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Lo que cree Bush de Bush

Escrito por Ramón Luis Acuña 25 Noviembre 2010
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No todo vale contra el terrorismo, como defiende Bush en sus “memorias”. Hay que vencerlo con armas democráticas y respetando los Derechos Humanos.
En sus memorias, tituladas con ansia de protagonismo Momentos decisivos, George W. Bush, confirma y firma los errores en que incurrió en Afganistán e Irak, que provocaron sendas guerras cruentas con su cohorte de pérdida de vidas humanas y destrucción. Respondieron a intereses inconfesables, económicos y de desarrollo armamentista, pero el controvertido 43º presidente de los Estados Unidos no se arrepiente de nada y reitera, desafiante, que tuvo razón en desencadenar ambas conflagraciones. Sólo la guerra de Irak, cuyo objetivo verdadero era poner bajo control norteamericano y occidental los ubérrimos pozos de petróleo iraquíes, causó más de 109.000 muertos, la inmensa mayoría civiles. “Mi trabajo fue proteger a Estados Unidos, y así lo hice”, afirma ahora Bush, erre que erre, en sus recuerdos en actitud de sostenella y no enmendalla. ¿No había más solución que la guerra?, podría preguntarse retóricamente el lector de su autobiografía 19 años después. Por supuesto que sí, había otras soluciones.
Sus razones son, como en la famosa fábula de La Fontaine “El lobo y el cordero”, desoídas una por una por el lobo, es decir, las razones de la ley del más fuerte, en este caso los Estados Unidos de George W. Bush que se creían todo permitido.
El hombre de apariencia apacible y sonriente que aparece en las fotografías de prensa firmando libros y saludando con la mano, confiesa sin mayor problema que autorizó torturas, como el ahogamiento simulado, o sea, meter la cabeza del interrogado bajo el agua, para arrancar información.A lo largo de quinientas páginas, el ex mandatario norteamericano, de 64 años, trata de defender su visión de los hechos y hace algunas revelaciones inquietantes en cuanto a su código moral personal. El hombre de apariencia apacible y sonriente que aparece en las fotografías de prensa firmando libros y saludando con la mano, confiesa sin mayor problema que autorizó torturas, como el ahogamiento simulado, o sea, meter la cabeza del interrogado bajo el agua, para arrancar información. Y eso sucedió, por ejemplo, con el detenido pakistaní Jaled Sheik Mohamed, acusado de ser el autor intelectual del atentado que derribó las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, seguramente el más espectacular de la historia. “Por supuesto que las autoricé”, afirma en sus confesiones y le deja a uno atónito. Sin asomo de creer que ha obrado mal, da cuenta de que tales interrogatorios ayudaron a desbaratar planes para atacar dependencias norteamericanas en el interior y exterior del país y los aprueba sin ambages. “Ayudaron a salvar vidas”, consigna.
Creyendo que con admitirlo a posteriori queda exculpado, reconoce como si tal cosa que la información de que Irak estaba fabricando armas de destrucción masiva, causa de la invasión, resultó falsa. Las que no son falsas fueron las víctimas inocentes de la guerra, que se contaron por centenares. Debe pensar que le basta reconocer sus graves errores públicamente para expiar sus culpas.
Parece una broma pero George W. Bush se ve sorprendentemente a sí mismo a pesar de todo como un “tipo sencillo, cálido, entrañable y extraordinariamente humano”, retrato amable de lo que quizá quiso ser que choca con la imagen que todo mundo se hace de este político extraordinariamente belicoso –declaró dos guerras- y vindicativo. A él le importa un bledo su reputación, no alberga ningún deseo de luchar por ella, según las crónicas. Le basta al parecer con su propia autoestima, es un caso agudo de egolatría. Ojeamos en Internet las reseñas digitales del International Herald Tribune, Financial Times, Le Monde, Le Figaro en busca de algún “mea culpa” que se nos hubiera escapado. En vano: no existe ni la sombra de una duda de Bush sobre Bush.
En realidad, todo comenzó a raíz del atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Como sin duda recuerda el lector, un comando suicida de Al Qaeda –organización terrorista musulmana tristemente célebre que ejecuta atentados en todo el mundo- secuestró cuatro aviones estadounidenses de pasajeros, estrelló dos contra los edificios gemelos del Trade Center en Nueva York -que se vinieron abajo- otro contra el Pentágono y otro más que cayó en el estado de Pensilvania. Saldo total: 2.986 muertos, y la constatación de que la primera potencia mundial era vulnerable. La reacción de la administración norteamericana dirigida por George W. Bush no se hizo esperar. Declaró la guerra al terrorismo, así, sin concreción, allí donde se encontrara. El malderazgo mundial en manos del presidente norteamericano George W. Bush, fue un fiasco permanente.
¿Vale todo contra el terrorismo? Evidentemente que no. Hay que vencerlo con armas democráticas y respetando los Derechos Humanos. Caer en la tentación de usar otros métodos como hizo Bush, tirando por la calle de en medio, no parece lo adecuado. Δ

Ramón Luis Acuña. Periodista y escritor. CCS.


 

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