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Llora por mí Europa

Escrito por Alberto Carlos Polledo Arias 11 Septiembre 2008
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“Quien siembra viento recoge tempestades”, por eso Europa esta recolectando la gran e imparable migración africana.

No sé por qué coño los europeos jugamos a la lotería cuando, casi sin excepción, nada más poner los pies en este mundo ya fuimos agraciados con el premio gordo. El problema es que también, prácticamente desde que alcanzamos el uso de razón, nos comportamos como nuevos ricos, en el sentido más peyorativo de la expresión, porque, qué quieren que les diga, desde la perspectiva que utilizamos en los países desarrollados, y esto último aún está por demostrar, los seres que tuvimos la fortuna de nacer por estos lares, siempre de acuerdo con nuestra ignorancia, somos más altos, guapos, fuertes, inteligentes, cultos, ricos y demás prebendas, sin pensar, ni tan siquiera por una vez en nuestra vida, que gracias al bombo de la fortuna y sin el más mínimo mérito o esfuerzo por nuestra parte, aterrizamos en un lugar que, hoy por hoy, extraña las hambrunas desastrosas o las temible epidemias de sida y malaria, por poner sólo tres ejemplos notables. Vamos, que acertamos con el número de la suerte en el momento preciso porque, al igual que nacimos en París, Londres, Berlín, Madrid, Amsterdan, Galapagar o Bruselas, podíamos haber nacido en Somalia, Níger, Sahara, Palestina o Chad; padecer la tiranía del Mugabe de turno y ser otro dígito despreciable en esa lista interminable de individuos condenados de por vida al túnel de la miseria. “Llora por mí Europa, reino de taifas nacionalistas, insolidarios y aldeanos que aún no saben que La Tierra es el hogar común y todos, sin excepción, somos ciudadanos del mundo. Ante la historia, si permitimos este atropello, seremos culpables por omisión de auxilio”.
Franceses, ingleses, alemanes, belgas, holandeses y portugueses, con el pretexto de acabar con el mercado de esclavos, se repartieron en la Conferencia de Berlín, celebrada en el último tercio del siglo XIX, como si de una tarta dulzona y sin dueño se tratase, gran parte del continente africano. Esquilmaron naciones, masacraron a su población, protegieron la pobreza y el analfabetismo y, antes de despedirse de aquellos territorios, crearon castas de poder, criminales y corruptas, que durante muchos años protegieron sus intereses económicos a cambio de hacerse reyezuelos del terror y del saqueo, además de embajadores de la muerte. A ninguna de aquellas metrópolis le preocupó el futuro de sus colonias ni el destino de sus habitantes que, para ellas, tan sólo eran negros desarrapados sin ningún derecho. Nunca mejor dicho que “quien siembra viento recoge tempestades”, por eso Europa esta recolectando la gran e imparable migración africana.
Y ahora, los gobernantes europeos descendientes de los causantes del genocidio, osan tratar como delincuentes a personas que, con una esperanza de vida muy breve –en la república de Zimbabue hablan de 35 años – y con un patrimonio excepcional de hambre, enfermedades y miseria, se atreven a traspasar nuestras fronteras en busca de un mínimo porvenir. Cuando hartos de sin vivir renunciaron a sus raíces, vendieron sus escasas pertenencias y se jugaron la vida en el viaje, no sabían que en Europa pintaban bastos contra inteligencia, tolerancia y solidaridad. Países que se autodenominan progresistas como Suecia, Dinamarca, Holanda y España, se alinean con otros de corte fascista. Todos bajo el paraguas del Parlamento Europeo, para promover una ley que permita retener a los inmigrantes indocumentados hasta 18 meses. Eso sí, bajo banderas de libertad descoloridas.
Son muchos los que están e ingentes los que llegan. Por eso me gustaría averiguar si el sistema de retención se hará, con deleite hitleriano, en campos de concentración a la antigua usanza, o, por el contrario, en campos de fútbol al más puro estilo pinochetista, antes de embarcarlos en cayucos de papel de una sola dirección: el fondo del mar.
Llora por mí Europa, reino de taifas nacionalistas, insolidarios y aldeanos que aún no saben que La Tierra es el hogar común y todos, sin excepción, somos ciudadanos del mundo. Ante la historia, si permitimos este atropello, seremos culpables por omisión de auxilio.

Alberto Carlos Polledo Arias. Escritor.

 

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