tanto una cosa material como algo mental que traza una línea de separación entre un “dentro” que se siente amenazado y un “afuera” amenazante.
Las barreras recuperan una modalidad de poder soberano, material y delimitado en un entorno. Los muros son una respuesta al desdibujamiento de la distinción entre el interior y el exterior, como otras distinciones que se han vuelto problemáticas, como la diferencia entre ejército y policía, los criminales y los enemigos, la guerra y el terrorismo, derecho y no-derecho, lo público y lo privado, el interés propio y el interés general.Los muros generan zonas de no-derecho y conflictividad, agravan muchos de los problemas que tratan de resolver, exacerban las hostilidades mutuas, proyectan hacia el exterior los fracasos internos y excluyen toda confrontación con las desigualdades globales.
La construcción de muros no solamente ilustra un retroceso en el sueño de un “mundo global”, sino que testimonia unas tendencias subterráneas de la globalización que alimentan el retorno de ciertas formas de “neofeudalización” del mundo. Un mundo en el que son asombrosamente compatibles la integración de la economía global y el aislamiento psicopolítico. La defensa de esta compatibilidad se ha convertido en un objetivo ideológico en esa síntesis de neoliberalismo político y nacionalismo estatal de cierta nueva derecha cuyo proyecto ha sintetizado Saskia Sassen en el doble objetivo de “desnacionalización de la vida económica y renacionalización de la vida política”. No vivimos en un mundo ilimitado, sino en la tensión entre una geografía de los mercados abiertos que tiende a abolir las fronteras y una territorialidad de la seguridad nacional que tiende a construirlas.
Cuando se piensa que el establecimiento de barreras es la solución para frenar el incremento del número de los emigrantes y refugiados es porque se ha considerado previamente que la causa de esos desplazamientos era la flexibilidad de las fronteras, lo que es falso. Dada su falta de eficacia, hay que preguntarse cuáles son las necesidades psicológicas que su construcción satisface. Y la respuesta está en la necesidad de protección de quienes se perciben a sí mismas como “sociedades asediadas” (Bauman).
Los muros defienden contra asaltantes venidos de un “afuera” caótico, pero sirven como instrumentos de identificación y cohesión, responden al miedo frente a la pérdida de soberanía y a la desaparición de las culturas homogéneas. Se construye una equivalencia entre alteridad y hostilidad, lo que es además un error de percepción. La mayor parte de los atentados que se han cometido en Estados Unidos han provenido de terroristas del interior. Y se asienta el prejuicio de que la democracia no puede existir más que en un espacio cerrado y homogéneo.
Se trata de remedios físicos para problemas psíquicos. Un muro aparenta ofrecer seguridad en un mundo en el que los sujetos son más vulnerables a las vicisitudes económicas globales y a la violencia transnacional. Todo lo que acompaña a la escenografía rotunda de los muros no son sino gestos políticos destinados a contentar a cierto electorado. Construir una barrera es la mejor manera de no hacer nada dando la impresión de que se hace algo.
Los muros generan zonas de no-derecho y conflictividad, agravan muchos de los problemas que tratan de resolver, exacerban las hostilidades mutuas, proyectan hacia el exterior los fracasos internos y excluyen toda confrontación con las desigualdades globales. Además, cuando se acentúa ostentativamente la seguridad se provoca al mismo tiempo un sentimiento de inseguridad.
Frente a la nostalgia por el orden perdido que clama por límites crispados y barreras de exclusión, la reivindicación de una frontera que comunique, demarque, equilibre y limite puede ser una estrategia razonable para transformar esos espacios de choque, cierre y soberanía en zonas porosas de contacto y comunicación. La alternativa, en cualquier caso, no es entre la frontera y su ausencia, sino entre las fronteras rígidas que siguen colonizando buena parte de nuestro imaginario político y una frontera red que permitiría pensar el mundo contemporáneo como una multiplicidad de espacios que se diferencian y entrecruzan, creando así unos puntos fronterizos que son también puntos de paso y comunicación. Δ

Daniel Innerarity. Catedrático de Filosofía Política y Social, investigador en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática. CCS


 

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