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Vidas que cambiaron, para siempre, después de Chernóbil

Escrito por Marta San Román 15 Abril 2011
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Han pasado 25 años, pero los efectos del accidente de Chernóbil todavía siguen muy presentes. Basta con recorrer la zona, hablar con personas afectadas y escuchar sus historias para comprender que los problemas derivados de la radiactividad continúan, como un viejo conocido que no gusta pero que acabas aceptando. Vidas que cambiaron, para siempre, después de Chernóbil
Campesinos, médicos, especialistas en radiactividad... todos coinciden en que extensas áreas todavía permanecen altamente contaminadas, no solo la denominada “zona de exclusión”, localizada en un radio de 30 kilómetros de la central, también en puntos mucho más alejados.
En uno de estos puntos, a cientos de kilómetros de la siniestrada central, en las localidades de Rivnenska Oblast y Zhytomyrska Oblast, Greenpeace ha llevado a cabo un informe radiológico que confirma la presencia de radiactividad en muestras de alimentos en niveles muy por encima de los permitidos por las autoridades sanitarias. Los niveles más peligrosos se encontraron en alimentos clave como leche, bayas y setas, ingredientes habituales de la dieta ucraniana.
El informe de Greenpeace confirma que todavía hay amplias zonas rurales de Ucrania, a cientos de kilómetros de Chernóbil, en las que el cesio- 137 y otros materiales contaminan el entorno y pasa a animales, plantas y alimentos. Se trata solo de una pequeña muestra, de un ejemplo de los que, desafortunadamente, podrían encontrarse cientos. Sin embargo, desde hace dos años el Gobierno ucraniano no realiza ya estos controles y ha reducido las ayudas que otorgaba a estos campesinos, destinada a la obtención de alimentos no contaminados.
Greenpeace ha llevado a cabo un informe radiológico que confirma la presencia de radiactividad en muestras de alimentos en niveles muy por encima de los permitidos por las autoridades sanitarias.
Ahora, con lo que reciben no tienen ni para comprar comida “limpia” para un día. De este modo, no les queda más remedio que consumir, día tras día, alimentos contaminados. Saben que no es bueno, explican, pero no tienen otra opción.
Nadiya Ogievich es una de estas campesinas. Vive en Drozdyn, en una pequeña aldea al norte de Ucrania. Allí, los medidores de radiactividad no paran de pitar, alertando de las altas dosis encontradas. Nadiya escucha el sonido del espectómetro con calma y mira la comida de sus vacas con tristeza. No está sorprendida.
“Sabemos que está contaminado, que los niveles de radiación son altos, han sido medidos antes. Pero no tenemos otro sitio en el que recolectar heno para nuestras vacas” explica Nadiya al equipo de Greenpeace presente en la zona. Ella misma está afectada por esa radiactividad y sufre enfermedades derivadas de la catástrofe, al igual que sus tres hijos.
Hoy, después de 25 años de la catástrofe de Chernóbil, algunas personas piensan que las cosas están mejor, que ya no hay más problemas. Nadiya no está de acuerdo. Su vida, como la de cientos de miles de ucranianos, cambió para siempre ese 26 de abril de 1986. Con resignación explica que no le queda más remedio que aceptarlo. Después de escuchar a Nadiya, y a otros muchos afectados, demasiados, una pregunta es inevitable ¿cómo pudo ser esto posible? Y lo que es peor, ¿cómo ha podido volver a pasar? Δ

Desde Chernóbil, Marta San Román, prensa de Greenpeace. (www.greenpeace.org)


 

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