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Firmas José Carlos García Fajardo Silbé, pero no vino

Silbé, pero no vino

Escrito por José Carlos García Fajardo 28 Septiembre 2010
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La incapacidad de responder a ese niño que se despierta en un cuerpo viejo y se pregunta: “¿qué ha pasado?”… a eso se le llama vejez.
José Carlos García Fajardo Ayer tomé el Metro, el vagón iba lleno y me puse en el centro agarrado a una barra. Entonces, una mujer de mediana edad se levantó y dijo: “Siéntese, por favor”. Me volví hacia los lados buscando a quién se dirigía, pero mirándome, insistió: “Sí, usted, siéntese aquí” “¿Se va a bajar?” “No, pero siéntese usted”. Le di las gracias mientras ella ocupaba mi lugar.
Era la primera vez que alguien me cedía su asiento en un transporte. Me alegraba de que hubiera personas que cedían el paso o el asiento a una mujer embarazada, a un discapacitado o a una persona mayor. Era algo que, hasta hace unos años, era tan normal que no llamaba la atención.
Lo que me maravillaba era que fuera a mí. A la persona que se ve cada mañana en el espejo y que reconoce el paso del tiempo. Durante bastantes años, esa impresión duraba el tiempo de afeitarme.
Recordé que el año pasado caminaba por la orilla de la playa con dos de mis nietas, de cinco y seis años. Otros niños jugaban y nos dieron un balonazo, aunque iba sin fuerza. Les dije que debían tener cuidado pues había marea alta: “Pues no andes por aquí, viejo”. Viejo, viejo, viejo. Mis nietas me miraban y me acerqué a ellos, “Seguro que tenéis abuelos que ya son mayores como yo, ¿qué os parecería si alguien les llamase viejo como si fuera un insulto? O a vuestra madre y a vuestro padre dentro de unos años. Nunca se es viejo aunque se pueda estar viejo, pero eso no es malo”. No dijeron nada, pero algunos se sentían incómodos, y cuando seguimos caminando oímos que lo abroncaban.
También recordé que, cuando era estudiante y luego profesor, subía las escaleras de mi facultad sin darme cuenta del paso del tiempo. Durante años las he subido de dos en dos, y hasta corriendo. Más tarde, me di cuenta de que lo hacía del lado de la pared, junto a la barandilla. Después, comencé a detenerme en los descansillos para saludar a alguien, pero no registré el dato.
Lo que sí hizo sonar las alarmas fue cuando, en mi despacho, se me cayó una hoja de papel y silbé para que volviera a la mesa. Claro, me tuve que levantar y recogerla. Pero se me hizo una luz, nunca antes hubiera hecho semejante tontería.
Lo viejo es considerado tal porque es algo caduco, pasado, que intenta introducirse en el presente y ser idóneo otra vezLo curioso fue que, un día, mientras daba una conferencia, conté la anécdota y todos nos reímos. Imaginar a un profesor de 73 años, que pesaba 95 kilos, medía 1,84 y con un cierto prestigio, silbándole a un folio, no dejaba de tener su aquel.
La verdad es que ya lo había ido notando en la piscina, desde hacía años, pero no lo registraba ya que la memoria recordaba los largos diarios. Igual fue sucediendo en la montaña pero lo había ido dejando, porque diz que no tenía tiempo o me ocupaba en otras cosas.
Cuando, hace tres años, un hijo me invitó a una partida a caballo, campo a través, siguiendo a los galgos tras las liebres, me di cuenta de que ya hacía más de 15 años que había dejado de montar, con uno u otro pretexto.
Sin embargo, fui. No podía arrugarme. Recordé que siempre me había invitado pero andaría ocupado o de viaje. Tenían preparado el caballo más adecuado, tranquilo y que se despatarraba para que me subiera. Éramos unos treinta jinetes y la cabalgada duró más de tres horas. Lloviznaba, los sembrados estaban embarrados. Por mis huesos, músculos y alma pasaron todas las imágenes que ahora afloraban el respeto y el miedo. Pero por lo que nunca iba a olvidar aquella jornada por los montes toledanos fue por la respuesta que un joven y fuerte jinete, que montaba un caballo hispano árabe entero, le dio a otro que había lamentado la suerte de los perreros bajo la lluvia. Y el otro mozarrón de unos veintitantos le espetó mientras espoleaba su montura “¿No te jode? ¡Que hubiera nacido obispo!”
No es por nada pero, mientras bajábamos una pendiente el hacedor de obispos se pegó una leche tremenda dando vueltas por el barro, junto con su caballo.
Lo cierto es que, junto a la satisfacción por la amabilidad de la mujer en el Metro, recordaba que, la noche de la playa, sentía mis ojos brillantes y húmedos, mientras me lavaba los dientes ante el espejo.
Ahora evoco a Serrat “… quizás llegar a viejo sería todo un progreso, un remate, un final con beso”. En lugar de arrinconarlos en la historia, convertidos en fantasmas con memoria. Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina. O simplemente si todos entendiésemos que todos llevamos encima un viejo…
La vejez no es más que un pasado hecho presente, escribió Thomas Mann. Lo viejo es considerado tal porque es algo caduco, pasado, que intenta introducirse en el presente y ser idóneo otra vez. Δ

José Carlos García Fajardo. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
Director del CCS. (CCS)