Economía, confianza y solidaridad.

Escrito por Alberto Moncada 16 Octubre 2008
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Grandes sectores de la economía se basan en la confianza, por ejemplo, respecto al Estado y cuando esa se pierde, sí que las cosas van mal.
Alberto Moncada. Sociólogo.Algunos economistas, sobre todo los monetaristas de la escuela de Milton Friedman, sostienen, aunque cada vez con menos éxito, que la economía es una ciencia dominada por principios objetivos, incluso matemáticos y que basta con seguirlos para que las cosas funcionen bien.
Paralelamente, una cierta antropología ha diseñado el concepto de “homo economicus”, que refleja lo que en fondo somos todos, unos seres egoístas.
Pero la experiencia histórica prueba que las cosas no son siempre así, que nuestro comportamiento es flexible e influenciable, que somos egoístas si el mundo que nos rodea lo es y que gran parte de nuestros intercambios no son egoístas ni mucho menos monetarios. La economía, no podía ser de otra manera, no es matemáticas ni física, depende del comportamiento humano y de los conflictos de intereses humanos.
Durante muchos siglos, antes de que el hombre se asentara con la agricultura y también después, la sustancia de las relaciones humanas fue la cooperación, algo que sigue funcionando en extensos sectores de la vida como la amistad, el parentesco, etc. Con nuestros parientes, con nuestros amigos tenemos relaciones no exactamente económicas o no medibles por el interés y menos por el dinero.
“Las madres son gratuitas”, decía un buen amigo, harto de que su mujer cuidara a sus hijos hasta bien grandes. “La globalización nos está presentando una situación mundial en que la solidaridad es obligatoria”.
Grandes sectores de la economía se basan en la confianza, por ejemplo, respecto al Estado y cuando esa se pierde, sí que las cosas van mal.
Por ejemplo, desde 1972 en que Nixon desenchufó el dólar del oro, hay que fiarse del Estado que fabrica dinero de acuerdo a reglas que nosotros no conocemos bien pero que seguimos todos, en el bien entendido de que si no nos fiásemos del dinero fabricado por el Estado, si no aceptáramos que ese papel es valioso, se produciría un cataclismo.
Algo de eso pasa con los bancos de los que nos tenemos que fiar aunque sabemos que si la mitad de los depositantes de un banco acudiera a recuperar el dinero depositado, el banco quebraría. Los usos bancarios les autorizan a prestar tres veces más de lo que reciben. De modo que la economía es más ficción humana que otra cosa.
Sin confianza, sin solidaridad no puede existir una convivencia que funcione y la pretendida solidez del mercado como solvente gestor de las crisis, ya no se la creen ni los más porfiados neoliberales. En las presentes circunstancias, se nos ha animado incluso a ser solidarios de éstos, de quienes han creado, por su avaricia y su ignorancia, un estado de cosas financiero que está dañando a todos. Y los Estados, se supone que en nuestro nombre y con nuestro dinero, están acudiendo a rescatarlos.
Pues bien, a continuación se hace imprescindible una solidaridad con los perjudicados por el fracaso de la élite financiera, una solidaridad con las victimas de su fracaso.
La globalización nos está presentando una situación mundial en que la solidaridad es obligatoria. La desigualdad, la pobreza y el hambre están destruyendo a un tercio de la población mundial y si las cosas siguen así, la emigración desde el sur pobre se convertirá en una marea irrefrenable y se constituirá un terrorismo de la desesperación mucho más temible que el actual.
Pero las percepciones subjetivas aún son cortas. Tenemos ya datos fiables de que el calentamiento global, la sobreexplotación del planeta nos van a poner a todos, o al menos a nuestros hijos y nietos, en situaciones calamitosas.
De ahí que la solidaridad con nuestros conciudadanos y con nuestros descendientes se esté convirtiendo en inevitable, en forzosa y no solamente en una suma de buenas intenciones de los bien pensantes.
No hay economía que pueda sobrevivir sin confianza y sin solidaridad. Esta crisis financiera es un aviso contundente.

Alberto Moncada. Sociólogo