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Ecos del pasado

Escrito por Irene Macías 19 Agosto 2010
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Ecos del pasado 4.1 out of 5 based on 10 votes.
El Museo Británico de Londres es como la cueva de Alí Babá, rebosante de tesoros prácticamente inabarcables para la imaginación humana.
La única diferencia  es que el acceso al museo es libre para cualquier persona que quiera refugiarse por unas horas del reclamo del distrito comercial vecino a este maravilloso edificio. Sus salas exhiben objetos de todos los tamaños, formas y materiales provenientes de las civilizaciones más importantes en la historia de la humanidad; el museo del mundo para el mundo, según reza el eslogan. Efectivamente, si uno lo visita con atención es posible apreciar una visión panorámica de la evolución de creencias y organizaciones sociales, o de la aparición y destrucción de civilizaciones. Cada vez que entro en el espaciosísimo vestíbulo central con su luz natural -un acierto pleno de diseño-, me siento tan emocionada como un niño que no sabe a qué columpio subirse primero. Estas líneas son el fruto de mis reflexiones tras visitar este lugar, al que siempre vuelvo con gusto, y verme rodeada de tantos artefactos depositarios de lo más sublime de pueblos y civilizaciones de todo el mundo.
En mi última visita, escuchando las explicaciones de nuestra guía sobre la civilización egipcia en su primera etapa, reflexionaba sobre cómo en el devenir de la humanidad, la relación con nuestro entorno natural ha sido siempre determinante. Las frecuentes inundaciones causadas por el Nilo hicieron fértiles los valles circundantes y fueron la causa de que grupos de cazadores nómadas se asentaran y se convirtieran en agricultores. Las civilizaciones primitivas vivían en profunda sintonía con la naturaleza, conscientes de que su supervivencia dependía de la benevolencia y el capricho de ésta. Es bien sabido que nuestro “progreso” se ha caracterizado por un distanciamiento, arrogante a veces, de nuestro entorno, aunque éste se va imponiendo inexorablemente a nuestras ansias consumistas y dominadoras. Las civilizaciones primitivas vivían en profunda sintonía con la naturaleza, conscientes de que su supervivencia dependía de la benevolencia y el capricho de ésta.Las resonancias con el presente y la historia más reciente no terminan ahí.  La pasión de los egipcios por el lujo, piedras y metales preciosos, incluso los minerales con los que hacían el mejunje para pintarse los ojos, eran posibles gracias a los riquísimos recursos naturales de sus vecinos de Nubia, el actual Sudán, a los que llegaron a invadir. Parece que las aspiraciones de expansión y de dominio son una constante en la historia de los seres humanos. De hecho, la mayoría de las salas nos relatan la misma historia: el sometimiento de los pueblos del valle de México por parte de los Aztecas, la llegada de los europeos a América, la expansión del imperio romano…
Curiosamente, el patrón de poder y apropiación se reproduce cuando se reflexiona sobre lo que se está viendo. Y no me refiero precisamente al simbolismo de los objetos exhibidos, siempre fascinante, sino a cómo han ido a parar ahí. El hecho de que bajo un mismo techo uno pueda admirar frisos del Partenón, exquisitos jarrones de China, máscaras de África o la Piedra de Rosetta es sin duda un privilegio. A la vez, uno no puede dejar de preguntarse cómo un solo edificio pueda albergar tantos artefactos imponentes, algunos originalmente diseñados para la ostentación y el consumo público, otros, expresiones de deseos personales, como las miniaturas con las que se enterraban los poderosos egipcios a modo de testamento de sus anhelos más íntimos para después de la muerte. La historia de este museo, como la de muchas otras instituciones que cobijan expresiones sublimes del ingenio humano, delata historias de colonialismo, de pillaje, de adquisiciones no siempre legítimas. Y aunque no siempre sea así,  y a pesar de mi amor por este lugar, hay un curioso sentido de dislocación, común a muchos museos, pero especialmente acentuado en este caso dadas la riqueza y variada procedencia geográfica de sus colecciones.  
Una vaga sensación de agravio invade cuando uno pasea por sus salas abarrotadas de turistas, especialmente durante el periodo estivo. Los museos, sobre todo cuando la entrada es libre y gratuita, demuestran una voluntad muy noble de acercar la cultura a todos. Son lugares de inclusión social. El riesgo de esto, como en el caso de este popular museo, es que se pueden ver convertidos en un parque temático en el que los turistas van de una sala a otra, fotografiándose atolondradamente al lado de objetos que se ven despojados de su sacralidad, burdamente vaciados de transcendencia, lo que no hace sino acentuar incluso más el sentido de incoherencia. Comprendo que puede ser difícil encontrar el equilibrio entre permitir el acceso democrático al patrimonio cultural y educar sobre su valor y significado. Pero en mi última visita al museo, percibí una irreverencia que me trajo ecos de historias pasadas de dominio e invasión. Δ

Irene Macías es profesora de Lengua y Cultura Española en una universidad británica.


 

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