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La naturaleza nos pasa la factura

Escrito por Carlos Salvatierra (Guatemala) 11 Junio 2010
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Guatemala ya es considerada a nivel mundial como uno de los países más amenazados ante los efectos del cambio climático, debido a las condiciones socioambientales que nos colocan en mayor vulnerabilidad.
Nuestra ubicación en el globo terráqueo se encuentra entre dos grandes masas de agua, el océano Pacífico y el Mar Caribe, posee más de treinta y siete conos volcánicos, tres de ellos activos y un dinamismo geológico y tectónico que sacude y causa erupciones, a eso se suma el hecho de que tres grandes placas tectónicas convergen en nuestra latitud. La topografía quebrada y de alta pendiente en gran parte del territorio nos vuelve más frágiles.
Con Ágatha ya son tres los grandes eventos climáticos que recordamos por su destrucción y muerte. El huracán Mitch en octubre y noviembre del 98, la tormenta tropical Stan en octubre de 2005 y ahora la tormenta tropical Ágatha, apenas en Mayo de 2010. Para el Stan, la mayoría de los análisis concluían sobre el porqué de tanta destrucción. La naturaleza estaba ya bastante degradada como resultado de las actividades humanas, de la falta de planificación y ordenamiento territorial, del mal uso de los suelos y de la presión sobre la tierra resultado del empobrecimiento de poblaciones forzadas a vivir en lo precario, en laderas y peñas de montañas, cerca de cauces de ríos o barrancas. La Tierra no puede más y nos está cobrando la factura y aunque no todos tenemos la misma cuota de responsabilidad, ella no mira clases sociales ni posición económica o creencias religiosas.
En esta ocasión fue igual, los sistemas naturales no soportaron los cambios extremos del clima, expresados en lluvias tan fuertes e intensas o por tiempos largos, que marcan récords históricos de precipitación en el país. Las montañas peladas, deforestadas y solo en algunas cumbres cubiertas por penachos de bosques, los cauces de la mayoría de los ríos están severamente alterados o destruidos. Estas columnas vertebrales de las cuencas se encuentran tan endebles y frágiles que las correntadas rápidamente erosionan su estructura generando monstruosos desbordes de aguas chocolatosas que se llevan árboles y troncos gigantes, casas, personas y animales. Para ver el trato que se le da a la cuenca hay que ver al río; las cuencas, los grandes receptores y colectores de aguas van de mal en peor.
En el sur asusta el estruendo de los ríos, grandes piedras chocando unas con otras hicieron rugir a los ríos María Linda, Madre Vieja, Achiguate, Nahualate, Samalá, Coyolate, Bolas y Cabuz, entre otros. Las comunidades en la parte más baja de la cuenca sintieron la embestida de esas aguas sin control, a muchos los agarró por sorpresa, con poco tiempo para sacar a la familia; otros quedaron atrapados en los techos de las casas o subidos en palos. En Champerico se perdieron techos de casas, en Nueva Concepción, Escuintla decenas de reses, caminos y puentes, en el Güiscoyol las personas salieron huyendo de la crecida que ya no les dio tiempo a llevar nada. Todos los relatos que me comparten terminan con el mismo mensaje: "gracias a Dios estamos vivos, lo material se repone pero las vidas no".
Solamente han pasado 5 años del Stan y estamos en una situación bastante similar y eso que la temporada de lluvias inicia. No aprendimos la lección, se siguen construyendo riesgos y pensando con el mismo esquema del pasado.
Los cambios en la planificación del territorio y en la forma de utilizar la naturaleza y sus recursos son urgentes, de no resolverse estos problemas la desesperación y la impotencia pueden llevar a una fuerte explosión social. No podemos seguir echando la culpa de los desastres a fuerzas superiores y omnipresentes, ni es la furia de la naturaleza ni la voluntad de Dios. Es el ser humano el que está destruyendo su propio hogar.
La Tierra no puede más y nos está cobrando la factura y aunque no todos tenemos la misma cuota de responsabilidad, ella no mira clases sociales ni posición económica o creencias religiosas. La Tierra está acomodándose y la humanidad tendrá que hacer lo mismo, ya que no podemos seguir bajo el mismo sistema y modelo de producción, que basa su crecimiento en la explotación irracional de los recursos, en la marginación y exclusión del ser humano. El resultado de lo que hoy vivimos también es un reflejo de la desigualdad, la injusticia, y la indiferencia. Δ

 

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