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Nuestros valores democráticos

Escrito por Carlos Miguélez Monroy 25 Febrero 2011
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No todos los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Pero en las democracias formales, la falta de participación ciudadana permite a los partidos políticos responder cada vez más a intereses privados. “La política complica el deporte”. Así titulaba un redactor jefe de un prestigioso diario deportivo su columna. La revuelta social contra el gobierno de Bahrein, por la que dos personas han perdido la vida, podría forzar la  suspensión del Gran Premio de Fórmula 1 en Bahrein.
“No me parece éste el foro para debatir si están justificadas o no las intenciones de quienes podrían sabotear la prueba en defensa de sus derechos, pero lo que sí tengo claro es que sería una pésima noticia para los que deseamos disfrutar de ella. Y tampoco creo que hacerlo sea la solución a sus problemas”, sentenciaba el periodista antes de que le llovieran ataques de internautas indignados.
Las sociedades “occidentales” no escatiman críticas a las tiranías de “esos países” (como se refieren a lugares que no saben señalar en un mapa). Cuando un levantamiento popular contra esas tiranías pone en peligro un evento deportivo con grandes audiencias y que mueve millones de dólares, los supuestos valores “democráticos” se tambalean. Es decir, no existen.
En Madrid, usuarios de Facebook convocan una concentración contra Berlusconi frente a la Embajada de Italia para exigirle respeto hacia las mujeres y el fin de su impunidad.
Italia no es Bahrein, ni Egipto, ni Libia, ni Túnez, donde las dictaduras se han apoyado en la cúpula militar y se han mantenido con “ayudas” de gobiernos occidentales. Italia forma parte de la Unión Europea y tiene una democracia parlamentaria.
Los índices de corrupción superan la media europea; pocos creen en la justicia y en la separación de poderes.Podemos sucumbir a la mano dura que muchos piden ante ese “desgobierno” o asumir la responsabilidad ciudadana de implicarnos. Mejor lo segundo Berlusconi controla la mayoría de los medios de comunicación, lo que impide que la ciudadanía obtenga información de calidad y se forme unos criterios. Pero aún así, los italianos han puesto a Il Cavaliere en el poder con su voto. Conocen desde hace años sus maniobras para blindarse de posibles juicios por corrupción, además de sus abusos de poder y sus orgías con menores de edad, con dinero del Estado. Los últimos escándalos le hicieron ganar puntos en intención de voto, según las encuestas.
Los ciudadanos italianos que se oponen a su gobierno no necesitan la protesta desde sus embajadas en otros países. Necesitan contagiar y hacer reaccionar a quienes “pasan” de la política y la desprecian en su propio país. Aumentan cada día, como en el resto de Europa; cada vez menos ciudadanos creen que la política sirva para solucionar los problemas a los que se enfrentan sus sociedades: el desempleo, el recorte de servicios sociales y de derechos, las deficiencias educativas.
Muchos medios de comunicación han interpretado las revueltas de los países árabes como una reivindicación de la democracia, pero quizá respondan más a movimientos para liberarse de unas cadenas. Con poco que perder, dicen algunos, como si la vida fuera poco. Sin libertad no se puede concebir una participación ciudadana. Sin ésta no puede haber democracia, que representa mucho más que  votar cada cuatro o cada seis años, más cuando se imponen listas cerradas.
Los países de la Unión Europa, Estados Unidos y muchos países con democracia formal conquistaron ansiadas libertades tras siglos de esfuerzos, luchas y sangre. Pero una proporción significativa de la sociedad abdica de su responsabilidad de participar en democracia. Esto propicia una tiranía de los partidos políticos al servicio de intereses privados. Nadie lo ejemplifica mejor que Berlusconi. En pleno siglo XXI, resulta poco creíble que, en un país europeo, un hombre pueda perpetuarse en el poder si el pueblo lo rechaza.
No todos los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Pero no pueden quejarse los que no votan; los que no protestan, no expresan sus opiniones en medios de comunicación y redes de Internet, no participan en juntas de vecinos y en los cauces democráticos a su alcance; quienes no pasan la palabra.
El desgobierno global no sólo responde a la movilidad de capitales y de información con las nuevas tecnologías, o a la falta de fronteras. Obedece también a una agenda que pretende desmovilizar a la ciudadanía con entretenimiento “de masas” y cortinas de humo. Podemos sucumbir a la mano dura que muchos piden ante ese “desgobierno” o asumir la responsabilidad ciudadana de implicarnos. Mejor lo segundo. Δ

Carlos Miguélez Monroy. Coordinador del CCS y periodista. CCS.


 

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