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Editorial Editorial Ante la crisis, unidad

Ante la crisis, unidad

Escrito por Fusión 15 Julio 2011
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El ser humano debe de ser la única criatura del planeta que no aprende con los errores cometidos. La repetición de lo mismo, de aquello que sólo trae problemas, graves consecuencias, es algo fijo en el comportamiento humano, por eso periódicamente se vuelve a la misma situación, periódicamente los “expertos” en buscar soluciones  se reúnen desesperados y exprimen sus neuronas para encontrar el antídoto mágico a los problemas que afectan a la especie, pero siempre se olvidan que el único remedio, que la única solución a todos los males, ya fue dada a la humanidad hace ahora dos mil años, y esa pastilla mágica y poderosa se llama Unidad.
El ser humano fue diseñado como una expresión de la Unidad. Su organismo funciona como un todo unido, perfectamente conectado y organizado. El cuerpo humano es un maravilloso ejemplo del significado de la Unidad. Por otra parte, cada individuo, y la especie humana entera, dependen de su relación con el entorno, con la Madre naturaleza, con el cuerpo mayor en el que habita. El planeta a su vez depende del sistema, y este de la galaxia. Todo dentro de todo, todo unido a todo. Esa es la Ley.
Pero el ser humano aún no comprendió algo tan sencillo como eso. Aún no sabe, o no quiere, llevar a su vida, a su relación, a su entorno, el sencillo mecanismo de la Unidad, y esa es la fuente de todos sus problemas, incluidas también sus propias enfermedades.
Ahora, en estos tiempos de cambios, la crisis económica se ha convertido en uno de los problemas más acuciantes que amenazan a la especie humana,  a su supervivencia.
Pero la crisis económica es una consecuencia del egoísmo, de la avaricia, de la enfermiza obsesión por el poder, y también de la ignorancia y de la estupidez.
Los responsables mundiales en buscar soluciones tienen muy poca intención de aplicar las únicas posibles. Cada uno mira para sus intereses y piensa que la crisis va a servir, de rebote, para poder quedarse con lo de otros y así aumentar su ficticia riqueza.  
Los responsables de buscar soluciones son los mismos que permitieron y avalaron lo que creó los problemas, y no están, por tanto, capacitados moral y mentalmente para solucionar nada.
La humanidad está, aparentemente, en manos de aquellos que no tienen ninguna intención en solucionar los problemas que afectan a la humanidad. Es así de real y de grave. Y la ceguera provocada por el egoísmo es tal que son incapaces de ver que lo que pertenece a la Madre Tierra es de todos y para todos, que los desequilibrios provocados por los comportamientos egoístas provocan reacciones adversas que perjudican a todos, y más a los que más poseen. La mayoría ya no tiene mucho que perder.
La crisis no es una consecuencia de la escasez de dinero o de medios naturales, o de carencias básicas para la vida de los seres humanos. La crisis es la consecuencia de la acumulación de riqueza, de poder, en manos de unos pocos y del correspondiente desequilibrio ocasionado en la energía natural del planeta y, por tanto, en la vida de todas las especies que en él viven, incluida la humana.
Es fácil ver que todo está en crisis, que ésta no se puede concretar a lo puramente económico, por eso algo mucho más poderoso está ocurriendo, y ese algo podríamos definirlo como el ajuste consecuencia del desequilibrio originado por el hombre.
Es lo mismo que pasa cuando estalla una tormenta. Se origina por un desequilibrio entre la temperatura a nivel de tierra y la temperatura en altura, y cuando cesa todos notamos que el equilibrio ha vuelto.  
El desequilibrio originado por el hombre entre los “poderosos” y los niveles inferiores presagia un gran tormenta, las nubes ya se están formando, el ambiente se está cargando de electricidad.
Pero ese comportamiento en sí es una consecuencia de recuperar, de restablecer la Unidad que se había alterado. Porque la Unidad siempre reclama su hegemonía.
Por eso, dependemos de la Unidad, porque fuimos creados, todas las especies y el planeta mismo, en base a la Unidad. Pero parece ser que aún no se comprendió, o no se quiere aplicar a la vida lo que científicamente ya es una realidad.
Todos somos Uno. Átomos de un cuerpo mayor. Vidas entrelazadas y situadas en una inmensa Red en la cual nos movemos, experimentamos y aprendemos. Ignorar esa realidad es ser estúpido y, además, es generar problemas insuperables. Es una Ley de Vida, y las leyes de la Vida son insobornables, inalterables.
Esta no es una crisis económica, sino una crisis del ser humano, de su filosofía de vida, de sus valores, de sus decisiones y, sobre todo, de su integración definitiva en el orden natural de la Vida, de la Creación. Es una crisis de identidad, porque al final solo quedará quienes somos y porqué fuimos creados. Todo lo demás sobra.
El problema grave está en que los que ocupan cargos de responsabilidad, los dirigentes mundiales, los “escogidos” por los pueblos, no dan la talla, no están capacitados para reconducir los pasos hacia el camino correcto. Y no lo están porque han vendido su dignidad y su alma a quienes sólo buscan el poder, aún a costa de la exterminación de la especie. La ignorancia es ciega. La avaricia es suicida.
Estamos “condenados” a la Unidad entre todos, porque desde el prisma superior de la Vida todos somos Uno. Cualquier otra pretensión es absurda y antinatural. Y a estas alturas de la historia humana ya ha quedado ampliamente demostrado que ningún otro camino conduce a ningún sitio, sólo al desastre, al dolor y a la miseria.
Pero eso no es lo que está dispuesto para el ser humano en el Plan Superior. Antes de que la Justicia Superior intervenga, era bueno y necesario que la humanidad, sus responsables, abrieran los ojos, se bajaran de sus falsos pedestales y cambiaran el rumbo. Y también que los pueblos del mundo, el Pueblo Universal, continuara con su movimiento de exigir justicia, igualdad, derechos humanos. Esa es la auténtica fuerza que puede cambiar el mundo. Aunque tal vez ya sea demasiado tarde.
O eso o una nueva y muy grande lección, una lección de humildad que obligue a partir de cero. Porque en realidad nada es nuestro, todo es prestado temporalmente para practicar, para aprender.
Pero tampoco seria la primera vez ni la primera lección.
Somos repetidores de curso. Δ

 

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