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Opinión Opinión La cultura de la hiperfragmentación

La cultura de la hiperfragmentación

Escrito por Jorge Majfud 23 Junio 2010
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Una vez en África, con razón, un kimwane me cuestionaba por qué yo decía que aquellas costas eran un paraíso de belleza y tranquilidad, fuera de todos los mapas, y al mismo tiempo extrañaba las agotadoras batallas del mundo occidental. Después de muchos meses decidí volver. Porque nadie puede irse a una isla en el medio del océano Índico sin llevarse su mundo adentro.
Y porque el admirable y el despreciable Occidente es mi mundo, o la mayor parte de mi mundo.
Desde entonces creo que no hay mejor espacio para observar una realidad que un espacio fronterizo. Involucrarse en esa realidad es básico para conocerla, pero no necesariamente favorable a la observación de la misma.
Una de esas fronteras puede ser generacional y cultural: la que (aparentemente) separa la cultura del libro de la cultura digital.
Desde fines del siglo XX muchos escritores publicamos en libro, aunque con reservas, nuestro optimismo sobre la revolución digital. La red venía a confirmar con su potencial interactivo la idea de que si la biosfera era el cuerpo de un ser vivo único (la Gaia de J. Lovelock), bien podríamos considerar la estratósfera y las redes de comunicación como su cerebro, donde las conexiones eran las dendritas y los individuos las neuronas.
El optimismo estaba sustentado (aún lo está), en el potencial democratizador de la información, de la cultura y de los medios de producción, con lo cual la democracia directa ya no tendría obstáculos para sustituir finalmente a las anacrónicas democracias representativas. Así, pronto los parlamentos se convertirían en lo que hoy son los reyes en Europa.
Todo esto estaba (está) en la misma línea humanística de liberación de los individuos de las autoridades fácticas, políticas o intelectuales considerados desde la revolución intelectual del siglo XVII alrededor del Mediterráneo. El fenómeno de Internet no era (no es) mayor ni menor al producido por la revolución del libro impreso en el siglo XV y de la prensa en el siglo XVIII y XIX.
Nada de estas posibilidades ha fracasado hoy en día, pero la experiencia del momento nos muestra cada día los peligros de todo optimismo. Por ejemplo, cuando los medios se convierten en fines. Cuando los instrumentos de liberación se convierten en una adicción que, además, fomentan la superstición de la libertad y la liberación del mismo adicto por el simple hecho de tener acceso a la droga.
Aparte de las enormes inversiones de tiempo que alguien hace en las “redes sociales” (es decir, en los cementerios digitales) como Facebook o Twitter, lo que debería preocupar más es qué habilidades se ganan y qué habilidades se pierden cuando esa práctica fraccionada y repetitiva traspasa un límite X y se convierte en autismo social, una de las enfermedades menos visibles y más universales de nuestro tiempo.Aparte de las enormes inversiones de tiempo que alguien hace en las “redes sociales”como Facebook o Twitter, lo que debería preocupar más es qué habilidades se ganan y qué habilidades se pierden cuando esa práctica fraccionada y repetitiva traspasa un límite X y se convierte en autismo social, una de las enfermedades menos visibles y más universales de nuestro tiempo.
No debemos olvidar que el optimismo sobre el potencial democratizador de la televisión terminó entre dos pesados signos de interrogación. La idea de “caja boba” en realidad no tenía nada de boba para los poderes fácticos del siglo XX. Los perjudicados fueron aquellos que desarrollaron sus potenciales intelectuales dentro de la adicción y de los límites estrechos de ese medio, mientras los administradores del poder mundial seguían formándose en la cultura escrita de las universidades.
Lo mismo podríamos decir de la radio. Si bien fue, y aún lo es hoy, un medio positivo en el proceso de democratización de la información, también es cierto que la Alemania nazi no hubiese llegado a los extremos que llegó sin la revolución propagandística que hizo posible el nuevo medio, por citar sólo un ejemplo clásico y extremo.
Claro, algunos acusarán que también el libro fue usado como medio central en la difusión del marxismo, etc. Para bien y para mal, es cierto. En cualquier caso la observación confirma el punto central en este momento: qué habilidades intelectuales se están perdiendo en nombre de un conformismo basado en las ventajas de un nuevo medio.
Se pueden observar experimentos en “tiempo real” sobre los hábitos de lectoescritura de las nuevas generaciones. En una abrumadora mayoría, no son muy alentadoras si venimos con la molesta idea de la democracia y la liberación del individuo y de los pueblos basada no en la mera información sino en la formación misma del individuo. Una formación no basada en el mito de la libertad sino en la liberación de un pensamiento crítico. Y para esto es necesario un ejercicio intelectual que incluya alguna constancia, alguna concentración, algún “ir a fondo” alejado de falsas urgencias, alentadas por la ansiedad del consumidor (producto típico y necesario del último capitalismo) más que por la urgencia real de los hechos.
Como ya anotamos mucho antes, una característica del lector digital, al menos por el momento, radica en la hiperfragmentación. Esto no significa que en este tipo de lectura digital no pueda surgir un pensamiento crítico. Ejemplos contrarios hay de sobra. Pero en términos generales, no veo cómo se podría estimular la riqueza intelectual sustituyendo completamente una habilidad por otra, en este caso la lectura de largo aliento y concentración, propia del libro tradicional, por la lectura fragmentada de la red.
Si buscamos indicios concretos sobre las potencialidades de los nuevos grupos encontraremos que la gran novedad radica en cierta forma de “cooperative work”. Un ejemplo paradigmático es Wikipedia. En otros casos menos defendibles, las empresas usan a los usuarios de forma gratuita para sustituir empleados asalariados.
En cualquier caso, la nueva generación sigue mostrando que la creatividad depende de unos pocos individuos. Hay faraónicos trabajos colectivos, trabajos de hormiga, pero no hay grandes inventos o innovaciones colectivas. Incluida la revolución digital y sus novedades de turno, todas son producto de individuos o de pequeños grupos trabajando en una dinámica de investigación tradicional. La mayoría, por no decir casi todos los consumidores de esos inventos, está hiper-ocupada en enviar mensajes para que el mundo sepa a qué hora se levantaron hoy, qué están haciendo en este momento y cuál es su real estado de ánimo, según un menú de siete opciones diseñado por algún doctor en marketing que vive en California.
Siempre es más fácil profetizar cambios radicales que continuidades. Los astrólogos y demás profetas no resisten anunciar el fin del mundo para mañana o la muerte del libro y de la bicicleta. Y los libros seguirán siendo espacios para una forma de pensamiento de largo aliento. Al final, la mayoría de las veces, lo que ocurre es sólo la muerte de los astrólogos y profetas. Aunque la humanidad ha sido capaz de inventos y revoluciones admirables, probablemente todavía seguimos soñando, amando y odiando como en tiempos de Akenatón. Y si bien no pensamos como entonces, seguramente repetimos lo mismos errores derivados del abuso del optimismo.
En cualquier caso este es nuestro mundo. Podemos criticarlo, podemos tratar de cambiarlo, pero no podemos renunciar a él. Tampoco deberíamos rendirnos ante la autocomplacencia colectiva.
Para eso están algunos políticos de turno en el poder de turno. Δ

Jorge Majfud. Escritor urugayo. Jacksonville University


 

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