El golfista adúltero

Escrito por Alberto Moncada 29 Diciembre 2009
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Tiger Woods es, indiscutiblemente, el mejor jugador de golf del mundo y, como consecuencia, uno de los principales millonarios americanos.
Alberto Moncada. Sociólogo.Vive en una lujosa casa del norte de Florida, con su mujer y sus dos hijas, a las que no les falta de nada y allí le esperan mientras va y viene a los campeonatos, dentro y fuera de los Estados Unidos, donde apenas tiene rivales de su nivel.
Pero el golfista, amante esposo y padre responsable, es también un poco putero. Cuando se termina el torneo, y antes de volver a casa, se acuesta con putas o con las muchas mujeres que están dispuestas a alegrar la cama de un campeón. Ya han surgido nueve que han contado sus aventuras con Tiger que parece ser tan bueno en la cama como en el “green”.
Por lo visto, su mujer se dio por aludida una noche en la que el campeón salió huyendo de casa y se dio un buen morrón con su lujoso coche. La prensa olió el morbo y los periodistas se turnaron para averiguar lo que pasó, popularizar a las compañeras de cama del golfista y llevar a éste a un acto de arrepentimiento, que incluye incluso su retirada indefinida del deporte. Ni la religión ni el amor ni las convenciones sociales logran que los varones no se compliquen la vida obedeciendo a un instinto de cuya fuerza depende la continuidad de la especie humana. Paralelamente sus patrocinadores huyen de su imagen y si su mujer le pide el divorcio, de momento se ha marchado de casa llevándose las niñas, disminuirán drásticamente sus ingresos.
¿Ocurriría algo parecido en otro país que no sea la puritana América?. Yo lo dudo porque muchos campeones no americanos celebran su éxito en camas ajenas a la propia y a nadie se le ocurre llevar el asunto tan lejos.
Cuando escribí “Aventuras extramaritales” expliqué, entre otros asuntos, la fuerza con que la testosterona masculina nos condiciona hasta más o menos los cuarenta años. Ni la religión ni el amor ni las convenciones sociales logran que los varones no se compliquen la vida obedeciendo a un instinto de cuya fuerza depende la continuidad de la especie humana. Yo explico en el libro que ni siquiera estar casados con mujeres muy activas y hábiles en el ejercicio de la sexualidad impide a los varones esa promiscuidad que las mujeres están aprendiendo a fuerza de que sus condiciones de vida, trabajo fuera de casa, dinero, viajes son iguales a las de los varones.
La sociedad occidental nunca ha castigado excesivamente el adulterio, el matrimonio es una institución ideada por los poderes que induce a las parejas a producir y cuidar a la generación siguiente pero ni antes, cuando la gente se emparejaba por razones familiares ni ahora que lo hace por amor, se ha dado mucha importancia a la infidelidad. Esta es cosa de otras culturas.
Hay una cierta hipocresía al respecto, tanta que yo no conseguí un editor español para mi libro y tuve que publicarlo en Amazon, editorial de Internet, que vende por correo.
La educación de la sensibilidad afectiva incluye, por supuesto, la fidelidad a tu pareja pero también la comprensión hacia sus debilidades. Las francesas del siglo pasado nos han enseñado la discreción del adulterio burgués, del “amour aprés midi”, de esas aventuras galantes que son en muchos casos la mejor salvaguardia del matrimonio. Pero las francesas nos enseñaron la regla de oro de la discreción y muchos varones, especialmente latinos, no disfrutan de la aventura hasta haberla contado a sus amigos. Δ

Alberto Moncada. Sociólogo