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Editorial Editorial 'No se trata de matar a Dios, sino de encontrarse con el verdadero Dios'

'No se trata de matar a Dios, sino de encontrarse con el verdadero Dios'

Escrito por Fusión 28 Noviembre 2008
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La creciente e imparable ola de laicismo que se está extendiendo por nuestra sociedad, es la respuesta lógica y previsible, por parte de cada vez más hombres y mujeres, a la imposición de unas creencias, de unos valores, impuestos por la iglesia, por las religiones, que son la antítesis a la más pura y elemental concepción de lo que debe ser la vivencia de la espiritualidad y la interpretación de la vida desde la libertad personal, derecho que tenemos todos y cada uno de los seres humanos.
Pero, aunque la necesidad de liberarse de tantos esquemas y cadenas impuestos sea ya imparable, no debería confundirse el hecho de apostatar, de apartarse, de renegar de un sistema corrupto, falso y despreciable, con la decisión de negar categórica y definitivamente la existencia de Dios.
Es mas, la actitud de los que se están apartando de la iglesia y de su falso dios, encierra la confirmación de que existe otra realidad, otra fuerza interior, que no resiste más la falsedad, la hipocresía y la gran impostura de la jerarquía eclesiástica y de su montaje.
Al fin y al cabo, los que apostatan, los que se niegan a seguir avalando tantas mentiras, son, tal vez sin saberlo, los mas fieles seguidores de Jesús, que fue el más claro exponente de la rebelión contra aquellos que ostentaban en su tiempo el poder religioso, el Sanedrín, y que acabó pagando con su vida la defensa de la auténtica verdad, del auténtico Dios.
El se reconoció como Hijo del Padre y eso le llevó a enfrentarse a los corrompidos "representantes" de un falso dios.
Precisamente, todo lo que en el mensaje de Jesús hubo de alusión, de referencia, al auténtico Dios, a Su Padre, al Padre de todos, fue lo más tapado, lo más ignorado por la iglesia, porque es precisamente en ello donde se encierra la clave fundamental para la liberación del ser humano, como es la verdadera esencia de la libertad y de que, como hijos que somos todos del Padre de Jesús, la llevamos viva en nuestro interior.
Sería un grave error que la necesidad de romper con lo falso y con los falsificadores, condujera a la negación de todo, porque esa misma necesidad conlleva precisamente la expresión de la semilla que, como hijos del verdadero Dios, llevamos en nuestro interior.
Y el verdadero Dios es el Padre del que Jesús hablaba, el Padre a quien El seguía, el Padre a quien El amaba y obedecía.
El descubrimiento, por parte de los hombres y mujeres inquietos que ya se están rebelando contra la gran mentira, de la verdadera naturaleza de ese Padre, es el auténtico camino a seguir. Además, también es el único camino, porque podemos negar lo que no somos, pero no lo que somos.
Y sí es cierto que fuimos creados a imagen y semejanza suya. Eso es algo evidente, para quien sepa y quiera interpretarlo, en la historia de la humanidad, porque es algo que siempre estuvo marcado a fuego por hombres y mujeres que lucharon y luchan, que dieron sus vidas por la libertad y también por los demás, por amor.
No podemos escapar a nuestra verdadera identidad, a nuestra condición de hijos de un Dios, pero sí podemos reencontrarnos con esa realidad y darle la espalda a todo lo demás que nos inculcaron por la fuerza, por las amenazas, por el miedo e, incluso, por las torturas y asesinatos.
La historia de la humanidad es la de una especie que siempre fue sometida, torturada y obligada a aceptar unos "mandamientos", unas creencias, que iban y van en contra de su naturaleza y de sus auténticas convicciones.
A la humanidad se le ha robado su libertad en nombre de falsos dioses y por medio de egoístas e insaciables delincuentes ansiosos de poder, enfermos mentales que se autoproclaman representantes de Dios.
Pero el tiempo de todo ello se está acabando ya. Ya es la hora.
Hombres y mujeres, en todas partes, despiertan y exigen otra realidad, reclaman el derecho, su derecho legítimo, a pensar y vivir en libertad. Reniegan de los intermediarios, apostatan de las mentiras, sienten la necesidad de ser libres en pensamiento y acción.
No más amenazas de infiernos, de condenas eternas, de pecados originales, de castigos divinos, de hogueras purificadoras.
No más la tortura de vivir bajo la mirada fría e insensible de un dios que más que amor inspira odio hacia sus supuestos hijos.
Se acabó toda es farsa.
El Padre, el Padre de Jesús no es así. El Padre de Jesús cuida de sus hijos, ama a sus hijos y ve con buenos ojos sus rebeldías, su necesidad de experimentar, de conocerlo todo, de investigar, de probar, de no decir amén a nada porque sí.
El Padre de Jesús es comprensivo porque sabe de qué sustancia están hechos sus hijos y sabe que no pueden luchar contra ella, sí en cambio aprender a controlarla, a manejarla con inteligencia para que les sea útil en su largo camino.
Por tanto, no se trata de "matar a Dios", como algunos titulares resaltan, hecho que, al fin y al cabo, es imposible. Se trata de descubrir al verdadero Dios, Ese del que nos habló Jesús. Y la mejor forma de hacerlo no es siguiendo los consejos de ningún intermediario humano, sino buscándole dentro de cada uno de nosotros, reconociéndole en nuestras necesidades, en nuestros sueños mas elevados y profundos, en nuestros deseos de justicia, de paz y de una auténtica relación entre todos los seres humanos.
Su presencia está por todas partes, porque la impronta de Su creación está viva en la naturaleza que nos rodea, en los elementos y en nuestro código genético.
No se necesita ningún intermediario entre el Dios de Jesús y cada uno de nosotros.
El, Jesús, ya abrió el camino en su momento, sólo hay que entenderlo en su sencillez y seguirlo.
El resto, el derrumbe de lo que está levantado a base de mentiras y egoísmo, mentiras hábilmente tejidas para someter y aprovecharse del hombre, es tan sólo el cumplimiento de lo anunciado, de lo escrito. No debería inquietar, porque es una confirmación de que nada se escapa a la Justicia del Padre y de que Jesús no dio su vida en balde, no derramó su sangre para nada. Ni El ni otros muchos después de El.
Al fin y al cabo, la historia de la iglesia es la historia de la permanente persecución, tortura y asesinato de los que se atrevieron a seguir a Jesús, vivir sus palabras y caminar al encuentro con su Padre, con el verdadero Dios.
No se trata de perder el tiempo intentando "matar a Dios", sino más bien de aprovecharlo para descubrirlo, para reencontrarse con El.
Es verdad que cada uno está construido a Su imagen y semejanza. Sólo tenemos que aprender a usar correctamente sus atributos divinos en nosotros.
Sólo tenemos que ser lo que somos por diseño original y negar lo que nos han hecho creer que somos.
Es fácil, y es lo que el Padre espera de nosotros, de sus hijos.
 

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