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Opinión Opinión Pensamiento propio, objetividad y libertad de expresión

Pensamiento propio, objetividad y libertad de expresión

Escrito por Mariano Estrada 06 Agosto 2009
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En principio, la objetividad (entendida como modo de ver las cosas con distanciamiento) debería relacionarse solamente con el criterio o el parecer de cada uno, pero tal como está el patio de revuelto se relaciona también, y mucho, con la libertad de expresión, siendo éste precisamente el aspecto que más nos interesa.
Se entiende por tanto que la objetividad es algo distinto de lo que llamamos pensamiento propio, libre e independiente, aunque ocasionalmente coincida con él; lo que ocurre es que las relaciones entre ambos son tan obvias que a veces pudieran llegarse a confundir. De ahí que pueda hablarse de grados de objetividad e incluso de pensamiento objetivo.
Por otra parte, en el presente rabioso y embarullado que nos ha tocado vivir, cualquier tipo de reflexión sobre la sociedad es harto compleja, sobre todo si se tiene la pretensión de ser objetivo ¿Se puede ser objetivo? Ésta es una pregunta sobre la que, sin intención de agotarla, vamos a extendernos también en estas líneas.
Pues bien, yo creo que se puede ser objetivo en la medida en que no te deslumbren los flases de las opiniones establecidas, que a menudo obedecen al interés, ni te cieguen tus propios prejuicios o tus propias pasiones. O sea, que la objetividad requiere voluntad, clarividencia y desapego. Pero hay que saber de entrada que, por el sólo hecho de intentar ser objetivo, te pueden dar de baja en la existencia (hablando metafóricamente, claro está), salvo a los meros efectos personales y familiares, y en el caso de estos últimos aún tengo mis dudas. Es decir, te apartan, te obvian, te arrinconan, te ningunean. No cuentas nada para ellos ¿Para ellos? ¿Quiénes son ellos? Pues ellos son el poder, el dinero, los que tienen la sartén por el mango y los que esperan tenerla, los políticos en sus muchas categorías, los instalados en la bicoca y el privilegio y, en general, las diversas combinaciones que se pueden hacer con estos mimbres. Ya puedes gritar, que serás un grito en el aire. Ya puedes quejarte, que no tendrás a quién, ni dónde. Ya puedes ser un genio, que nadie va a descubrirte para que deslumbres al mundo. La objetividad no les interesa lo más mínimo, lo único que quieren es la adhesión monda y lironda ¿Sabes lo que ello significa? “Sí, buana”. Pues eso.
En el ámbito del periodismo, lo que acabo de exponer tiene un nombre: “la voz de su amo”. Pero ocurre otro tanto en el sector empresarial y, sobre todo, claro, en el político. Por ejemplo, hay razones de estado que, con toda su importancia y pomposidad, se atropellan por meros intereses partidistas o electorales. Hay mentiras tan grandes como ruedas de molino que se maquinan y se escupen contra alguien a sabiendas no del daño que causan, que con eso ya se cuenta, sino de que todo el mundo sabe que, efectivamente, son grandes mentiras. Las llamo grandes mentiras por diferenciarlas de aquéllas que siempre se han llamado mentiras piadosas.Yo aspiro a seguir pensando por mi cuenta (dentro de lo posible, claro, porque el marketing y las trampas están a la orden del día) y a tratar de ser objetivo en mis opiniones, así como a defender que otros puedan hacer exactamente lo mismo Mentiras como catedrales que, de tanto repetirlas, llegan a pasar por verdad en ciertos casos y en amplios segmentos de la población. Hay perjurios como la copa de un pino. Hay negaciones de la evidencia que sonrojan. La consigna es clara: “al enemigo, ni agua”. Porque, desgraciadamente, hemos pasado a ser enemigos donde debiéramos ser meramente adversarios. Y aún enemigos a muerte.
En estas condiciones ¿cómo reconocerle al otro no ya las virtudes, sino los aciertos, lo cual sería un alarde de objetividad? Más aún, ¿cómo reconocerle la posibilidad de acertar? ¿Cómo establecer unos cauces de entendimiento, o al menos unos parámetros de colaboración? ¿Cómo, si el que naufraga prefiere hundir el barco con todos los enseres antes que cogerse a la tabla de salvación del enemigo, que debiera ser tan sólo contrincante y hermano? Y esto es así hasta el punto de que a menudo se afirma lo que al mismo tiempo se niega. Basta con que haya por medio unos cuantos kilómetros, a veces bien pocos (Véase el comportamiento de un partido político en sus diversas circunscripciones cuando hay intereses regionales encontrados, por ejemplo).
En fin, volvamos al contenido de la pregunta ¿Se puede ser objetivo? ¿Se puede, al menos, tratar de ser objetivo? ¿Verdad que dan tentaciones de decir rotundamente que no? Pues sí, dan muchas tentaciones, pero yo creo que se puede intentar ser objetivo, a pesar de todo. Se puede hacer el bien sin mirar a quién, se puede decir “sí” o “no”, o “depende”, sin mirar las consecuencias a las que anteriormente nos referíamos. Se puede decir, “sí, pero...” o “ no, aunque...” Es decir, se puede matizar para que no sea todo blanco, si no es todo blanco, ni sea todo negro si no es todo negro. Se puede decir: “yo creo que tienes razón en esto, pero desbarras en lo otro”. O también: “yo creo que no tienes razón y que mientes como un cosaco” (Por cierto, ¿alguien ha comprobado si los cosacos mienten tanto como se dice?) Sí, yo creo que se puede estar a las duras y a las maduras, e incluso se puede estar sólo a las duras hasta que éstas sean huesos o piedras y no se puedan tragar.
Frente a las opiniones establecidas, se puede tener una opinión propia, desde luego, aunque sólo se la puedas comunicar a tu familia y a tus allegados. (El que ésta sea objetiva ya depende sólo de ti, como se ha dicho anteriormente). Se puede, digo, porque la libertad está a nuestro alcance para usarla. Por encima de los intereses y las conveniencias. Por encima de los contubernios. Por encima de tu misma comodidad. Por encima de todos los que van a tratarte como si fueras un apestado, que lo harán con toda la saña del mundo. Para decirlo de una vez, se puede tener una opinión propia y manifestarla públicamente por encima de todos los “encimas” del mundo. Otra cosa es disponer de los adecuados altavoces para su difusión.
Naturalmente, hablo de la libertad de pensamiento y del derecho que tenemos a expresarla por medio de la palabra, bien oral o escrita; de donde se colige que hablo de la libertad de expresión en la sociedad occidental y, por lo tanto, en el juego de los “encimas” que acabo de exponer no está contemplada la pena de muerte. Salvando la metáfora del principio, nadie te mata ya (o todavía) por expresar públicamente tus pensamientos, aunque éstos sean tan objetivos que incomoden a tirios y a troyanos, a montescos y a capuletos, a republicanos y a monárquicos, a progresistas y a conservadores. Nadie te mata actualmente por tratar de ser objetivo, pero todo el mundo sabe los calvarios de Galileo por empeñarse en afirmar algo tan objetivo como que la tierra no era el centro del mundo. Son muchos los que han tenido que sufrir antes de ahora no ya por decir lo que buenamente creían o pensaban, sino por tratar de expresarse con objetividad, cayera quien cayera, ya que han tenido que enfrentarse no sólo a los extraños, sino también a los propios. Son muchos los que se la han jugado cuando realmente ha habido peligro en jugársela, como para que ahora tengamos que callar nuestra opinión porque así le interese al capital, a la política o a la ideología, ya sea en nombre de la izquierda, de la derecha o del obsceno eclecticismo del dinero.
Yo aspiro a seguir pensando por mi cuenta (dentro de lo posible, claro, porque el marketing y las trampas están a la orden del día) y a tratar de ser objetivo en mis opiniones, así como a defender que otros puedan hacer exactamente lo mismo. Y, por supuesto, animo a todo el mundo a que no permitan que otros piensen totalmente por ellos. Y a que traten de ser objetivos. Hay momentos, además, en que es necesario serlo, aunque haya que decir que no a muchas gentes o cosas: a un hijo, a un amigo, a una posición, a un halago, a una empresa, a un negocio y, desde luego, al partido con el que se simpatiza o al que se pertenece. A pesar de que ello signifique tener que reducir las visitas al restaurante.
Pongamos como ejemplo el 11-M: en aquellos crudos momentos, lo que yo percibí del poder y de los partidos políticos, tal vez como muchos ciudadanos, fue lo siguiente: el Gobierno y el PP querían a toda costa que la autoría de los atentados recayera sobre ETA, mientras el PSOE y resto de los partidos querían a toda costa que recayera sobre Al Qaeda. Unos y otros (más acobardado el PP, más envalentonados el PSOE y el resto de los partidos) trataron de crear opinión (de hecho la crearon, y muy ciega, por cierto), pero es evidente que sus manifestaciones eran deseos que se correspondían exactamente con sus intereses. La que acabo de expresar, en cambio, creo que es una opinión objetiva. Δ

 

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