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Aquellos valientes de antes

Escrito por Jorge Majfud 13 Agosto 2010
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La noticia de que el mundialmente célebre coronel retirado Nino Gavazzo será finalmente procesado por la justicia en Tacuarembó (Uruguay), es una buena noticia para la justicia.
Mi abuelo fue uno de los incontables torturados por estos soldados de la patria. Lo reventaron cuando logró sacarse la capucha y ver que el torturador era un vecino del pueblo donde, por casualidad o por paradoja divina, algunos de ellos son procesados ahora por alguno de sus tantos servicios.
Luego dicen que llegó el coronel Gavazzo y quiso darle unas buenas trompadas. Pero cada vez que el viejo las esquivaba el coronel se enfurecía aún más.
Mi abuelo tenía las manos atadas. Así es como se hacían valientes los héroes de entonces, torturando y dándole trompadas a gente que tenía las manos atadas, cuando no estaban encapuchados o rodeados por otros elementos de seguridad.
Quizás sea por esta razón que las dictaduras nunca produjeron héroes históricos y por eso debían conformarse con colgarse en los uniformes, unos a otros, veinte o treinta medallitas y esperar que la vejez y algún religioso de rango perdonase sus pecados y proveyese de paz a sus orgullosas almas. Cosa que no resultaba difícil, porque casi siempre tenían algún jerarca eclesiástico al alcance de la mano, bendiciendo sus armas e imponiendo silencio disciplinario a los curitas de barrio que no comulgaban como corresponde.
Lástima que mi abuelo murió en 2003. Él siempre dijo que iba a llegar este momento. Treinta años atrás parecía una quimera, una fantasía que iba en contra de siglos de abusos e impunidades. Era como esperar la nieve en Jamaica.Mi abuelo fue uno de los incontables torturados por estos soldados de la patria.
Siempre he pensado que cuando la justicia tarda no llega. Pero algo es algo. Por lo menos significa que los abusadores de turno ya no descansarán en paz en sus inexpugnables fortalezas. Tampoco la autocomplacencia del pueblo. Como aquella anestesia crítica que por entonces había asustado y adoctrinado a medio pueblo, reclinado como a un confortable sillón a la tradición y la propaganda oficial.
Esta conciencia primitiva se resumía (no quiero decir que ha sido superada) en una actitud al mejor estilo Poncio Pilatos: “Si Juancito está preso y si a María la mataron por algo será. No les hubiese pasado nada si se hubiesen dedicado a estudiar o a trabajar”.
Antes de analizar una violación a los derechos humanos la propaganda imponía la criminalización de la víctima, por su tormento y por el estado histórico y presente de la sociedad. Un razonamiento típicamente prostibulario: los señores salvan su honor de hombres estigmatizando a mujeres marginales que funcionan como trapos de piso. Como una misa mal entendida sirve de lavadora.
La santa inquisición dictó cátedra en cuanto a procesos de obtención de información, falsa y verdadera, mediante la investigación policial sobre brujas y herejes que incluía un variado menú de tormentos físicos y psicológicos. En Europa existen tenebrosos museos de la tortura donde se recuerda este estado de terror dominante.
En el Río de la Plata se actualizaron casi todos los métodos inquisitoriales. No somos tan románticos como los europeos; no somos afines a los museos. Pero un Museo de la Guerra Sucia es una materia pendiente en el Cono sur.
La picana eléctrica y otras maravillas de la tecnología que hinchaban de orgullo a los raquíticos inventores de nuestras tierras deberían estar presentes.
Por entonces, las invocaciones religiosas de los dictadores latinoamericanos eran más una excusa que la fiebre sincera de la Europa gótica y barroca.
A unos los movía la sincera superstición de que cada vez que torturaban o violaban a la mujer de un subversivo estaban salvando la patria, la libertad, la democracia y los derechos humanos. Al fin y al cabo la inquisición también torturaba y quemaba seres humanos para salvarlos del fuego eterno y salvar al resto de la humanidad del horror de la herejía.
A otros los movía el cumplimiento con el deber, con el deber de proteger la tradición de colonias y feudos disfrazados de repúblicas democráticas.
A otros, los movía simplemente el sadismo.
Todos esos son males universales. No son exclusivos de la derecha ni de la izquierda, de los de arriba ni de los de abajo.
La justicia, cuando es justicia, tampoco es exclusiva de ningún grupo. Es un bien universal. Δ

Jorge Majfud. Escritor uruguayo.


 

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