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Opinión Opinión 'Un café', o sobre la impermeabilidad hacia el otro

'Un café', o sobre la impermeabilidad hacia el otro

Escrito por Irene Macías 22 Julio 2010
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Dedicarse a la enseñanza de idiomas por elección en el Reino Unido en estos momentos no está exento de heroísmo, algo así como seguir de pie en proa en vez de saltar al bote salvavidas cuando el barco hace agua.
Y por si esto fuera poco, a la cada vez mayor escasez de demanda se suma el infame agravante de que enseñar lenguas te sitúa en la categoría más baja de los docentes, aquellos que enseñan una habilidad con poco mérito, ya que lo saben hacer por el mero hecho de
ser nativos. Pocas disciplinas académicas están tan desprofesionalizadas como la enseñanza de lenguas. Leo con interés que no siempre fue así. Al parecer hubo tiempos de verdadera bonanza, cuando las solicitudes para estudiar idiomas en la universidad eran tantas que empezaron a nacer departamentos de lenguas extranjeras por doquier; tiempos en los que los profesores no tenían que preocuparse por diseñar cursos atractivos para los estudiantes: dietas a base de literatura y de las especialidades más peregrinas por parte del catedrático de turno, nutrido a su vez de textos de la Edad de Oro o poesía mística, estaban a la orden del día. En las décadas de los 70 y los 80 la popularidad y el valor atribuido al multilingüismo tenían seguramente mucho que ver con una coyuntura política diferente y con un pro-europeísmo tristemente inexistente hoy en día.
Estas fluctuaciones en el valor de los idiomas se ven reflejadas en una curiosísima intermitencia en el currículum escolar: a partir de este año, las escuelas primarias pueden ofrecer una lengua extranjera, y subrayo el “pueden” porque no están obligadas a hacerlo; curiosamente, dicha medida se ha introducido a la vez que ha desaparecido la obligatoriedad de su estudio a partir de los 14 años. Es decir, hasta hace poco la escalera estaba suspendida en el aire, los peldaños sólo cubrían la trayectoria a partir de la secundaria, y ahora está precariamente apoyada en el suelo, aunque se trunca inesperadamente a partir de los 14 años para volver a reaparecer, como por arte de magia, en la universidad. En cualquier caso, el resultado de esta incoherencia en política lingüística es que el número de estudiantes que eligen recorrer el tramo que culmina en la universidad es cada vez más reducido. Sueño con el día en el que todos exijamos que se respete la frágil diversidad cultural de nuestro planeta y una de sus manifestaciones más inmediatas: las lenguas. Como no es de extrañar en un sistema eminentemente pragmático y regido por las inmisericordes leyes del mercado, los departamentos universitarios de lenguas van desapareciendo y los que quedan van transformando su oferta curricular discretamente, eliminando en una especie de photoshop los cursos menos atrayentes entre los jóvenes educados por la pantalla primero y, en el mejor de los casos, por el libro después. El resultado es que hoy es prácticamente imposible estudiar literatura que se remonte más atrás del siglo XX.
Pero no es de políticas lingüísticas o de crisis en la universidad británica de lo que quiero hablar aquí. Tampoco quiero hablar directamente del inglés como lengua internacional y de la amenaza que esto supone para la sostenibilidad lingüística del planeta. De lo que quiero hablar es simplemente de la permeabilidad a otras lenguas y de su percepción entre los hablantes monolingües. En un vuelo reciente procedente de España y con destino a un importante aeropuerto inglés, con una de las líneas aéreas con mayor porción del mercado europeo, presencié un incidente que me confirmó que el valor de las lenguas extranjeras se encuentra por los suelos, literalmente. Cuando pasaron las azafatas con el carrito de las bebidas, una pasajera de cierta edad pidió “un café”. La azafata se quedó visiblemente contrariada. La señora repitió su orden, tratando de vocalizar más claramente las 3 sílabas. Ante el silencio incómodo y algo molesto de la asistente de vuelo, una joven que viajaba al lado de la pasajera en cuestión interpretó “Coffee please”.
El incidente descrito me dejó perpleja. No tanto el hecho de que personal que trabaja con una clientela internacional todos los días exhiba un monolingüismo apabullante. El equivalente en cualquier otra línea aérea europea sería impensable.
Se podría argüir que la línea aérea mencionada conecta muchos países europeos todos los días y que el personal no puede dominar tantas lenguas. Dicho esto, la proximidad fonética entre “café” y “coffee” es tal que uno no puede dejar de preguntarse si este incidente se debió a una desafortunada incapacidad lingüística por parte de la azafata, o a arrogancia y falta de profesionalidad. No es la primera vez que presencio que el personal de algunas de las líneas aéreas más populares, las llamadas de “bajo costo”, economizan hasta en esto.
Imagino que estando en tiempos de crisis, la mayoría estamos dispuestos a tolerar ciertas incomodidades – cada vez mayores – para ir de un país a otro por poco dinero. Pero como soy uno de esos obcecados que insiste en mantenerse en la proa, sueño con el día en el que todos exijamos que se respete la frágil diversidad cultural de nuestro planeta y una de sus manifestaciones más inmediatas: las lenguas. Δ

 

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