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El otro lado del sistema

Escrito por Alfonso Basco 18 Marzo 2011
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Si le mencionara la cantidad de mil millones ¿Qué le viene a la mente? Es posible que esta cifra le pueda resultar tristemente familiar. Se trata del número aproximado de personas que pasan hambre en el mundo. Mil millones, no es un número más. Continuemos en otra dirección, ya que este texto está dedicado a otros menesteres.  Imagínese que de pronto el mundo cambia esa cifra. Que finalmente se da la voluntad política necesaria, y terminamos de una vez por todas con ese terrible gran problema de la humanidad: el hambre en el mundo. ¿Todo resuelto? Por favor, continúe leyendo.
Imagínese vivir en un mundo como el de hoy sin acceso a un seguro médico, una cuenta corriente, una hipoteca o una pensión. ¿Podría usted? Yo no. Ahora imagínese que esa situación perdurara a lo largo de toda su vida. Resulta que eso, es algo que le ocurre a otros cientos de millones de personas en todo el mundo, y que realmente no pueden hacer nada al respecto. Ni ellas ni el sistema en el que viven, ya que no advierte ni contempla su existencia. Es por ello, que esas personas nunca podrán integrarse en el modelo de sociedad actual. Modelo que olvida a quienes, por múltiples motivos, no pueden (aunque quisieran) formar parte de él. Quedan apartados de múltiples facetas imprescindibles en la sociedad contemporánea: financiera, laboral, sanitaria, de acceso a una vivienda, e incluso, en el ámbito de la participación ciudadana.Cambiemos este sistema, en el que cada vez son menos las personas que se encuentran cómodas o felices en él.
La exclusión no ha sido creada por las propias personas excluidas; no se debe a ninguna incapacidad suya. Es más, podemos hablar con toda seguridad de que la gran mayoría de esas personas poseen grandes capacidades. Sin embargo, la inexistencia de políticas o instituciones que identifiquen y apoyen estas capacidades, hace que en vez de aprovecharlas en beneficio de toda la sociedad, se criminalicen. Ya sea en concepto de economía sumergida, o cualquier otro que resulte posible aplicar. Todo ello se hace desde un sistema que sí apoya otro tipo de capacidades perfectamente legales, como por ejemplo las que se implementan a través de paraísos fiscales.  
Lo anterior, la verdad, no me ha costado mucho entenderlo sabiendo cómo es la sociedad en la que vivo. Lo que viene a continuación, sí me ha costado. De hecho, sigo sin entenderlo. Una de esas personas excluidas, es alguien que conocí hace tiempo: se llama Dodong.  Pertenece a una comunidad originaria de una zona selvática, en un país del Sur. Allí la naturaleza le proporciona todo aquello que necesita, y vive muy bien mientras no le echen del lugar donde su comunidad habita desde tiempos ancestrales. Una gran compañía minera lleva tiempo detrás de esas tierras. Dodong no tiene ninguna intención de integrarse en el sistema. Realmente no podría hacerlo, aunque tampoco quiere, dice que es feliz con la vida que lleva en la selva y desde luego, lo parece. La historia de Dodong ¿Es un caso aislado?
Me pongo a buscar el ejemplo contrario, alguien muy integrado en el sistema y que lleva una vida occidentalmente exitosa. Tal es el caso de mi amigo Andrés, que a sus treinta y muchos años es directivo de una empresa mediana con grandes beneficios. Andrés me comentó la última vez que le vi, algo que me llamó poderosamente la atención. Cuando hablaba con él era en el salón de su bonita casa, delante de una televisión asombrosamente grande. Sin embargo, me comentó que no le gusta la vida que lleva, vive para trabajar y tampoco tiene la sensación de ser una persona feliz. Su situación no es la que se imaginó durante la universidad. Hoy por hoy no puede dejar esa vida, puesto que tiene que terminar de pagar la hipoteca de su casa, y el futuro de sus dos hijos. Tampoco puede trabajar a un ritmo más lento o menos horas. Sabe cómo funciona todo esto, y desde la llegada de la crisis, no se la puede jugar. Es por esto que le pregunté: ¿Entonces, tu situación mejorará cuando acabe la crisis? Me dijo que no, que si acaso cambiará a peor ya que habrá más negocio y por tanto más trabajo por hacer; en el mundo empresarial, nadie es imprescindible. La gran aspiración de Andrés es retirarse algún día a un lugar rebuscadamente perdido con campo y mar, rodeado de poca gente. Dedicando su tiempo a cultivar un pequeño huerto y disfrutar del mar. En definitiva, llevando una vida sencilla y en contacto con la naturaleza. Eso es todo lo que cree que le haría feliz. Y la verdad, al menos a mi me pareció que realmente lo desea. La historia de Andrés ¿Es otro caso aislado?   
¿Qué hacemos con las personas que no quieren formar parte del sistema? ¿Y con las que sí quieren pero el sistema no se lo permite? ¿Y las que están dentro del sistema pero quieren salirse de él? Complicado ¿Verdad? No, no lo es. Cambiemos este sistema, en el que cada vez son menos las personas que se encuentran cómodas o felices en él. Mi forma de hacerlo no es tirar piedras contra algo o alguien, volviendo después a casa a continuar con la misma vida que el sistema me invita a seguir. Sino en cambiar mi forma de vivir, hacia una que respete mi planeta y a las personas que viven en él. Algo perfectamente posible, necesario y que si muchas personas lo hicieran, daríamos paso a un sistema mucho mejor. ¿Comenzamos? Δ

Alfonso Basco. www.culturadesolidaridad.org


 

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