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Opinión Opinión La jerarquía de la Iglesia Católica está enferma, muy enferma

La jerarquía de la Iglesia Católica está enferma, muy enferma

Escrito por Rosa Vázquez 28 Noviembre 2008
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Tan enferma que se muere y no se da cuenta de que ella misma ha generado su enfermedad alimentándose durante siglos de intolerancia, de odio, de prepotencia, de ejercicio del poder en su propio beneficio, no sólo olvidándose de las enseñanzas que Jesús el Cristo nos dio con su vida sino haciendo todo lo contrario, es decir convirtiéndose en anti-cristos.
El problema en el caso de la Jerarquía católica -que no de los cristianos de a pie- es que no se da cuenta de que su cuerpo, su aliento cuando habla exhala olor a podrido, a rancio, porque por dentro no le queda ni un solo órgano sano. Pero a través de esos ojos enfermos con los que mira la vida y que deforman la realidad cree que son los demás los que no están sanos y desea curarlos alimentándolos como madre de su leche contaminada.
Desde siglos la Jerarquía ha caminado deformando el mensaje evangélico “amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Ha llevado el odio y la destrucción por donde han pasado sus huestes. Ha destruido culturas indígenas llenas de pureza y respeto a la Naturaleza, ha empuñado la cruz para machacar a los infieles y así convertirlos al cristianismo. Ha manipulado las conciencias de los hombres a través del miedo. Inventó la Santa Inquisición -que todavía perdura aunque con otro nombre y de la que formó parte el actual Papa-, para llevar a la hoguera a cualquiera que discrepara o pusiera en evidencia las incongruencias de la doctrina que propugnaba y que iba totalmente en contra de las enseñanzas del Maestro. Ha estado en contra de los “Teólogos de la Liberación”, cristianos que sí han practicado y practican aunque en ello les vaya la vida, las enseñanzas evangélicas situándose al lado de los pobres y mostrándoles la doctrina liberadora que supone reconocer que todos somos hijos del mismo Padre, de un Dios que nos creó a todos y del que somos herederos porque llevamos sus “genes” en nosotros.
Me ha dado que pensar la cristofobia de la que habla el arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, al enjuiciar la sentencia de supresión de los crucifijos en un colegio de Valladolid, y me imaginé a mi madre en el momento de darme a luz, con su cara crispada por el dolor del parto. Si en ese momento le hubieran sacado una foto y la pusieran en el lugar principal de la casa para que no se me olvidara lo que ella sufrió para darme la vida, esa imagen que fue real en un momento determinado, hubiera deformado la alegría que ella sintió al tenerme en sus brazos y lo viva y activa que estuvo durante su vida después del parto.
Ya sé que estas ideas me hubieran llevado a la hoguera en otras épocas pero afortunadamente no vivimos en ellas aunque muchos las echen de menos.
Toda mi vida me ha movido el evangelio para tratar de recorrer el camino que El Maestro nos abrió para llevarnos al Padre, pero hace años que me desprendí de los crucifijos porque me atraía más imaginarlo a El resucitado y viviendo en su Cuerpo de Luz, una vez demostrado con su resurrección que después de la muerte hay una vida nueva.
“Que cada uno coja su cruz y Me siga”. Yo llevo mi cruz dentro en la que estoy muriendo cada día al “hombre viejo para renacer al hombre nuevo”, pero no necesito colgarme ningún crucifijo del cuello ni tenerlo colocado sobre la cama. No se me olvida que El murió por mostrarnos el camino hacia el Padre, pero me alienta el pensar que yo algún día también tendré un cuerpo de luz en el que vivir en otra dimensión. Me espera una morada allí.
Y además vivimos en un país afortunadamente con una Constitución laica, con lo cual la Iglesia debería ya dejar de dar la tabarra todos los días tratando de imponer sus criterios a todos los ciudadanos porque a muchos no nos interesan.
Esa “cristofobia que en definitiva es el odio a sí mismo” según palabras de Antonio Cañizares, tal vez lo sea para él. No creo que exista cristofobia en el pueblo pero sí bastante fobia a los que se arrogan el papel de mostrarnos un camino que, de seguirlo, nos apartaría de Cristo. Δ

Rosa Vázquez
 

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