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Editorial Editorial Niños jugando con fuego

Niños jugando con fuego

Escrito por Fusión 23 Enero 2009
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Tal vez una de las cosas que más sorprenda del comportamiento humano, es su falta de madurez, su infantilismo.
Y es sobre todo cuando las cosas se complican, cuando las circunstancias de la vida se tornan difíciles, cuando más aflora esa inmadurez, que se manifiesta a través de actitudes, de expresiones, de decisiones y, sobre todo, de lamentaciones carentes del más elemental sentido común y de la lógica más absoluta.
Por alguna extraña y poderosa razón, que posiblemente tenga que ver con el efecto de las religiones sobre la humanidad, el ser humano basa su existencia en la búsqueda de la felicidad, y para ello se apoya en “valores” tan volátiles como la esperanza, la fe, la ilusión, etc.
Es tan fuerte la dependencia de tales “valores”, que si por alguna razón se vienen  abajo, se derrumba todo el edificio, entendiendo como tal al individuo, al grupo o, incluso, a toda una nación.
A todo ello hay que sumar los millones de personas que se agarran al “clavo ardiendo” que supone el contar con que hay “alguien” ahí, alguien a quien se le puede llamar Dios o lo que sea, pero  cuya creencia conlleva la errónea actitud de dejarse, de abandonarse en sus manos, esperando que solucione nuestros problemas y que atienda nuestras súplicas y necesidades.
Tal comportamiento, mayoritario en el mundo, es un claro signo de inmadurez, de infantilismo. Es la actitud que tienen los niños respecto a la existencia de unos padres que los cuidan y protegen.
Pero, en el caso de la humanidad, y muchas veces también en el de los niños, es evidente que no es así, que no funciona, y no porque no exista “alguien” ahí afuera, sino porque en caso de existir lo lógico sería que su mayor deseo fuera que de una vez por todas sus hijos maduraran.
Pero no vamos ahora, aunque esté de moda, a profundizar en la existencia o no de Dios. Lo que se trata es de mirar, de ver, con otros ojos,  la realidad de la vida, y de comprender, de una vez por todas, que los males que nos acosan, que nos rodean y amenazan con destruirnos, son una consecuencia del comportamiento humano. Y si el hombre los creó, que el hombre los solucione.
Es evidente, incluso para el más escéptico, que el mundo está cambiando a toda velocidad.
Es evidente, y son muchas las voces que ya lo afirman, que el sistema de vida que la humanidad creó ya no vale. Es evidente que estamos inmersos, a nivel planetario, en un gran cambio.
Pero este cambio tiene dos vertientes. Una, la promovida por causas naturales que tienen que ver con los movimientos cíclicos del planeta y del sistema solar. Otra, la provocada por la actitud del ser humano. Ambas coinciden y se complementan, y al hacerlo multiplican sus efectos sobre la humanidad.
Pero tal situación exige una madurez al ser humano como nunca hasta ahora la tuvo, porque, a lo mejor, en todo ello también existe un componente extra que tiene que ver con un paso evolutivo que tiene que dar la humanidad.
Si la tierra está cambiando, y eso es una realidad, sus habitantes deben hacerlo también. Y para hacerlo con garantías, lo primero es saber en qué consiste dicho cambio, qué nos exige como conjunto, qué es lo que hemos hecho mal hasta ahora y qué implica para cada uno de nosotros.
Confiar en que algún “dios” nos saque del apuro, es infantil. Seguir matándonos entre nosotros mientras el barco se va a pique, es estúpido. Seguir soñando con fantasías derivadas del enriquecimiento como sea, del lujo, del consumismo sin control ni sentido, es estar ciego ante la realidad. Seguir sorprendiéndose ante las manifestaciones, ante las consecuencias del cambio planetario en marcha, tales como los efectos medioambientales, los efectos económicos, los efectos sociales e, incluso, los efectos espirituales que tienen que ver con el creciente abandono de las creencias, es haber vivido en la inopia los últimos veinte o treinta años, cuando tales efectos ya se venían anunciando y eran despreciados por los “expertos” de turno.
Pero lo peor es que todo indica que el ser humano niño, infantil, no quiere dejar de serlo, no quiere madurar.
Se sigue sin querer ver la realidad, se sigue apostando por lo fácil, que es argumentar que todo esto pasará y volverá el tiempo de la abundancia, del aparente y falso bienestar.
Pero esta vez no es así. Este cambio es definitivo y nos exige adaptación, madurez, espíritu de sacrificio y, sobre todo, conciencia de unidad universal, es decir, que el planeta Tierra es de todos y todo lo que hay en él a todos pertenece.
Suena a frase hecha, suena a lo de siempre, suena a imposible. Pero la realidad nos enseña que lo contrario, lo que se hizo hasta ahora, es el motivo de todas las guerras, de todos los males que sufre y sufrirá aún la humanidad.
Existen Leyes inmutables que rigen y regulan al planeta entero y a la humanidad como parte de él. Dichas Leyes están más allá de la creencia o no en ellas, incluso de la ignorancia de ellas, pero sus efectos ya son notorios en el planeta.
Con un poco de suerte podríamos seguir discutiendo durante siglos sobre la existencia o no de Dios, pero lo que no podemos es seguir permitiéndonos el lujo, ni un día más, de seguir ignorándonos o destrozándonos entre nosotros, y mucho menos de seguir dándole la espalda a la Madre Tierra.
La gran hipocresía de adorar a Dios y negar al hombre, ya no se sostiene más por sí sola.
Cambiemos de actitud. Cuidémonos todos, ayudémonos todos, acabemos con las abismales diferencias entre los seres humanos y luego, a lo mejor, sin ni siquiera planteárnoslo, veremos si encontramos o no a Dios.
Los signos de los tiempos, cada vez más evidentes, nos hablan de destrucción y de construcción.
Destrucción de lo que no vale, destrucción de lo que separa, destrucción de lo inútil y de lo levantado sobre la base del egoísmo y de la avaricia.
Construcción de lo nuevo, construcción de nuevos modelos de convivencia, de relación entre los países, entre las razas, entre las culturas. Construcción de un nuevo sistema económico donde prevalezca el equilibrio de los bienes, de la riqueza, de los espacios y su aprovechamiento. Construcción de un sistema universal basado en el respeto a la Tierra, a la naturaleza, a sus vidas y a sus recursos.
No es una utopía, es una necesidad urgente. No es imposible, es posible y sencillo.
Para ello, los ciudadanos del mundo deben buscar líderes auténticos, apoyarles y exigirles que no se desvíen del camino, del objetivo.
Pero, antes, hay que madurar. Los niños tienen que crecer y madurar. Los niños no tienen la proporción de la realidad, de lo útil, de lo auténtico.
Hay que madurar y asumir responsabilidades, porque la responsabilidad es algo que siempre se exige a los demás, que siempre se espera que otros la asuman. Pero todo ser humano, mientras esté vivo, tiene responsabilidad. El hecho de no asumirla anula el derecho a exigirla.
Los tiempos actuales, y los que se avecinan, exigen madurez y responsabilidad, así como grandes
dosis de unidad, de colaboración, y si esto no se hace, sencillamente no habrá más tiempo.
Pero si se hace, y si Dios está ahí, observándonos, seguro que se sentirá muy orgulloso y complacido al ver que sus hijos por fin han madurado y siguen sus consejos.
Mientras tanto, los seres humanos son niños jugando con fuego. Δ

 

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