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Opinión Opinión La viña devastada de Benedicto XVI

La viña devastada de Benedicto XVI

Escrito por Juan José Tamayo 04 Mayo 2010
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Muy poca gente pensaba que el cardenal Ratzinger fuera elegido Papa en el cónclave celebrado en abril de 2005 para elegir al sucesor de Juan Pablo II tras su largo reinado de veintisiete años.
Ni siquiera se creía que deseara convertirse en el nuevo “Santo Padre”, entre otras razones, por la edad, –había cumplido 78 años- y por algunas de sus declaraciones en las que había expresado su deseo de volver al estudio y a la reflexión teológica. Se le consideraba, eso sí, el gran elector, que podía mover los hilos y aunar voluntades para elegir al nuevo Papa. No en vano había sido el todopoderoso presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) durante casi medio siglo y había intervenido activa y decisivamente en el nombramiento de la mayoría de los cardenales reunidos en el cónclave. Pero los pronósticos fallaron y el cardenal Ratzinger se convirtió en el elegido con el nombre de Benedicto XVI para regir los destinos de la catolicidad.
Y, a decir verdad, no le ha resultado difícil gobernar de manera absoluta ya que ha contado con el apoyo prácticamente unánime de los cardenales, arzobispos, obispos y de la Curia romana y con el silencio casi total de los poco dirigentes eclesiásticos discrepantes. Ésa fue precisamente la estrategia diseñada conjuntamente por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger y la seguida por éste durante los cinco años de su pontificado: sustituir a los obispos progresistas seguidores del concilio Vaticano II y defensores de la teología de la liberación por obispos de talante conservador y, en algunos casos, integrista. Los criterios para los nombramientos episcopales han sido la fidelidad a la doctrina, la obediencia al Papa y la observancia de las rúbricas litúrgicas. ¿Dónde quedan la ejemplaridad evangélica, la opción por los pobres, la lucha por la justicia y la reforma de la Iglesia defendida por el concilio Vaticano II? La nueva imagen de los obispos ha ido acompañada de una importante involución en la formación del clero, en la educación en la fe, en la orientación teológica, con la renuncia, en muchos casos, a la evangelización y la caída en un empacho sacramental.
El Papa tiene a su alrededor una serie de asesores intelectualmente mediocres, moralmente reprochables y desconocedores –o peor aún- falseadores de la historia, que dicen muy poco del tan cacareado prestigio intelectual de Joseph.La tan esperada y necesaria reforma de la Curia se ha reducido a una serie de cambios que han reforzado todavía más el centralismo y la orientación tradicional de la Iglesia católica. Los nombramientos de Bertone como secretario de Estado de la ciudad del Vaticano (ministro de Asuntos Exteriores), de Levada como presidente de la CDF y de Cañizares al frente del Culto Divino constituyen los mejores ejemplos de clonación del propio Benedicto XVI en el gobierno autoritario de la Iglesia, en la reproducción ideológica de su pensamiento, en la concepción rigorista del dogma y en la práctica ritualista de la liturgia.
Benedicto XVI se ha rodeado de una guardia pretoriana que le ofrece una visión distorsionada de la realidad e intenta protegerle de las críticas procedentes, no sólo del mundo laico sino de dentro de la misma Iglesia católica, que no tienen intención iconoclasta, sino constructiva y catártica. Es esa misma guardia pretoriana la que, por ejemplo, en vez reconocer la gravedad delictiva de los casos de pederastia de sacerdotes y religiosos y de ayudar al papa a tomar medidas eficaces para erradicar tales prácticas, osa afirmar que el hecho mismo de sacarlas a la luz responde a una campaña anticlerical perfectamente orquestada por los sectores laicistas, al odio y a la persecución de la Iglesia católica y al deseo de desacreditar y socavar el prestigio de Benedicto XVI. Pero los pretorianos no se preocupan del sufrimiento de las víctimas y menos aún de llevar a los violadores, que son los verdaderos verdugos, a los tribunales. Con esa actitud lo que están haciendo es proteger a los victimarios, como hiciera el cardenal Castrillón quien, siendo presidente de la congregación del Clero, felicitó a un obispo “por no haber denunciado a un sacerdote (pederasta) a la Administración civil”.
El Papa tiene a su alrededor una serie de asesores intelectualmente mediocres, moralmente reprochables y desconocedores –o peor aún- falseadores de la historia, que dicen muy poco del tan cacareado prestigio intelectual de Joseph. Sirvan dos ejemplos como botón de muestra. Uno es el predicador que durante la Semana Santa de este año comparó, en presencia del Papa, los sufrimientos de éste por las críticas recibidas con motivo de los casos de pederastia, con el Holocausto. Otro, el cardenal Bertone, “segundo” del Vaticano y brazo derecho del Papa desde los tiempos de la CDF, que, con la intención de demonizar a los homosexuales, ha vinculado la homosexualidad con la pederastia, mientras que, para defender la anacrónica e infundada imposición del celibato a los sacerdotes, ha negado cualquier relación de éste con los abusos sexuales de algunos sacerdotes y religiosos. Con asesores y colaboradores así, no es extraño que el portavoz del Vaticano dedique más tiempo a desmarcarse de tamaños disparates y juicios tan insensatos que a ofrecer una información objetiva sobre las actividades del Vaticano.
Los pasos de la Iglesia católica hacia atrás durante el pontificado de Benedicto XVI son más que evidentes. El Papa actual ha retrocedido muchos siglos atrás, pero no a los tiempos del Jesús del Lago de Tiberíades o al cristianismo de los orígenes, tampoco a los movimientos proféticos medievales, sino al concilio contrarreformista de Trento (1545-1563) y al concilio Vaticano I (1870), que definió el dogma de la infalibilidad del Papa. Ha tenido como referencia pastoral en su pontificado no la figura tolerante de Juan XXIII, ni siquiera la actitud hamletiana de Pablo VI, sino el comportamiento decididamente antimodernista de Pío X.
¿Resultado? Un concilio Vaticano II secuestrado, una teología amordazada, una Iglesia amurallada que se protege de adversarios imaginarios, en fin, una “viña devastada”, como dijera el propio Benedicto XVI, pero no por los “jabalíes” laicistas inexistentes, sino por no pocos creyentes y dirigentes eclesiásticos que han dilapidado el legado ético liberador de Jesús de Nazaret y lo han sustituido por la teología neoliberal del mercado. ¿Solución? No está en mis manos. Tenemos que pensarla entre todos. Será tema de otro artículo. Δ

Juan José Tamayo. Teólogo y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid.
Secretario General de la Asociación Española de Teólogos Juan XXIII.


 

Comentarios   

 
0 #1 luis anselmo del álamo 10-05-2010 14:53
El artículo de Juan José Tamayo Acosta, desde la primera a la última de sus líneas, no es más que la típia cantinela eclesial progre -por lo demás, cada vez más progre y cada vez menos eclesial, puesto que al final, como nos enseña el Evangelio, todo acaba saliendo a la luz y la verdad acaba por abrirse paso en medio de la oscuridad y de las asechanzas de los enemigos de la Esposa- que cada día, afortunadamente, menos gente se cree, se sigue creyendo. Porque es que ya hastía, de puro tópica, de puro falsa, de puro zahiriente.

Y no más comentarios. El papa actual no traiciona al Vaticano II, en absoluto; los que sí lo traicionan, pretendiendo dar gato por liebre, son los progres eclesiales que sigue empeñados en mostrar un supuesto concilio (vaticano II) que nunca existió. Así de claro.
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