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Editorial Editorial ¿Hay alguien ahí...?

¿Hay alguien ahí...?

Escrito por Fusión 20 Febrero 2009
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Políticos corruptos. Banqueros egoístas y avariciosos. Empresarios que sólo se interesan por sus beneficios. Mafias que lo controlan todo. Jueces que se olvidaron del sentido profundo de la justicia. Señores de la Guerra que necesitan alimentarse de la sangre y el dolor de los pueblos masacrados.
Ciudadanos que sólo aspiran a ese estúpido concepto de “vivir mejor”, sin pararse a pensar que no se trata de eso, sino de darle un sentido a la vida, de llenarla de autenticidad. Conformistas que aceptan lo que les den, o sea, las sobras de los banquetes de los poderosos.
Hipócritas vestidos de púrpura que se autodenominan representantes de Dios, cuando en realidad son los mismos que mataron al Hijo de Dios y que lo volverían a hacer mil veces si volviera a poner en peligro su efímero poder, su egoísmo, su posición de dominio sobre las mentes de los hombres, a quienes han engañado con falsas promesas eternas, con manipulaciones intencionadas de la verdad espiritual, del auténtico sentido del amor, de lo que en realidad es la fraternidad humana.
¿Dónde están los auténticos hombres, los de mirada limpia, los de palabra justa, los de honor y dignidad?
¿Dónde están las mujeres luchadoras, las madres de la humanidad, las que defienden a sus hijos con fuerza y orgullo, las que no se venden por un sitio en la élite, las que consideran su cuerpo sagrado?
¿En qué se ha convertido la preciosa aventura del vivir, bajo cuántas capas de basura se han enterrado, qué precio se ha pagado por cambiar la belleza de la vida por el hedor de la muerte?
¿Hacia dónde nos conduce esta absurda carrera sin sentido, sin mente, basada solamente en el “sálvese quien pueda”?
Se han enterrado los valores que hacían a los hombres dignos, valientes, orgullosos de sus linajes. Se ha sustituido lo profundo por lo superficial, lo eterno por lo efímero, la palabra llena de contenido por las voces y los ruidos carentes de sentido y de armonía.
En lo más alto, donde antaño los ancianos más sabios dirigían los destinos de sus pueblos, ahora se han instalado los ignorantes más ambiciosos, los sin escrúpulos, los “dioses” de barro que además son vitoreados por las masas aborregadas que no son capaces de ver en qué han convertido el mundo, su mundo y sus vidas. Se apoya y se idolatra a los que luego roban la vida.
Se han levantado tantos falsos dioses que ya empiezan las masas a plantearse si es cierto que existe el verdadero Dios. Pero es algo así como si de tanto vivir bajo nubes se empieza a dudar de que exista el sol.
Se destruye la naturaleza como si fuera algo que nos pertenece y sobre la que pudiéramos decidir. Se está tan borracho de prepotencia y falso poder que la humanidad se ha olvidado de que existen poderes tan inmensos entre nosotros, sobre nosotros y debajo de nosotros, que en un segundo podríamos desaparecer todos de la faz de la tierra.
Pero la locura que se ha creado, la falsa interpretación de la vida, no deja tiempo para reflexionar, para mirar atrás y ver lo que se ha perdido en el camino, lo que nunca ya se recuperará. Porque hemos agotado las posibilidades de retorno. Hemos quemado las naves, tirado las provisiones por la borda y nos hemos abandonado a la estupidez de la disputa sin sentido, en la que caen todos los que no tienen nada nuevo que ofrecer, en la que caen los pueblos antes de su definitiva destrucción.
¿De qué nos sirve la historia? ¿Qué hemos aprendido de los griegos, de los romanos, de los persas, de todos los imperios que han seguido siempre las mismas pautas y vivido el mismo final? ¿Qué hemos aprendido, más recientemente, del nazismo...?
Ahora vemos cómo sus víctimas se toman la revancha y se convierten en verdugos, igual de fríos e inhumanos, de otros inferiores e indefensos. Y, como entonces, el mundo calla. La Iglesia calla. Todos callan. ¿Qué nos queda de humanidad, de integridad, de moralidad?
¿Queremos sobrevivir...? ¿Tenemos un futuro...? Así no. Y lo sabemos.
Pero no hay reacción. Nadie se rebela contra el destino que hemos forjado a golpe de egoísmo, avaricia y ansia de poder.
Algunas voces suenan, pero el ruido de la destrucción es ya tan fuerte que ahoga su advertencia. Además, ya no se escucha. Se ha olvidado la importancia de escuchar.
Cada día que pasa las mentes humanas están más deterioradas. Las enfermedades mentales se disparan. Los suicidios se disparan.
¿Pesimismo? ¿Negatividad? No. Realismo. Porque la visión clara y fría de la realidad es lo único sobre lo que se puede reconstruir la vida, la sociedad, el mundo.
La mayoría prefiere evadirse de la realidad, intentar sortearla, esquivarla, no mirar hacia ella. Pero eso, además de ser de cobardes es estúpido, porque la realidad vuelve una y otra vez a llamar a la puerta y a golpear con toda su crudeza.
Sólo nos queda la realidad, para mirarla de frente, para trazar el camino de recuperación de lo auténtico, para recuperar la humildad, el sentido común, la sencillez y la consciencia de que somos grupo, rebaño, manada, o lo que sea, pero todos vamos en el mismo barco y todos dependemos de todos. Eso ya lo deberíamos haber aprendido.
Cualquier conducta o comportamiento contrario a esa verdad, define a una humanidad infantil, absurda, egoísta, ignorante y suicida. Y eso es lo que hay, sólo eso.
Y los que ya han comprendido lo que tenemos que hacer son tal minoría que su voz apenas se oye. Además, no interesa hacerlo, porque hacerlo implica sacrificio, renuncia, autocrítica y mucha dosis de humildad.
Estamos ante el gran examen. El examen por siempre anunciado.
Ya lo dijo el Maestro...”Quien tenga ojos que vea y quien tenga oídos que oiga”. Pero a eso habría que añadirle... “Y quien tenga valor que actúe en consecuencia”. Porque las buenas intenciones ya no valen, porque los teóricos ya sobran, porque los prepotentes suenan ridículos.
Ya sólo vale hacer lo que hay que hacer. Y todos, en el fondo de su corazón, saben lo que hay que hacer. Ya todo el mundo lo sabe. Ya todo el mundo distingue entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo que no lo es, entre el amor y el egoísmo.
Por eso estamos en pleno examen, porque el curso se acabó, las clases finalizaron. Ahora toca poner nota, y la vida misma se encargará de ello.
Y todos, todos, seremos examinados. Ya lo estamos siendo.
La asignatura es el Amor. Nadie podrá decir que no lo sabía. Nadie. Δ

 

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