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Editorial Editorial 1.000 millones

1.000 millones

Escrito por Fusión 18 Septiembre 2009
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No es el título de la última película de Spielberg, aunque el tema daría para hacer la película más inhumana y dura que se hubiera hecho jamás.
Mil millones es el número de seres humanos que se mueren de hambre en el mundo, según la ONU.
La situación empeoró últimamente debido a la crisis económica y el encarecimiento de los alimentos. Debido a la crisis los gobiernos han reducido sustancialmente sus aportaciones al Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas.
Pero tal vez lo más incomprensible de la situación es que con sólo el uno por ciento del dinero que los gobiernos han inyectado a los bancos para salvar el sistema financiero, se podría resolver buena parte del hambre en el mundo.
Y todo ello nos deja ante una pregunta que se contesta por sí sola. ¿Es humano el ser humano? La respuesta es tristemente evidente.
Pero no sólo no existe humanidad, sino que tal comportamiento implica grandes dosis de ignorancia, porque, como ya demostró la historia, abandonar a su suerte a sectores de la humanidad implica fomentar las guerras, las rebeliones, las enfermedades, el terrorismo y el odio generalizado.
Mil millones de personas condenadas a pasar hambre, a una existencia deprimente, es un lujo demasiado caro que no se puede permitir el resto de la humanidad. Sobre todo cuando el resto vive derrochando sus recursos y abusando de lo que la tierra generosamente nos da.
No existe una conciencia global, en la que se contemple a la tierra como un barco que navega por el cosmos y en la que todos somos pasajeros con un billete con fecha de caducidad.
El materialismo sin control, las políticas de consumismo desbocado y la soberbia y afán de riqueza, que son las bases de los ciudadanos del denominado primer mundo, crean un desequilibrio que, lógicamente, alguien, en alguna parte, tiene que pagar.
El planeta es un todo, coherente y armónico. La desarmonía y la falta de coherencia son obra de los seres humanos. El amor, entendiendo como tal la conciencia de los demás, el hecho de pensar en los demás y de comprender que sólo irá todo bien si todos estamos bien, es algo que nunca ha fructificado en las mentes de los hombres.
El deseo de poseer más y más, la necesidad de dominar, de conseguir poder, ha abierto una profunda sima en la humanidad, una sima que separa a los aparentemente ricos de los pobres.
El dato facilitado por la ONU, acerca de los mil millones de seres humanos que pasan hambre, no va a remover las conciencias del resto, porque se está demasiado preocupado por una crisis que precisamente debería ser un aviso serio y el principio de un cambio de conducta en la forma de entender y gestionar la economía mundial.
Es mucho peor, a la larga, que hayamos alcanzado la vergonzosa cifra de mil millones de hambrientos, que la quiebra de algunas grandes instituciones financieras del mundo. Porque estas han quebrado por la avaricia de sus gestores, mientras que los mil millones existen por abandono y falta de conciencia global del resto de la humanidad.
Y esto se agrava cuando estamos ante un gran examen colectivo de consecuencias aún inimaginables. Porque son muchas las voces, también científicas, que miran hacia los próximos años como si de la reválida de esta humanidad se tratara.
Acontecimientos puramente físicos, que pueden afectar gravemente a la vida en la tierra, se cogen de la mano de otros que tienen que ver con un cambio dimensional, con un impulso que afectará a las conciencias, a las mentes, a las vidas, en suma, que conforman la especie humana.
Pero el ser humano sigue ciego y sordo, empeñado en una loca y absurda carrera hacia su autodestrucción. Y cuando se actúa así, el egoísmo se multiplica, el sálvese quien pueda se multiplica y la ceguera también se multiplica.
Miremos hacia esos mil millones de seres humanos, que no saben si hoy van a poder comer algo, que ven como sus hijos se mueren de hambre, que contemplan el primer mundo sin esperanza, sin entender porqué tiran la comida, porqué desperdician el agua, porqué una persona gasta en un día lo que ellos nunca recibirán en su corta vida, les miramos y como mucho nos producen cierta incomodidad, pero luego les olvidamos diciendo que no podemos hacer nada, que no está en nuestras manos arreglarlo.
Y tal vez sea así de forma directa y en parte, pero sí podemos presionar y exigir a los gobernantes otra conciencia, otra política de ayuda, otra humanidad.
En cualquier caso, de una u otra forma, las consecuencias llegarán hasta nosotros, hasta todos. Todos somos culpables de esta situación, directa o indirectamente, por tanto todos pagaremos por ello.
Y no olvidemos, como sucedió al principio de esta crisis económica, que quien más tiene, quien más atesora, es quien más tiene que perder.
Los otros, los mil millones, ya lo perdieron todo. Esa es su triste ventaja. Δ

 

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