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Editorial Editorial Tiempos de ajustes

Tiempos de ajustes

Escrito por Fusión 21 Octubre 2008
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Una situación de crisis galopante como la que atravesamos, tiene, como sucede con todo, su parte negativa y su parte positiva.
Algunos dirán que todo es negativo, y eso puede ser porque sufren en sus carnes lo peor de la crisis, pero incluso eso también es relativo, porque no existe ninguna situación, por mala que parezca, que no aporte alguna enseñanza, eso sí, siempre que se quiera ver.
Lo cierto es que esta crisis pone al sistema capitalista, o a la forma como se interpreta y se vive, contra las cuerdas, porque esa estúpida carrera hacia la consecución del máximo poder posible, de la máxima riqueza posible, del máximo bienestar posible, convierte a las personas en zombis, ridículos y patéticos, manejados por los hilos invisibles pero implacables del dinero y de quienes lo manejan, que son los mismos que crean las “necesidades” que sólo se satisfacen con dinero, y luego nos convencen de que son imprescindibles para una mejor calidad de nuestra vida.
Por tanto, esta crisis es, sobre todo, la del ser humano y su verdadera identidad, porque una persona que es esclava del poder, del lujo, de las clases y jerarquías sociales, de su imagen, es en el fondo una pobre víctima de un sistema basado en el cuánto tienes, no en el cuánto vales.
Los valores humanos se cotizan muy por debajo de los “valores” materiales, algo que aún es mas evidente últimamente, con todo el mundo mirando aterrorizado hacia las bolsas. Esta crisis económica es una realidad que camina en paralelo con la del medio ambiente, con la de las especies animales en extinción, con la de los desplazados por las guerras y el cambio climático y con la que vive el ser humano en general, que no sabe ya quién es, de dónde viene ni hacia dónde va.
Los “señores respetables” de esta sociedad son aquellos que manejan esa clase de poder que los demás envidian, sea en el terreno que sea.
Una persona buena y honrada, en todo el sentido de la palabra, para muchos es un “tonto confiado que nunca conseguirá nada en la vida”
Una persona que persigue la paz, el equilibrio interno, la armonía con la naturaleza, la correcta relación con los demás, es generalmente un parásito que no aporta nada al conjunto y que incluso molesta.
Los “señores respetables”, los que han provocado esta crisis, por su avaricia, por su egoísta y despiadada actuación, por el uso que dieron a lo que no era suyo, aunque se hubieran apropiado de ello, son los “dioses” intocables y envidiados por el vulgo, y la mayoría de la gente conoce más de sus “éxitos”, de sus vidas, que de las de sus amigos o familiares. Se les envidia en silencio y, cuando caen, porque siempre acaban cayendo, se alegran por venganza, porque sabían que nunca podrían estar a su nivel, ser como ellos.
Esta crisis nos debe hacer reflexionar sobre nuestra condición de seres humanos, sobre los valores que deben regir nuestras vidas, sobre lo que consideramos importante o no, sobre la dependencia que tenemos de lo estrictamente material, sobre nuestra adicción al dinero y a todo lo que aporta, aunque la historia humana nos enseña que esta aportación es temporal y ficticia.
Hemos creado entre todos un mundo falso, o lo han creado otros y todos le hemos dado el visto bueno. Todo está regido y manipulado por la mentira, por tanto, todo lleva el germen autodestructivo en su interior.
Por el contrario, solo prevalece y prevalecerá lo que es auténtico, puro, limpio, lo que tiene que ver con la verdadera naturaleza del ser humano y sus auténticas necesidades.
Para vivir o sobrevivir no hace falta mucho, pero para satisfacer el egoísmo, la avaricia y el ansia de poder, no hay suficiente dinero, oro y riquezas en todo el planeta.
Esta no es una crisis mas, es el principio del fin de un sistema económico inhumano que, por su importancia, vincula a los demás sistemas y los afecta a todos.
Pero eso es así porque al dinero, la fama y el poder se les cualificó como valores y se les situó en la cumbre de todos ellos. Es más, desplazaron a los demás al trastero donde se guardan las cosas inútiles. Algunos incluso los tiraron a la basura.
Pero no podemos escapar a la realidad de que somos seres humanos, diseñados, creados, para ser seres humanos. Y eso, más tarde o más temprano, se acaba imponiendo, por las buenas o por las malas.
Esta crisis económica es una realidad que camina en paralelo con la del medio ambiente, con la de las especies animales en extinción, con la de los desplazados por las guerras y el cambio climático y con la que vive el ser humano en general, que no sabe ya quién es, de dónde viene ni hacia dónde va.
Esta crisis, y las demás, exigen ajustes, pero ajustes en la forma de pensar, de vivir, de actuar. Exigen recuperar los auténticos valores perdidos, masacrados por la obsesiva búsqueda de un bienestar que no tiene sentido ni identidad propia, que es como un vampiro que nunca se llega a saciar de sangre.
Esta crisis nos puede conducir a ser menos estúpidos y más humanos. A recuperar el valor de lo sencillo, de lo auténtico, y también a vivir mejor, no en base a lo que ganemos o al número de propiedades que tengamos, sino a desprendernos, a renunciar a todo aquello que no vale para nada, a pesar de que nos convencieron de que lo necesitábamos, de que era imprescindible. Y es mentira, no lo es.
Y los reajustes se pueden hacer a regañadientes o inteligentemente, cada uno que decida, pero todos los tendremos que hacer, porque esto que se vive es sólo el principio del derrumbe de un sistema que estaba condenado desde que nació a morir así, con más pena que gloria.
Y si alguien quiere comprobarlo, sólo tiene que mirar a su alrededor y ver cuántas cosas posee que no necesita para nada, aunque se haya convencido de que las necesita.
Todo es una vulgar trampa, salgamos de ella antes de que se cierre la puerta y nos atrape definitivamente.
Es la trampa en la cual el consumismo se erigió como “dios” absoluto de nuestra existencia.
Y lo terrible es que posiblemente muchos ya no puedan salir.
 

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