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Jóvenes en busca de ideales

Escrito por José María Jiménez 30 Septiembre 2010
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Jóvenes en busca de ideales 4.2 out of 5 based on 6 votes.
Después de siglos de autoritarismo paterno y tras los estragos que después ha producido una permisividad extrema, el hambre de justicia y la generosidad se presentan como las semillas a sembrar en nuestros hijos. Un balance entre paradigmas educativos de corte autoritario y otros más laxos invita a la reflexión. Quizá  el caso más conocido de un tipo de pedagogía basada en la imposición de una férrea disciplina sea el de Esparta. Con el fin de convertir a sus ciudadanos en los soldados más temidos de Grecia, se sometía a los niños a unos rigores que traspasaban las fronteras de lo consideramos humano. Se les sometía a pruebas y sufrimientos con el fin de endurecerlos, se les exigía obediencia ciega y se les castigaba con dureza.
Nosotros no hemos conocido una educación que se aproximara a tan monstruoso paradigma. Pero sí hemos conocido formas de autoritarismo que impregnaban las relaciones gobernante-súbdito, superior-inferior, maestro-alumno y, por supuesto, padres-hijos. Desde esos esquemas, más basados en la idea de dominio y de sumisión que de convicción y de participación, los hijos debían aceptar las exigencias paternas.
El viejo aforismo según el cual “quien bien te quiere, te hará llorar” justificaba el empleo de una notable dureza en relación con los menores, se insistía más en sus fallos que en sus éxitos y se echaba mano preferentemente del castigo en lugar de los refuerzos positivos. No era infrecuente el recurso a “etiquetar”, a comparar a unos con otros, a humillar, a ridiculizar…
Ese modelo educativo propiciaba el desarrollo de personalidades apocadas, con niveles de autoestima muy bajos, gran dificultad para construir un universo moral propio, inclinadas a la aceptación de las reglas por miedo. En el extremo opuesto y como reacción a las imposiciones de que eran objeto, se daban conductas marcadas por la agresividad y la rebeldía a ultranza frente a la autoridad y a la norma.
Hoy, bastantes adultos han abrazado un modelo de relación con los menores caracterizado por una extrema blandura. Con ella por bandera han desterrado de su praxis educativa las exigencias y han renunciado a proponer ideales que supongan esfuerzo e impliquen alguna dosis de sacrificio.En un mundo individualista en el que somos bombardeados por mensajes hedonistas, tal vez el ideal a mostrar en nuestros jóvenes no sea otro que el de la generosidad, la fraternidad y el amor
Padres y madres excesivamente permisivos, convencidos de que querer a los hijos es no regatearles caprichos, librarles de todo tipo de rigor y mimarles hasta extremos que rozan el empalago. Fieles a tales criterios, a los niños y adolescentes nada les debe ser negado, cualquier frustración les debe ser evitada y las normas por las que se gobiernan son tan laxas que su trasgresión apenas si merece la más leve penalización. Todo vale con tal de no entrar en conflicto y provocar enfrentamientos.
Lejos de ayudarle a madurar, esto dificulta la actualización de sus potencialidades, no favorece una visión realista de sí mismo y de la vida, ni le empuja a superar la  creencia de que es el ombligo del universo. Tampoco, desde luego, a que, a caballo del sentido común, se preparen para la vida. Sobre todo, no tienen en cuenta de que, al concederles todo cuanto se les antoja les estamos hurtando su propia y verdadera libertad para someterlos a la tiranía de sus caprichos.
No es sorprendente que algunos estudios sobre la escala de valores por la que se mueven una buena parte de nuestros muchachos revele la preocupante limitación de su universo axiológico. Valoran, por encima de todo, las buenas relaciones familiares, el éxito en el trabajo, tener muchos amigos, ganar mucho dinero y disfrutar de una sexualidad satisfactoria. Eso es todo. No aparecen por ningún lado grandes exigencias éticas, ni invocaciones a la solidaridad o a la justicia.
En un mundo individualista en el que somos bombardeados por mensajes hedonistas, tal vez el ideal a mostrar en nuestros jóvenes no sea otro que el de la generosidad, la fraternidad y el amor, puertas por las que podremos escapar de la prisión de las pequeñas mezquindades entre las que nos movemos y de los torpes egoísmos de que nos nutrimos. Quizá sea incluso la garantía de nuestra supervivencia como seres humanos.
Trasformado en exigencia, en compromiso, en urgencia moral, el hambre de justicia se convierte en la gran Utopía a proponer a nuestros hijos. Y no podemos ignorar que sólo los héroes, los utópicos que van más allá de los convencionalismos y señalan con sus conductas los grandes ideales de la virtud, sólo ellos son sembradores de semillas con capacidad para trasformar la realidad. La historia parece confirmar que siempre ha sido así. Enterrar la mediocridad y el conformismo es el reto; sembrar inquietudes morales en el corazón de nuestros hijos, el camino. Ninguna tarea más hermosa que acompañarles en el camino de descubrimiento de los grandes ideales.
Parafraseando a Teilhard de Chardin, el día que lo consigamos habremos descubierto el fuego por segunda vez.Δ

Catedrático de Filosofía, terapeuta familiar y vicepresidente internacional del Teléfono de la Esperanza. CCS.
 

Comentarios   

 
0 #1 Luis carlos garcía 02-10-2010 18:58
Y para qué se iban a esforzar las generaciones venideras. Me puede decir usted un sólo argumento por el cual los actuales jóvenes tengan que adquirir ideales sin siquiera desearlo. No es esta otra forma de autoritarismo, como el que denuncia. Obligar a la gente a hacer cosas que no quiere.
Dicho en los práctico, para qué se van a sacrificar los jóvenes de hoy en día si muchos de esos sacrificios no conducen a ningún beneficio personal. Los jóvenes trabajan por dinero, compran una casa para vivir en ella, ... hacen cosas a cambio de algo. Pero para qué van a tener por ejemplo hijos si eso es una pérdida irreparable de tiempo, dinero,... que nadie puede compensar. Dígame usted porqué un jóven va a participar en las plataformas cívicas, en los síndicatos, etc si no es por obtener algo a cambio.
En la sociedad actual profundamente secularizada no hay más vida que la que se vive. Las medallas a título póstumo no nos sirven. Los honores, los premios honoríficos y la pura satisfacción personal es sólo una bruma que se desvanece rápidamente. Ahora mismo lo que cuenta es lo que se puede meter en una billetera, en una casa, o similar.
Así que no encuentro motivos reales, racionales, empíricos para que estos jóvenes de hoy en día, viviendo esta secularización, vayan a quemar su juventud si no es por algo material. Ese es el gran problema de esta sociedad.
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