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Editorial Editorial Indecencia

Indecencia

Escrito por Fusión 17 Abril 2009
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Si hay una palabra que pueda resumir y sintetizar el momento político, económico y religioso que vivimos, esa es indecencia, porque la indecencia está asociada a lo vergonzoso y juntas constituyen lo que no debe ser consentido, lo que deshonra a quien lo hace y a quien lo tolera.
Y es indecente lo que está sucediendo en el mundillo político, porque día a día contemplamos cómo brotan los corruptos en nuestra geografía, como si de una competición se tratara, como si hubiera un premio, una distinción honorífica para el más corrupto.
Pero es más indecente aún que se trate de tapar la indecencia, que se eche tierra sobre los corruptos, que se contraataque acusando a la justicia, a la prensa y a todo aquel que presente pruebas evidentes contra la corrupción.
Algunos políticos se han convertido en sanguijuelas aferradas al poder, sacando todo el jugo posible a su situación de privilegio y no importándoles la imagen, las consecuencias ni la legalidad de sus actos.
La democracia está podrida porque se ha permitido que individuos, a los que les traen sin cuidado las reglas democráticas, campeen a sus anchas por la geografía española ocupando posiciones políticas de gran responsabilidad y, por cierto, muy bien pagadas por todos los españoles.
Pero es evidente que interesa más acceder al poder que limpiar la basura de los partidos, que ser honestos, limpios y transparentes ante los ciudadanos, que colaborar con la justicia para que ésta ponga a cada uno en su sitio.
Además, el poder político se alía con el económico para montar sus bacanales.
Juntos se reparten el pastel, juntos se forran a costa del Estado, por una parte, y de los ciudadanos por otra. Y lo hacen con tal desvergüenza que da la impresión de que todo les da igual, incluso pasarse unos años a la sombra, porque cuando salgan tendrán asegurada su vida, la de sus hijos y la de sus nietos.
El mundo entero sufre una crisis galopante y los responsables disfrutan de su fortuna retirados en sus palacios, ajenos a todo y a todos, esperando que las aguas vuelvan a su cauce para volver a hacer de lo suyo, que es el ejercicio de la indecencia con el visto bueno de los que gobiernan el mundo, sus cómplices, sus avalistas.
Los banqueros reciben ayudas millonarias del dinero público y se quedan con él, en vez de moverlo entre los que sufren la crisis que ellos originaron. Pero no pasa nada, nadie toma medidas, nadie les impone por ley y justicia que hagan circular un dinero que se les dio para eso. Es incomprensible. Es una vergüenza.
¿Quién gobierna en el mundo? ¿Quién tiene más poder?
La realidad es que los poderes compiten, se echan un pulso permanente, se temen y se tantean. Pero, si vivimos en una democracia, ¿a quién le dio el poder los ciudadanos?
Sí, a los políticos, pero los políticos están en guerra entre ellos precisamente por ese poder. Sólo les interesa el poder, porque desde él se pueden hacer cosas que sin él serían imposibles, porque sólo se puede ser corrupto si se maneja poder, y el ejercicio de la corrupción es más atractivo que el correcto uso del poder a favor de los ciudadanos, del país, de la democracia.
Seamos realistas, un político honesto será reconocido cuando se muera. Un político corrupto, si además es inteligente, es más famoso en vida que después de muerto.
Para algunos, demasiados, la elección es sencilla, ya lo estamos viendo en estos tiempos que corren.
Lo indecente tiene glamour, como se dice ahora. Ser honesto es antiguo, aburrido y soso. Los que más salen en los medios de comunicación son los indecentes.
Y los ciudadanos, el pueblo, son los que votan, los que dan las audiencias, los que callan y otorgan, los que tragan y consienten, porque, en el fondo, suspiran por ser al menos un pelín indecentes, por poder entrar en el ranking de la indecencia, por ser famosos, porque la fama, sea como sea, es lo que cuenta en una sociedad donde el desconocido no cuenta para nada.
No hay más que ver esos programas que proliferan en las teles donde el objetivo único es hacerse famoso a costa de lo que sea. Da igual el precio a pagar. Vale todo.
Por ello, vivimos en una sociedad que está enferma de indecencia, una enfermedad que resulta atractiva a la mayoría, porque la honradez es algo vulgar y pasa desapercibida.
Pero no tenemos de que preocuparnos, porque ahí está la Iglesia para curarnos de la indecencia. Eso sí, primero tendrá que curarse a sí misma, porque la realidad es que está en fase terminal.
Ante el contubernio político-económico que nos apabulla, la Iglesia no se resigna a perder terreno, a quedarse atrás. Pero sus métodos, sus recetas, son las mismas de siempre, o sea, las que nunca funcionaron y que ellos tampoco practican.
Y no deja de ser curioso que mientras los ciudadanos están jodidos por la indecencia de políticos y banqueros, la Iglesia esté “preocupada” por agobiarlos con su moralidad.
La indecencia de la Iglesia es de carácter moral, político y económico. Todo a la vez.
Aunque se agarran al terreno de la moralidad porque es el único que les queda libre, los otros están ocupados ya. Pero, al igual que los otros poderes, la Iglesia también oculta su indecencia.
Los políticos protegen a sus corruptos y los obispos a sus curas con voto de castidad.
Nadie quiere apostar por la decencia, sencillamente porque saben que la decencia no cotiza en bolsa, no da dividendos.
Los decentes abandonan la política o son desplazados por sus mismos “compañeros”.
Los decentes abandonan la Iglesia o son castigados por no obedecer al Vaticano.
Entre los banqueros ni siquiera existen los decentes. Menos problemas.
Y los ciudadanos miran a todo ello con envidia y respeto. A muchos les gustaría participar del banquete de los poderosos, sentarse a su mesa.
A muchos les sigue pareciendo que los políticos lo arreglarán todo, y por eso les apoyan y les respetan.
Muchos se aferran a la esperanza de que el “dios” de Benedicto XVI nos devuelva al paraíso de donde nos echó la serpiente con engaños y falsas promesas, dicen.
Y la mayoría ya no cree en nada ni espera nada de nadie. Se ha desengañado, se ha cansado de esperar, y eso es peligroso.
Los políticos, los banqueros y los obispos no cuentan con que la indecencia no puede, nunca pudo, contra la desesperación de los pueblos, contra la saturación provocada por el hambre, por la injusticia, por la mentira, por el abuso de poder, por la impotencia ante la continua y permanente corrupción.
Por ello los pueblos se están empezando a levantar. Se acabó la esperanza, y también la confianza y la resignación. Fueron víctimas de la alianza entre los poderes.
Ahora toca esgrimir el poder del pueblo, el único auténtico, aquel del que se alimentan los otros indecentes.
El sistema se ha roto, se ha devorado a sí mismo. El juego ha terminado, ya nada va a ser igual.
Pero el mundo y lo que en él hay nos pertenece a todos, no a unos pocos indecentes.
Debemos luchar por expulsar la indecencia de él. Debemos gritar y exigir justicia. Debemos unir voces y fuerzas para que nada vuelva a ser como era, para no volver a lo mismo, a lo que provocó lo que ahora pasa, a dejar en manos de los indecentes el control del poder y de la libertad.
La indecencia tiene nombres propios, y tiene quien la proteja. Se ha convertido en la dueña del mundo, pero no hay por qué vivir así, tenemos derecho a otra cosa, queremos otra cosa.
Y tenemos el arma más poderosa, el voto.
Quieren, necesitan, nuestro voto y nuestro silencio para seguir viviendo en la indecencia.
Démosles nuestras voces, y si las tienen en cuenta, entonces les daremos nuestro voto.
Sin él no son nada.
¿Y qué sería de los banqueros sin nuestro dinero en sus bancos? ¿Y qué sería de los obispos si todos acabáramos de comprender que el Dios de Jesús no tiene nada que ver con su “dios”?
Nada va a cambiar si los ciudadanos callan y otorgan. Sólo se trata de hacer uso de nuestros derechos como ciudadanos del mundo.
Merece la pena pensar en ello. Δ

 

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