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Arqueología para malditos

Escrito por José Alfonso Romero P.Seguín 13 Agosto 2009
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Es deber de los terroristas vascos y quienes los alientan, alejarse de la tentación de quebrar, en el nombre de sus mitos y leyendas, la vida de otros hombres, para enfrascarse en el noble esfuerzo de cavar hasta más allá de las entrañas de la tierra, en busca de esa fabulosa piragua que, parece ser, encallaron un día en las costas cantábricas ampliando la superficie terrestre de la península Ibérica y sur de Francia en la exacta proporción sobre la que ahora reclaman derecho de propiedad.
Deberían, claro que sí, enfrentar los jóvenes cachorros del nacionalismo ese noble quehacer sin más dilación, poniendo en ello el mismo empeño que ponen en asesinar y mermar cuando no la convivencia y la solidaridad, lo que es aún peor, la vida y la libertad de los demás ciudadanos de España. Y una vez cumplida esa ardua tarea, si no hallan tan portentosa embarcación, reconocer que han vivido engañados y en nombre de esa mentira causado infinito terror y desolación en el corazón de un pueblo inocente de esa mendaz culpa con la que se justifican.
Ahora bien, si resultase fructuosa su búsqueda debería entonces desenterrarla, asearla y calafatearla en la sana y noble idea de regresar a esas lejanas e idílicas tierras de donde un día partieron. Para conocer cuál fue el verdadero motivo que los movió a abandonarlas y venir a arribar en las costas peninsulares.
El desentrañar las causas de su marcha no es para nada insustancial, sino que vendría a resolver sus dudas existenciales respecto a sus orígenes patrios, tradiciones y esa enfermiza inclinación a sentirse expoliados, pues si abandonaron sus tierras por su propia voluntad yEl desentrañar las causas de su marcha no es para nada insustancial, sino que vendría a resolver sus dudas existenciales respecto a sus orígenes patrios, tradiciones y esa enfermiza inclinación a sentirse expoliados. en la búsqueda de otras más ricas y acogedoras que mejor que mostrare agradecidos con las que ahora disfrutan y deseosos de compartirlas con los demás hombres. Y si lo hicieron forzados por alguna suerte de violencia que mejor que regresar y volcar toda esa ira, que ahora descargan sobre seres inocentes de su remota suerte, en vengarse de quienes de verdad les arrebataron sus tierras y violaron su sagrada identidad.
Se revela indispensable para iniciarse en tan higiénica empresa, comenzar por reconocer que en el supuesto de que hubiesen acometido la ingente tarea de trasladar a golpe de remos, tierras y enseres desde allí donde partieron, con su llegada se les privó a los pueblos de Burgos, La Rioja y Navarra de su natural salida al mar, es decir que si alguien expolió fueron ellos, sin que nadie se lo reproche ni aún menos les agreda. Y que si por el contrario no viajó con ellos sino prole y memoria, pensar que han sido sobre estas tierras los primeros inmigrantes, y que si esa condición no les niega ningún derecho entendiendo que todo cuanto construyeron lo hicieron con esfuerzo y tesón, nada se les debería negar a quienes más tarde allí se desplazaron buscando ganar el pan de cada día. Y, qué decir, en el caso haber sido desde siempre sobre la faz de estas tierras, que no les lleve a concluir que no tienen sobre ella más derecho que aquel que asiste a todos los demás habitantes de la península y territorio francés. Derecho que por la misma razón no les es ajeno respeto a los demás territorios y que si algo les niega no es el de propiedad sino el de exclusividad.
Quizá esgriman el argumento del hecho de descubrir atribuyéndole sin sonrojo el derecho de posesión, si así lo hacen con que pétreo rostro se atreven entonces a tildar a otros de imperialistas. Descubrir no define sino supina ignorancia y no aporta sino conocimiento.
Esta fabulación, no menos descabellada que muchas de las que ellos proponen sin sonrojo para animar a sus hijos en una empresa criminal en extremo, no busca sino alentarlos a reflexionar sobre la verdadera consistencia de sus desvelos raciales y los dudosos privilegios que ellos les confieren. Y para que dejen de indagar en la sangre de esos inocentes a los que les quitan la vida porque no habita en ella ni una brizna de eso que proclaman les ha sido arrebatado. Y si no les mueve, como así es, otro afán que el de deshacerse de los pobres, que lo digan abiertamente para que sepan los que han muerto, los que van morir y sus familiares, y hasta quienes los asesinan que al perverso acto se suma para mayor horror y vergüenza, la mezquina intención del mismo.
Sirva este ejercicio, según medida, para todos aquellos que a lo largo y ancho de la Península reclaman integración a través de la disgregación territorial y política de España en el beneficio de la infame taifa. Porque nada aporta al hombre romper los puentes construidos, nada que no sea sumirse en ese eterno retorno que profetizó Nietzsche, y que nos ha de llevar a tiempos de supremo egoísmo, insolidaridad sin límites, despiadadas disputas y sangrientas guerras. Ese parece ser hoy por hoy nuestro verdadero origen y postrera identidad. Δ

 

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