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Haití, como deber cotidiano

Escrito por Federico Mayor Zaragoza 21 Enero 2011
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Acaba de hacer un año de la tragedia. Quiero reiterar mi recuerdo, como apremiante exigencia de acción, a todas las víctimas, a todos los que con su muerte (más de 200.000 personas) deberían orientar nuestra vida.
Federico Mayor ZaragozaA todos los que siguen sufriendo abandono, desamor, humillación –mutilados ellos en la carne, nosotros en el espíritu- mi mirada solícita, mis manos abiertas, mi corazón compungido. Les pido perdón por no haber trabajado como se merecían, por no haber gritado su grito; por no haber proclamado con la intensidad y asiduidad que su padecimiento merecía, la injusticia inmensa de la que están siendo objeto.
A todos los que nos están dando ejemplo de dedicación hasta la extenuación, que durante 365 días nos han dado la suprema lección de amor fraterno, de desprendimiento y generosidad, gracias de todo corazón. Son ellos –personal sanitario, cooperantes, ciudadanos del mundo que siguen cotidianamente asistiendo a quienes requieren angustiados compasión y alivio- a los que hoy enviamos miles de personas de todo el mundo, un fuerte abrazo, un gran aplauso…
Mi reconocimiento a los países que –como España- han actuado desde el primer momento, a pesar de la severa crisis económica. Pero deberíamos hacer más, mucho más, especialmente quienes vivimos con una envidiable seguridad social, con acceso gratuito o casi gratuito a los distintos grados educativos, sin problemas alimenticios ni higiénicos, con excesivo entretenimiento que nos impide pensar en los demás, comparar, actuar…Deseo que se produzca un seísmo ciberespacial que exija justicia social a los más poderosos de la Tierra. Deseo que sean millones los que hagan “click” en favor de la igual dignidad humana
Se cumple un año de la terrible catástrofe de Haití. Más de 100 mil edificios destruidos, más de 1 millón de desplazados que, en su gran mayoría, siguen malviviendo en condiciones inhumanas en albergues y en campamentos provisionales, en chabolas, en tiendas de campaña. Se calculan 3.500 muertos a consecuencia del cólera, epidemia que padecieron y padecen todavía alrededor de 150.000 enfermos. Sólo se han retirado, después de un año, el 5% de los escombros y la reconstrucción no llega al 15%...
La Comunidad Internacional decidió el 30 de marzo de 2011 aportar 5.300 millones de dólares (un poco más de lo que se gasta en un sólo día en gastos militares y armas). Sólo se ha recibido alrededor del 40% de esta cantidad.
¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza que sigamos invirtiendo en armarnos hasta los dientes… sin acudir rápidamente, eficazmente, a remediar estas situaciones horrendas! ¡Qué vergüenza que siga aumentando el precio del petróleo, que sigan los paraísos fiscales imperturbables, que siga el tráfico de drogas, la especulación…! Es lamentable e inadmisible que los países más ricos sigan intentando dirigir el mundo (ahora por el G-20) marginando a las Naciones Unidas que son la única institución que, debidamente reforzada, podría hacer cumplir las promesas, podría aliviar a tantos desesperanzados, podría mitigar tantos sufrimientos como los que durante este año han padecido los haitianos.
Todos acosados por los especuladores, por un mercado que ha devuelto o consolidado el poder de los pocos de siempre y lo ha restado a quienes pretendían justicia social y equidad. Demasiados silenciosos, distraídos delante de las pantallas de televisión, del ordenador, del teléfono móvil, del juego electrónico… sin tiempo para reflexionar y para actuar libremente en virtud de la propia cavilación.
Hoy, al cumplirse un año después del terremoto de Haití, teniendo en cuenta también a Pakistán y a todos los que mueren cada día de hambre y de olvido, deberíamos ser muchos, millones, los que dejásemos de guardar silencio, los que levantásemos la voz en favor de Haití.
Un año después, vergüenza y duelo. Y voz alzada.
Deseo que se produzca un seísmo ciberespacial que exija justicia social a los más poderosos de la Tierra. Deseo que sean millones los que hagan “click” en favor de la igual dignidad humana. Si pensamos por un instante todo lo que tenemos tantos y tantos y lo que poseen nuestros hijos y nietos, sentiremos la punzada del apremio de lo mucho de que carecen tantos y tantos y tantos seres humanos como nosotros en el mundo entero.
Y diríamos convencidos que el tiempo de la pasividad ha concluido. Δ

Federico Mayor Zaragoza. Presidente de la Fundación Cultura de Paz.
http://federicomayor.blogspot.com/