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El sentido de las grandes palabras

Escrito por Alberto Piris 28 Noviembre 2008
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Las “ventajas” del “libre” mercado se toman como premisa verdadera. Sin embargo, cabría preguntarse primero si esa “libertad” es en sí un valor incontestable cuando hay gente que muere de hambre.
Es preciso tener un exquisito cuidado con los significados de las palabras más frecuentemente utilizadas.
Esto no se refiere al vocabulario técnico utilizado por los especialistas de las distintas materias, complicado para quienes no están iniciados en el asunto. Lo que no quiere decir que éstos no pudieran aportar soluciones, quizá más eficaces que las aportadas por “especialistas” que desprecian lo que no pertenece a su parcela especializada y que ignoran con frecuencia sus repercusiones en otros ámbitos.
Un prestigioso comentarista escribía en un artículo claro y muy recomendable lo siguiente: “El sistema de libre mercado es bueno en tanto en cuanto se someta a una determinada regulación y sus agentes se atengan a un código deontológico estricto”. Las expresiones acuñadas al paso de los años pueden llegar a hacernos creer que sea “libre” un mercado al que se exige que esté regulado y sometido a códigos estrictos. En tal caso, se considera que ese mercado sería “bueno”. Probablemente será bueno, pero ¿dónde queda la presunta libertad que nominalmente le caracteriza? ¿No habría que llamarle de otro modo para que nos entendamos mejor?
A esto se suma el habitual sentido positivo aplicado a la palabra “libertad”, que la hace suscitar adhesiones y elogios sin fin, sin necesidad de apoyarse en más argumentos que el simple significado del vocablo. Pero alguien dijo ya Quizá entenderíamos mejor las crónicas económicas que intentan explicar lo que ocurre y proponen soluciones para mejorar la situación, si cuando en ellas se alude a 'inversores', nosotros leyéramos 'especuladoreshace tiempo: “¿Libertad? ¿Para qué?” Ésta es la cuestión básica: ¿para morirse de hambre en el Sahel?, ¿para cruzar en patera las aguas atlánticas y morir en la aventura?
La realidad de las cosas es compleja y a menudo las palabras no pueden contenerla en toda su plenitud: ni todo lo que es libre resulta bueno de por sí, ni todo lo que está controlado o regulado es siempre reprobable. Esto, aparte del error de aludir sólo al primer valor de la famosa trilogía revolucionaria y olvidar los otros dos, igualdad y fraternidad, tan deseables y necesarios como el primero y sin los que éste pierde toda su relevancia.
Bush afirmó que la actual crisis no ha sido un fracaso del sistema de mercado libre. ¿Qué es para Bush el mercado libre? ¿El que necesita ayudas del Estado en cuanto se huele la quiebra? Sin entrar en más matizaciones, frases como la anterior sólo constituyen un discurso vacío que a nada conduce.
Pero veamos otra afirmación de Bush: “Sería un terrible error permitir que unos pocos meses de crisis socavasen sesenta años de éxito”. ¿Sesenta años de éxito? ¿Para quiénes? Hasta en Estados Unidos ha aumentado la diferencia entre ricos y pobres y se ha deteriorado la situación de estos últimos hasta extremos alarmantes. La palabra ‘éxito’ ¿significa lo mismo para Bush y para millones de sus conciudadanos?
Quizá el éxito de Bush como presidente (con los más bajos índices de popularidad jamás antes conocidos) sea parecido al éxito de esos ciudadanos de Estados Unidos carentes de una sanidad pública fiable, engañados por las hipotecas basura y entontecidos por las vacuas predicaciones del fundamentalismo religioso, aunque estén en el paro y en sus horizontes sólo aparezcan nubarrones.
Tengamos en cuenta que la palabra ‘éxito’, como otras de la panoplia mítica estadounidense (fracaso, perdedor, triunfador, ganador, derrotado...), tiene una carga psicológica de muy alto calado, lo que obliga a utilizarla con cuidado. Cabe recordar que uno de los pocos errores que Bush se ha visto obligado a admitir públicamente ha sido su triunfal declaración de éxito en la guerra de Irak, cuando en mayo del 2003 aterrizó sobre la cubierta del portaaviones Lincoln, a modo de caudillo romano victorioso regresando de la guerra de las Galias, para anunciar un éxito que todavía hoy no se ha alcanzado.
Quizá entenderíamos mejor las crónicas económicas que intentan explicar lo que ocurre y proponen soluciones para mejorar la situación, si cuando en ellas se alude a “inversores”, nosotros leyéramos “especuladores”. Aunque esto sólo sea un pequeño detalle más. De cualquier modo, seguiremos esforzándonos por entender, en el diluvio de información que estos días nos inunda, los verdaderos sentidos de las palabras. Δ

Alberto Piris. General de Artillería en la Reserva. Centro de Colaboraciones Solidarias.

 

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