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Firmas José Carlos García Fajardo Una cierta fatiga

Una cierta fatiga

Escrito por José Carlos García Fajardo 07 Enero 2011
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Aunque muchas ONG pierdan sus señas de identidad, el auténtico voluntariado social como respuesta a desigualdades injustas promueve el bienestar de todas las personas. Ayudar se convierte en una forma de buscar la felicidad, indisociable a la de los demás.
José Carlos García FajardoHay síntomas de que el boom de las ONG presenta cierta fatiga en relación al impulso de su primer fervor. Muchas corren peligro de burocratizarse y de mantenerse a costa del erario público por su incapacidad para convencer a los voluntarios sociales de que son ellos quienes deben sostener la asociación y promover la ayuda de otras personas, sobre todo de las que sólo se conmueven cuando hay catástrofes. ¿Habrá más catástrofe que 40.000 seres humanos que cada día mueren de hambre, y de enfermedades provocadas por la misma?
Con excepción de trabajadores en paro, de jóvenes sin ingresos y de jubilados que vivan de sus pensiones no deben admitirse a personas que piensan que “ya aportan” su trabajo y su tiempo. Nadie les impide ejercitar su filantropía por su cuenta, ni las ONG están obligadas a admitir a cualquiera que lo pretenda. Pues no es posible mantener una organización sin las estructuras necesarias. Defecto de una sociedad de la gratuidad que luego tiene que recurrir a las arcas del Estado, sindicatos, patronales, religiones o entidades filantrópicas.  Se necesitan más asociaciones humanitarias: en los barrios, en las comunidades, en las universidades, en el campo y en la ciudad, en el Norte y en el Sur.
Siempre ha habido personas que se han ocupado de los demás, que han sido compasivas y benefactoras. En muchas tradiciones religiosas y en importantes movimientos sociales ha habido valiosas formas de generosidad y de comunidad solidaria. Lo que caracteriza al voluntariado social es su pasión por la justicia, sin esperar nada a cambio.Cuando la izquierda dijo que “éramos de los suyos”, mientras se aprestaban a inventar ONG para procurarse beneficios; las derechas transformaron fundaciones ideológicas en “sociedades apolíticas” y algunas instituciones religiosas titulaban sus asociaciones como “no confesionales”, los voluntarios sociales comprendieron que corrían peligro
Muchos voluntarios sociales temen ser instrumentalizados por poderes políticos, económicos, financieros o ideológicos. La dimensión antropológica de la solidaridad se expresa como la necesidad de restaurar la unidad de derechos originaria y para que la solidaridad sea algo real. La compasión no basta, aunque sea esencial para el compromiso.
Recordemos las características del voluntariado social: Gratuidad, conciencia de ser para los demás. Continuidad, no crear necesidades en personas que no vayamos a seguir ayudando. Preferencia vocacional del voluntario, uno hace mejor aquello que le gusta y para lo que está más preparado.  Responsabilidad personal, sostenida por la organización con la que trabaja. Conocimiento y respeto de las personas o pueblos con los que se relacionen.
De ahí, que nada se aleje más de un auténtico voluntariado social que:
Invadir el terreno de los profesionales. Imponer ideologías, políticas, culturales o religiosas; aunque cada uno tenga sus opciones personales. Crear dependencia con el asistencialismo, el voluntario desarrolla en las personas capacidades que les lleven a la autonomía, aunque a veces tengamos que atender necesidades urgentes. Confundir deseos con la realidad, para no fomentar la pérdida de la confianza en las capacidades de desarrollo humano, económico y social de las personas.
El voluntariado aporta un plus de humanidad, la delicadeza en el modo y la firmeza en los fines.
Algunos denuncian “el peligro que suponen las ONG para el auténtico desarrollo de las poblaciones del Sur”. Olvidan que el mayor número de voluntarios sociales trabajan en los países del Norte sociológico frente a las injusticias y a la explotación de personas en situación de peligro. Ancianos, inmigrantes, mujeres, niños, prejubilados y parados, enfermos terminales y drogadictos, gentes sin hogar y sin recursos en sociedades cada vez más deshumanizadas.
Reducir las actividades de las ONG a los proyectos que algunas desarrollan en países del Sur es una burda simplificación y de una temeridad incomprensible.
Cuando miles de jóvenes, desencantados de muchas ideologías, decidieron asumir la causa de los más pobres, en un sistema socioeconómico injusto, fueron mirados con desconfianza por las instituciones que creían que ese campo “les pertenecía”.
También fueron sospechosos para sindicalistas de salón. Alguna derecha los miró con desdén cuando comprendieron que los voluntarios no se contentaban con dar de comer al hambriento sin preguntarse por qué los pobres pasan hambre, cuando se echaron a las calles contra la guerra, cuando temieron que constituyeran una fuerza sociopolítica enorme. Intentan minar la transparencia de su compromiso y la generosidad de la entrega.
Cuando la izquierda dijo que “éramos de los suyos”, mientras se aprestaban a inventar ONG para procurarse beneficios; las derechas transformaron fundaciones ideológicas en “sociedades apolíticas” y algunas instituciones religiosas titulaban sus asociaciones como “no confesionales”, los voluntarios sociales comprendieron que corrían peligro.
Vivimos tiempos hermosos en los que somos conscientes de que el ejercicio exclusivo del desarrollo integral de la persona y de la sociedad no compete ni al Estado ni a los partidos políticos ni a las confesiones religiosas. Es el ser humano y sus opciones libres quienes deben ser los protagonistas de su desarrollo integral y el derecho a buscar la felicidad, pues el ser humano ha nacido para ser feliz. Δ

José Carlos García Fajardo. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
Director del CCS.