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Toda afectación es vana

Escrito por José Carlos García Fajardo 29 Abril 2010
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El uso del velo de las mujeres musulmanas en los países occidentales genera polémica no exenta de demagogia política y mediática. En los colegios públicos debe regir el principio de laicidad acorde con la no confesionalidad del Estado.
José Carlos García Fajardo .Profesor Emérito  de  la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director CCS.Crece la controversia sobre el uso del velo por mujeres musulmanas en nuestros países. En los centros de educación públicos debe regir el principio de laicidad acorde con la no confesionalidad del Estado. En mis clases he tenido alumnas con el hiyab, velo que sólo deja al descubierto la cara. Nunca les presté más atención que a otros con vaqueros rotos, pelo largo y con rastas, tatuajes y piercings. Con zapatillas, camisetas, calzoncillos o bragas asomando por encima del pantalón y que mostraban el canal donde la espalda pierde su nombre.
Les hacía comprender que el chándal era para deporte, que los pantalones cortos no eran trajes de baño y que en la universidad no eran de recibo gorras durante las clases. Ni chanclas ni camisetas con tirantes que llaman “musculosas”.
Esto lo explicaba el primer día: mi nombre es “Profesor”, ni “oye tú”, “eh” o “tío”; ni tuteos porque yo los trataría de usted. No pasaría lista, porque no tendría tiempo. Ahora bien, quienes asistan respetarán las normas usuales en la universidad: atención, silencio, ni leer periódicos u otras cosas, ni botellitas de agua porque no estamos en el desierto y las clases duran 45 minutos. “Es que es una necesidad natural”, “También hay otras y no las hacen en clase”. Algo de humor pero que cada uno tendría que pasar por mi despacho o no les leería trabajos ni participarían en “talleres” ni en “prácticas” pues yo necesito conocer a mis alumnos: qué libros leen, qué medios, hobbies, deportes, idiomas, viajes, actividades sociales, si trabajan, si tenían beca, así como me interesaba por sus padres y sus familias. Así consta en las 24.000 fichas que conservo ordenadas.
Dado que disponían de amplia bibliografía sobre la asignatura, yo seguiría un texto como referente y anunciaría cada viernes qué tema trataría la próxima semana, para que pudieran prepararlo. En mis clases he tenido alumnas con el hiyab, velo que sólo deja al descubierto la cara. Nunca les presté más atención que a otros con vaqueros rotos, pelo largo y con rastas, tatuajes y piercings. Con zapatillas, camisetas, calzoncillos o bragas asomando por encima del pantalón y que mostraban el canal donde la espalda pierde su nombre.No iba a repetir lo que venía en los libros de historia universal o de pensamiento político y social sino que, a partir de ese tema que ya conocían, buscaría el envés, daría vuelta a la alfombra para seguir la trama, la urdimbre y la textura. ¿Por qué había podido suceder así? ¿Qué otras formas de evolución podría haber tenido? ¿En cuántas otras ocasiones se produjeron hechos similares? ¿Qué relación podríamos encontrar en la actualidad universal? ¿Qué componentes ideológicos, religiosos o de poder habían intervenido? En una palabra: ¿hacia dónde estamos yendo, o nos están llevando?
Solía concluir: “He oído decir que hay institutos y colegios en donde algunos profesores padecen estrés y están desbordados por alumnos y sus padres… Olvídenlo, aquí, si alguno va a estar estresado no voy a ser yo”.
Nunca tuve necesidad de pedir silencio. Me callaba y miraba a quienes molestaban. Se hacía realidad la experiencia de Virgilio “Si vir invenent, silent”; ante una persona convencida, te respetan.
Les recomendaba que no me citasen en sus casas a la hora de comer, por su propio bien. Entonces les explicaba por qué colgaba del revés el gran planisferio. Ante la mirada de asombro de alguno, preguntaba “¿y cómo sabe usted que está del revés? Depende de dónde se sitúe”. Terminaba citando a mi Eduardo Galeano: “Si Alicia regresara y quisiera volver a ver el mundo al revés, no tendría que atravesar espejo alguno, le bastaría con asomarse a la ventana o al televisor”.
Por eso, por llevar algún signo visible de su tradición o costumbre, una kipa judía, un velo, un sari, barba o tatuaje africano en el rostro, no llamaría la atención si no se hacía ostentación o abuso: no creo de recibo llevar un burka o un niqab que ocultan el rostro y las señas de identidad necesarias para el trato social y por seguridad.
“Llaneza, muchachos, que toda afectación es vana”, les decía con Cervantes, y nunca tuve problemas ya que, en mis viajes, siempre respeté y traté de aprender de otras tradiciones y costumbres que me enriquecieron. Acoger a los demás y respetarlos. Así se han sucedido las civilizaciones y las culturas, mediante un enriquecimiento mutuo, la comprensión y saber construir juntos el futuro.
En Inglaterra, nunca me llamó la atención ver a funcionarios y a agentes de seguridad con barba, bigote y un espléndido turbante sij que recogía su cabello.
Educación, respeto y procurar no llamar la atención. Al igual que cuando fuimos emigrantes lo hacíamos porque buscábamos una vida mejor, trabajo, educación, cuidados sanitarios y pensiones, dentro de un orden general de libertad establecido. Y esto exigía respetar las normas establecidas. Los logros sociales que habíamos conseguido suponían esfuerzo, cooperación, trabajo y respeto al ordenamiento que nos habíamos dado. Si les habían atraído tenían que respetar las reglas de juego. Ante nosotros tenemos el gran desafío de la educación pública, gratuita y obligatoria para todos. Δ

J.C. GARCIA FAJARDO. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
Director del CCS