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Justicia, por favor, con o sin caso Mari Luz

Escrito por Carolina Fernández 23 Octubre 2008
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Después de que ya ha pasado lo que no tenía que pasar, todas las sanciones parecen escasas. Y seguramente lo son, puesto que son medidas a toro pasado, y no conllevan ninguna solución para prevenir tragedias similares en el futuro.
La sociedad, que quizá no sepa de leyes pero a veces tiene algo de sentido común, no entiende las sanciones que se han puesto a raíz del caso de Mari Luz. La penalización primera al juez ha sido una broma, aunque ahora se proponga otra más seria. El colectivo de jueces, haciendo gala de un corporativismo descarado, se excusa achacando los errores a un sistema imperfecto, que ha hecho de la negligencia, norma. Por otra parte, la penalización a la secretaria, por mala que fuese en su oficio, inevitablemente suena exagerada. Si la responsabilidad de un juzgado cae sobre su secretaria, echémonos a temblar.
Es evidente que estas decisiones no sacian la sed de justicia que lógicamente todos reclaman. Cuando pase la polvareda las cosas seguirán como estaban. Ni más ni menos. Nadie está poniendo sobre la mesa la necesidad de darle una vuelta completa al poder judicial y a todo el sistema burocrático y administrativo que lo rodea. Nadie con competencias ha hecho propuestas para reorganizarlo, hacerlo efectivo y capaz de recuperar la confianza de los ciudadanos.
El caso es que una vez que el mal está hecho, las sanciones correspondientes, sin que falten, deberían quedar en un segundo plano, porque lo que toca es analizar las causas y poner los remedios para que algo así no tenga posibilidad de suceder más. ¿Hay alguien que esté haciendo eso? La respuesta es que no, por lo que cuando pase la polvareda las cosas seguirán como estaban. Ni más ni menos. Ningún partido está poniendo sobre la mesa la necesidad de darle una vuelta completa al poder judicial y a todo el sistema burocrático y administrativo que lo rodea. Nadie con competencias ha hecho propuestas para reorganizarlo, hacerlo efectivo y capaz de recuperar la confianza de los ciudadanos. La labor es titánica, desde luego, porque habría que empezar por poner en su sitio la cabeza del sistema. No es concebible que el Consejo General del Poder Judicial siga siendo el ring en el que se baten los principales partidos. El supuesto órgano de gobierno de los jueces no puede pretender credibilidad, ni puede constituir uno de los pilares del estado de derecho, cuando está siendo “de facto” un pitorreo constante. Porque esto es el CGPJ para la mayoría de los ciudadanos: una institución avejentada, alejada de la sociedad, envenenada por sus propias disputas internas, más inclinada hacia la política que hacia la justicia en los últimos tiempos, empeñada en disimular las grietas, y, por último, como ha quedado demostrado, enferma de corporativismo.
De ahí hacia abajo, el resto de la judicatura está descabezada, y por tanto es un absoluto desastre. En plena explosión de las comunicaciones, las nuevas tecnologías, etc, los juzgados siguen poco menos que haciendo las copias de los informes con la olivetti y el papel carbón. El nivel de informatización es mínimo. Los archivos, en subcarpetas de colores, según los años. Los avisos, en post-it. Los funcionarios no abarcan. Los jueces cruzan los dedos cuando hay una desgracia del tipo de la que antes hablábamos, para que no sea de su competencia. Cada juzgado es un islote incomunicado. La información no circula. No hay conexión con el resto de las administraciones. Con semejante panorama, lo milagroso es que no haya más desastres.
Así las cosas, no hemos escuchado a ningún partido manifestar la intención de acometer la remodelación integral del sistema judicial español, para que deje de ser un dinosaurio y pueda en algún momento llegar a ser –soñemos-una red moderna, efectiva y ágil. Requerirá tiempo e inversión, pero en algún momento habrá que hacerlo si no queremos seguir siendo una especie de república bananera en la que cualquier cosa puede pasar. Y así será mientras los jueces se tapen unos a otros, mientras los funcionarios sigan apilando expedientes por las esquinas y mientras el sufrido usuario no pueda solucionar con agilidad sus asuntos y tenga que pasar inevitablemente por la engorrosa ración de mostrador, o de ventanilla, para oír el inevitable “vuelva usted mañana”.
Ah, y por favor, que se les recuerde a sus señorías que no son príncipes, ni reyes, ni dioses, ni artistas de cine; que cobran un sueldo del Estado y que la justicia es un servicio público, cuestiones básicas para no perder la perspectiva. El Ministro lo dijo y lleva razón: no son intocables.
Que se pongan las pilas. A ver si dejamos de lamentar desgracias absurdas.
 

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