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Sanidad pública, un patrimonio fundamental

Escrito por Teodoro J. Martínez Arán 01 Abril 2011
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'En un momento en el que el dinero escasea, mi consejo a los países es que, antes de buscar de dónde recortar el gasto de la asistencia sanitaria, hay que buscar opciones que mejoren la eficiencia'. Margaret Chan, Directora General de la OMS.
Acoger y cuidar al débil es lo que nos diferencia de las hienas o los caimanes. No es posible relativizar el derecho y deber de procurar la mejor salud a nuestros semejantes, sin cuestionar la esencia misma de la humanidad. Cuidamos al otro porque sentimos que sufre. Sabemos ponernos en su lugar, sentimos que podemos llegar a ser él. Queremos que esté bien, y que vuelva a ser como antes: que se cure. Y por eso lo ayudamos.
En pleno caos económico mundial, hoy asistimos perplejos a la proliferación de visionarios del Apocalipsis de la sanidad pública, cuyos argumentos socavan, como buen ariete, la fortaleza del sano juicio. Se cuestiona nuestra capacidad de financiación, la amplitud de los servicios prestados, la población que debe tener derecho a ellos, la ineficiencia de su gestión pública… y, como solución mesiánica a cada uno de los problemas, una sencilla palabra: privatización.
Los objetivos de los sistemas sanitarios no son negociables con los terroristas financieros que nos asedian: una mejor salud, para todos, segura, que proteja a los enfermos de las consecuencias económicas que conlleva su estado, que optimice el uso de los medios a su cargo y en permanente escucha a las necesidades y expectativas de los ciudadanos. Es en la tormenta donde debe fijarse con más firmeza el rumbo, para que las olas no nos dejen al final en puertos a los que nunca quisimos llegar.
En países como España, con uno de los gastos sanitario en relación con el PIB más bajos de Europa, no nos podemos quejar de gasto en relación con el modelo de cobertura casi universal que tenemos.Es tal el ímpetu de la corriente de opinión contra la sostenibilidad del sistema que la propia Organización Mundial de la Salud ha dedicado en 2010 su Informe Anual sobre la Salud Mundial a la financiación de la sanidad.
“En un momento en el que el dinero escasea”, comenta la Directora General de la OMS Margaret Chan, “mi consejo a los países es que, antes de buscar de dónde recortar el gasto de la asistencia sanitaria, hay que buscar opciones que mejoren la eficiencia”.
Su consejo no es casual: las estimaciones más optimistas cuantifican en casi el 40% la inversión en sanidad que se desperdicia por la ineficiencia de los sistemas sanitarios, sea cual sea el nivel económico del país analizado.
Los países firmantes de la declaración de Alma-Ata, hace más de treinta años ya eran conscientes de que la promoción y la protección de la salud son esenciales para el bienestar humano y para un desarrollo socioeconómico sostenido. Por eso, especialmente en momentos de crisis, no podemos escatimar recursos de uno de los principales pilares de la recuperación económica y la estabilidad social. Salud y pobreza están inversamente relacionados; para reducir los desequilibrios entre ricos y pobres y avanzar hacia sociedades más justas, debemos asegurar que todos disfrutamos de las mismas oportunidades de estar sanos, y de que la enfermedad no perjudica la posición económica del que la padece.
El coste sanitario y social no debería ser considerado como gasto, sino como inversión: en futuro, en equidad, en justicia, en solidaridad, en humanidad. Los puntos clave de la financiación del sistema sanitario son: recaudar dinero suficiente para la sanidad, aprovechar mejor los recursos disponibles, eliminar las barreras de acceso y reducir el perjuicio económico derivado de la enfermedad. Cada uno de ellos merece un detalle que habremos de desgranar por separado en posteriores artículos.
En países como España, con uno de los gastos sanitario en relación con el PIB más bajos de Europa, no nos podemos quejar de gasto en relación con el modelo de cobertura casi universal que tenemos, asociado a un razonable sistema de cobertura social. Habría que escuchar menos a los voceros del copago de las prestaciones, de la privatización de los servicios, de la restricción de prestaciones.
No quiero volver a ver cómo se bloquea una planta de un hospital público porque la ha alquilado un jeque árabe durante su estancia en Marbella. No quiero ver a gente pidiendo en las calles para pagar el tratamiento de sus hijos mientras continuamos aumentando año tras año el gasto farmacéutico, o de prestaciones derivadas a la medicina privada desde el sistema público. No quiero que nuestros gestores se elijan desde la cantera de los partidos políticos, en lugar de salir de las facultades, o que la formación continuada de los profesionales sea una inversión de futuro de las propias industrias farmacéutica, en lugar de depender del propio sistema.
La Sanidad pública es un auténtico Patrimonio de la Humanidad. Merece la pena luchar para protegerla. Δ

Teodoro J. Martínez Arán es médico, especialista en pediatría. CCS.


 

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