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Nuestras varas de medir

Escrito por Teodoro Martínez Arán 24 Junio 2011
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Cada uno puede buscar su propia vara de medir. Yo he elegido que un niño muere cada seis segundos de hambre en el mundo. Todo lo que haga para mejorarlo se acerca a mi verdad; todo lo que perpetúe la situación es un crimen contra la humanidad.
Cuando despertamos, nos hemos encontrado con los trajes de fiesta hechos jirones, aislados unos de otros, flotando a la deriva entre los restos del naufragio. La tormenta que destrozó aquellas flamantes economías ya ha pasado. Tenemos mucho tiempo para pensar, mientras sufrimos la sed y el hambre de la postcrisis en medio del vasto océano, plagado de tiburones financieros. Como una alucinación auditiva, unas voces lejanas repiten incansables su mantra; ya hasta las creemos nuestras: era irreal… era un sueño… era insostenible… por encima de nuestras posibilidades…
A veces, el hambre y la sed del náufrago me hacen pensar que estas voces tienen razón. Que elegí una Ítaca demasiado lejana, que mi ingenuidad lastrará mi vida y la de mi descendencia durante generaciones. Que me equivoqué, que no vivo tan mal, que el mundo es así porque es el mejor de los posibles, que nunca hemos vivido mejores cotas de prosperidad y riqueza en la historia de la humanidad.
Esos momentos de debilidad mental me duran poco. Los argumentos de las voces son demasiado genéricos y vagos para resistir mi obsesivo pensamiento analítico, y, sobre todo, a mi arma mental preferida: la vara de medir verdades. Cada uno puede buscar la suya; yo he elegido que un niño muere cada seis segundos de hambre en el mundo. Todo lo que haga que eso mejore, es bueno, y se acerca a mi verdad; todo lo que perpetúe o empeore la situación de los hambrientos o que los haga más numerosos, es malo. Muy malo. Un auténtico crimen contra la humanidad.Nuestra sociedad tiene hoy en los hambrientos, los niños que mueren de diarrea, los discapacitados, los refugiados, la trata de blancas o el analfabetismo a sus esclavos de antaño.
El comunismo ya nos mostró lo que es un naufragio económico, y el guión se repite sin muchos cambios. Como entonces, los pasajeros adinerados de nuestro barco capitalista están maniobrando con habilidad para que la tripulación –nuestros gobiernos y organismos financieros internacionales - prioricen su salvación y la de sus bienes, en detrimento de la de los miles de pasajeros que irán al fondo con el maltrecho buque. Y con el barco quieren que se hundan nuestros logros como sociedad, y los de nuestros padres, y los de nuestros abuelos. Son un lastre para la recuperación, dicen, tiradlos por la borda para que el barco pueda navegar. Ya nos haremos con otros nuevos que os podáis permitir cuando lleguemos a buen puerto... nuestro puerto. No os preocupéis, mientras os proporcionaremos los cuidados que necesitéis… pagando, claro está.
Me inquieta profundamente la armonía que surge de voces que debieran ser algo más disonantes: dirigentes y acólitos del FMI, bancos centrales, agencias de calificación, gobiernos, empresarios, patronal bancaria y demás devotos de los mercados. Nos cantan lo insensato que fue pensar que nuestras ricas y prósperas economías de antaño serían capaces de sostener una salud y educaciones públicas y para todos, de mantener mecanismos internos de solidaridad entre sus ciudadanos como las pensiones, o de trabajar para reducir las desigualdades entre los seres humanos del planeta. Su nana nos arrulla aleccionándonos con que esto sólo es posible privatizando el acceso a la salud y la educación, recortando las prestaciones de solidaridad, y extendiendo las guerras preventivas humanitarias. Duérmete, mi niño, yo cuido de ti.
Mi vara de medir verdades me dice que esta música está infestada de mentiras; que no es una nana, sino el canto de unas sirenas que me estrellarán contra rocas a las que no quiero ir. Me imagino lo que los mercados habrían respondido a los esclavos si éstos hubieran planteado la posibilidad de abolir la lucrativa esclavitud. Y a pesar de los “mercados” de entonces, hoy perseguimos y combatimos el tráfico de seres humanos. Porque escogimos el horizonte correcto al que dirigirnos, y no lo que el inhumano sistema económico esclavista exigía.
Debemos preguntarnos qué sociedad queremos ver emerger de la debacle del sistema. Nuestra sociedad tiene hoy en los hambrientos, los niños que mueren de diarrea, los discapacitados, los refugiados, la trata de blancas o el analfabetismo a sus esclavos de antaño. Podemos decidir si recortamos la participación en programas de desarrollo en países extremadamente pobres o en los tomahawk humanitarios que lanzamos sobre Libia. Porque cada uno mide 20.000 niños alimentados durante un año por el Banco Mundial de Alimentos. Con mi vara es difícil equivocarse. Δ

Teodoro Martínez Arán. Médico, especialista en Pediatría. CCS


 

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