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Opinión Opinión Los tiempos están cambiando

Los tiempos están cambiando

Escrito por Irene Macías 30 Diciembre 2010
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De entre todos los acontecimientos que se podrían destacar en el año que termina, en el Reino Unido yo señalaría dos en particular. Y no me refiero en ningún caso a la crisis económica, aunque se podría decir que ambos eventos emanan de ella.
El primero es la victoria de un gobierno de coalición entre los Conservadores y la tercera fuerza política de estas islas, el partido Liberal Demócrata. Es la primera vez que éste último forma parte del ejecutivo, donde llegó acompañado por grandes expectativas de cambio personificadas en su joven líder, Nick Clegg. La clave de esta victoria sin precedentes de los Lib Dem, como se les conoce, se debió en parte a su popularidad entre los jóvenes, muchos de los cuales se acercaban a las urnas por primera vez. Hartos de la consabida alternancia entre dos partidos con menos diferencias ideológicas de las que sus nombres indican, buscaban el cambio. Y este cambio parecía garantizado por el partido que prometía erradicar las polémicas tasas universitarias. Seis meses después de las elecciones, el precio de una carrera en Inglaterra se ha triplicado. He aquí el segundo evento.
El hecho de que la promesa electoral de Nick Clegg haya sido traicionada de forma tan flagrante -aunque de esto sea responsable principalmente el partido Conservador, que obtuvo más escaños-, significa que Clegg y su partido se han convertido en el blanco de la ira de los universitarios y sindicatos estudiantiles. Hacía décadas que no se presenciaba tanto activismo entre los estudiantes. Se vaticina que el precio de esta polémica decisión lo pagarán en los próximos comicios. Pero esto, a fin de cuentas, no sería más que una pequeña anécdota en el vaivén político, sembrado de oprobios y popularidades efímeras. Lo significativo de esta subida de precio puede ser sus consecuencias sociales, seguramente mucho más duraderas que cualquier legislatura. El hecho de que una carrera universitaria en Inglaterra -Gales, Escocia e Irlanda tienen autonomía en estas cuestiones-, pueda costar a partir del 2012 hasta 9.000 libras esterlinas al año significa que para generaciones venideras la universidad puede convertirse en algo inalcanzable. De repente, el famoso slogan laborista de “Education, education, education” suena más anacrónico que nunca. Y es que si se acaba de demostrar que seis meses son mucho tiempo en política, ¿qué se puede decir de 13 años? El hecho de que la promesa electoral de Nick Clegg haya sido traicionada de forma tan flagrante, significa que Clegg y su partido se han convertido en el blanco de la ira de los universitarios y sindicatos estudiantiles.
Pero concluir que lo que acaba de pasar es simplemente un caso más de engañosas promesas electorales no capta la complejidad de la situación. Hasta los años 80, el porcentaje de jóvenes que iba a la universidad en este país era relativamente bajo. En parte esto se debía al hecho de que la universidad estaba fundada sobre cierto elitismo, pero un elitismo intelectual y hasta cierto punto social, pero no económico. La universidad era pública porque la matrícula corría a cargo del gobierno y además, los estudiantes recibían una bolsa de estudio que cubría los gastos de subsistencia. En los años 90 hubo un aumento exponencial en la población universitaria, debido en gran parte al impulso del gobierno laborista de Tony Blair que se propuso que el 50% de los jóvenes fuera a la universidad, un objetivo que aun siendo loable, resultó ser muy costoso. El año 1998 marca un punto de inflexión al introducirse por primera vez el concepto de las tasas, que en aquel momento se fijaron en mil libras anuales, a la vez que se suprimía la universalidad de la bolsa de estudio. En teoría, las tasas no deberían ser un impedimento para nadie, puesto que en realidad el Estado hace un préstamo a todos los estudiantes, reembolsable una vez que el graduado sobrepasa cierto umbral de salario. El problema es que las mil libras eran sólo el principio.
Significativamente, esta iniciativa de inclusión social coincidió con una campaña de marketing en la que la educación superior británica se convirtió en producto de marca. Los objetivos eran, bien pensado, difíciles de reconciliar: por una parte, convertir la universidad en herramienta de inclusión social, en un motor que difuminara las profundísimas brechas que dividen las clases sociales en este país; por otro, transformar la universidad en una industria de élite que atrajera a los mejores estudiantes internacionales, o sea, los que pueden pagar el vertiginoso precio de la matrícula, mucho más alta en su caso; en este último apartado, el referente era, y sigue siendo, las universidades de los Estados Unidos, con las que el Reino Unido trata de competir en calidad y prestigio. Cumplir este doble objetivo, inclusión social a nivel doméstico y competitividad a nivel internacional, obviamente requiere una grandísima inversión. Y lo que acaba de pasar, previsiblemente, es que en estos momentos de austeridad, el gobierno ha metido la tijera sin piedad al presupuesto universitario, recortando la inversión en un 40%.
Aunque la decisión sea el producto de cálculos meridianos, el problema es que después de tanta promoción de la universidad y de que una carrera se haya convertido en el salvoconducto para entrar en el mercado laboral, ahora de alguna manera se cierran las puertas no solamente con el precio, sino con el hecho de que no haya suficientes plazas para todos, a no ser que la inversión gubernamental crezca. Y como el gobierno ha dejado claro que no va a hacerlo, por mucho que se manifiesten y vociferen los jóvenes, a los estudiantes no les queda otro remedio que suplir el déficit pagando tasas altísimas.
El gobierno asegura que van a aumentar las becas, que en realidad no serán muchos los que terminen de repagar su deuda, que no todas las universidades cobrarán 9.000 libras, que no hay alternativas, y un largo etcétera de justificaciones. Todo está por ver. Lo que sí está claro, como dice la canción sesentera de Bob Dylan, es que los tiempos están cambiando. Lo malo es que en esta ocasión no creo que se trate de una revolución social progresiva. Δ



 

Comentarios   

 
0 #1 Raquel T 04-01-2011 15:11
Un tema interesante y un articulo muy bien escrito.
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