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Opinión Opinión La insoportable frivolidad del ser

La insoportable frivolidad del ser

Escrito por Jorge Majfud 11 Diciembre 2009
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La insoportable frivolidad del ser 4.9 out of 5 based on 9 votes.
Alguna vez Fedor Dostoyevski observó que cualquiera podía hacerse famoso en cualquier momento. Como no todos podían ser Darwin, Franklin o Fedor Dostoyevski, cualquiera podía pasar a la historia asesinando a un emperador o a un presidente.
Creo que más famoso, aunque cien años tardío, es la popular idea de Andy Warhol que en los sesenta, en pleno nacimiento de la cultura pop, predijo que en el futuro todos serían famosos por quince minutos, para lo cual bastaba con estar “en el lugar correcto o en el incorrecto, en el momento exacto o en la peor situación posible”. No es casualidad, si consideramos que Dostoyevski es hijo del siglo del periodismo escrito como Warhol es hijo del siglo del espectáculo mediático de la televisión.
Hace pocos días el matrimonio Tareq and Michaele Salahi decidió colarse en la fiesta de recepción que el presidente Obama daba al primer ministro indio Manmohan Singh. Los Salahi se fotografiaron con un gran número de estrellas de la política nacional. Pero la consagración de los Salahi llegó cuando fueron descubiertos. Este inconveniente, dudosamente un error de cálculo, puso a la pareja bajo investigación y la catapultó con los quince minutos de fama que pretendían para promocionarse. En este momento, el señor y la señora Salahi se encuentran bajo investigación policial mientras venden sus entrevistas a medio millón de dólares cada una.
Nada importa el contenido de lo que uno tenga para ofrecer sino, Nuestra cultura es un inmenso, un inocentemente perverso reality show alimentado por la banalidad, la vana vanidad de la cual quizás somos víctimas alguna vez en cuando todos los mortales.simplemente, estar o pasar por debajo de las luces y las cámaras que apuntan al centro del mundo.
También los padres del ahora célebre Niño del Globo de Fort Collins habían planeado sus quince minutos de fama con la intención de promover un posible reality show. Montaron un reality show más real y más espectacular que cualquier reality show convencional. No tuvieron suerte.
Pero no son la excepción. Nuestra cultura es un inmenso, un inocentemente perverso reality show alimentado por la banalidad, la vana vanidad de la cual quizás somos víctimas alguna vez en cuando todos los mortales.
El resto del mundo está en el mismo negocio, con el agravante de que son copias de copias en nombre de la originalidad.
Recordemos el pasado concurso de talentos “Viva el Sueño”. Fedro, el participante más elogiado por el jurado, casi nunca criticado, víctima del voto nunca suficiente del sospechoso público, canta muy afinado y llora mientras repite lo que el jurado y el mundo repiten: “su propuesta es original”.
Aparentemente Fedro es rechazado por ser gay. Esta es una verdad conveniente. En el fondo todos saben que ser gay es un negocio de moda, como antiguamente en las cortes de los reyes eran populares los enanos.
Fedro, el candidato a ídolo mexicano canta, se viste y se peina y llora como Adam Lambert, el american idol del mismo año. Como Adam, Fedro llegó a la final pero no pudo ser rey, idol o ídolo. Comparten el mismo estilo, la misma opción sexual y posan de víctimas de la sociedad. De hecho suelen serlo. Víctimas de la sociedad y productos del mercado. Las verdaderas víctimas, los discriminados no famosos, son así reivindicados, más que representados, por estas originales copias de copias, producto de productores.
En un mundo en que todos pueden obtener su fama por quince minutos, la ansiedad que produce carecer de ella es democrática y dominante. Razón por la cual esta ansiedad por ser el centro de las miradas del mundo se vuelve una obsesión.
Objetivo fama. Cualquier camino que conduce a ella es válido. Ya no es necesario ser Edison, la Madre Teresa o Michel Foucault para ser famoso. Los verdaderos famosos han demostrado que para la cultura pooph la fama no depende del contenido sino del envase. Ya ni siquiera es necesario recurrir al engaño. El éxito de la cultura de la banalidad es tanto y tan abrumador que cualquier pretensión de algo más allá, algo que quede después del pooph es tomado como un acto ridículo. La repetición en nombre de la originalidad, la esclavitud intelectual y espiritual en nombre de la liberación.
La catástrofe ecológica, las toneladas de basura que cada día arrojamos al cielo y a los mares no es un fenómeno aislado. Ni siquiera es una metáfora. Es parte de la erosión y la producción de desechos que la cultura resultante e imperante arroja cada día sobre la humanidad como si se tratase del mejor abono. Porque nada es casual ni gratuito. Todo tiene un precio. Δ

Jorge Majfud, escritor uruguayo. Profesor en Lincoln University.

 

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