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Primero, la vida

Escrito por Federico Mayor Zaragoza 07 Septiembre 2010
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¿Quiénes, por motivos inconfesables, se atreven a criticar los procedimientos que se han utilizado para liberar, después de un largo calvario, de las manos asesinas de secuestradores profesionales, a unos cooperantes españoles detenidos en el Sahel por Al Qaeda?
Federico Mayor ZaragozaSe volverá contra ellos, como un "boomerang" de grandes dimensiones, porque toda la gente pensará que no habrían puesto reparo alguno para que se pagaran los rescates que fueran necesarios si se tratara de sus hijos. Primero, la vida.
Sí: primero la vida. Pero, acto seguido, una acción de gran alcance y todas las inversiones que sean necesarias, no sólo para procurar el desmantelamiento de los reductos desde los que operan los secuestradores sino, sobre todo, para mejorar las condiciones de vida de los países en los que se asientan para realizar estas acciones criminales. Repito nuevamente: no puede ser que invirtamos más de 3.000 millones de dólares al día en armas y gastos militares, cuando la solución es el desarrollo global sostenible, es dejar de explotar a estos países en sus yacimientos petrolíferos, de gas, de aluminio, de oro, de diamantes, de coltán,... Es apremiante aportar -venciendo las resistencias de los grandes consorcios industriales bélicos- todos los medios que sean precisos para mejorar las condiciones de vida, como corresponde a su igual dignidad humana, a los habitantes de estas tierras, de tal manera que puedan hacer frente a quienes, en el lodazal de su miseria, les ofrecen otras recompensas.
Junto a este cambio radical en las medidas que a escala internacional deben adoptarse para contrarrestar a los terroristas y reducirlos totalmente, es también necesario que las organizaciones privadas y públicas respeten a las pautas de seguridad establecidas (recordemos que el Alakrana pescaba en zonas no autorizadas y que también algunas ONGs llevan a cabo sus actividades, con la mejor voluntad, en lugares desaconsejados por razones de seguridad).
Primero, la vida. No tiene precio. Pero, acto seguido, todas las medidas que redunden en hacer imposible en muy pocos años, gracias al progreso social alcanzado, acciones que merecen el rechazo unánime. Digo bien, unánime. Si queremos comprender, miremos a los ojos de las madres de los rescatados. Allí están todos los argumentos.
Es necesario dar un papel creciente, con unas Naciones Unidas reformadas y dotadas adecuadamente, a la acción internacional coordinada. El tiempo de los G-8 y G-20 ha concluido, dejando una situación insoportable. Δ