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Editorial Editorial 'El Espíritu de Gaia'

'El Espíritu de Gaia'

Escrito por Fusión 02 Septiembre 2008
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James Lovelock fue el artífice de la conversión de nuestro planeta Tierra en un ser vivo, que siente, que sufre, que respira y que, sobre todo, funciona como un todo que cuida la evolución de sus vidas y las dirige hacia un fin de momento inescrutable.
En realidad, James Lovelock descubrió esa Verdad y tuvo el valor de exponerla y luchar por ella en un entorno científico que primero le sacó las uñas y luego se rindió a la evidencia, aunque no todos lo hicieron.
James Lovelock llamó a la Madre Tierra, “Gaia”, y hoy en día es el símbolo y la bandera de lucha de muchos seres humanos que, como hijos de Gaia, viven comprometidos en la noble tarea de cuidar, recuperar y corresponder a la eterna generosidad de su Madre Tierra.
Pero James Lovelock abrió una puerta de dimensiones impensables, porque lo que hizo fue asegurar y demostrar la lógica relación entre espíritu y materia, y lo hizo no en un hombre, sino en el planeta en el que viven los hombres.
El Espíritu de Gaia es a la Tierra-Planeta como el Espíritu humano es al cuerpo-materia del ser humano.
Podríamos decir que ambos espíritus, el de Gaia y el del hombre, forman parte de un mismo nivel de existencia, de un nivel superior al que conocemos como físico o material.
Gaia, como Entidad consciente, aporta todo lo necesario para que la vida en su seno se desarrolle y evolucione. Ello es evidente en el reino vegetal y en el animal.
Las vidas que forman parte de estos reinos no tienen que preocuparse por lo que van a comer mañana, y mucho menos por otras cuestiones relacionadas con el ocio, el deporte, la política o las vacaciones.
Es más, ellas consideran, en su lógica pura y natural, que todo les pertenece, que todo es suyo. Siguen el programa de Gaia.
El Reino Humano es otra cosa. La diferencia está en la Mente.
La Mente convertirá a la criatura hombre en un Dios Creador, pero antes tiene que aprender a usarla en Unidad.
De momento no es así, y es evidente que sus consecuencias son fatales para el mismo hombre, para los reinos mal llamados inferiores y también para la Madre Gaia.
La Tierra sufre el acoso egoísta, ignorante y destructivo de sus hijos, simplemente porque ambicionan poder, porque son insaciables, porque están ciegos y creen que el poder radica en poseer más y en dominar a todos.
Gaia observa y deja hacer, pero cuando todo llega a un máximo permitido, simplemente deja que sus hermanos, el Fuego, el Aire y el Agua, actúen y vuelvan a poner las cosas en su sitio.
Pueden ser pequeños “toques” localizados o pueden ser grandes lecciones como la desaparición de civilizaciones enteras con todos sus “avances tecnológicos” y sus sueños de poder.
Y así está escrita la historia de esta humanidad. Pero a pesar de todo el ser humano aún no aprendió la lección.
Ahora nos encaminamos hacia otra gran lección. Tal vez la más drástica y definitiva de todas. Tal vez la reválida que marcará un definitivo salto evolutivo hacia otra dimensión.
Gaia se prepara para una gran renovación. Como espíritu que es también evoluciona y su momento ha llegado.
¿Qué pasará con sus hijos, con sus vidas…?
Todos han sido avisados, advertidos. Nadie podrá decir… “Yo no sabía…”.
Tal vez resulte más fácil de comprender todo si tenemos en cuenta que nuestro planeta Tierra forma parte de un Sistema Solar y éste de una Galaxia.
La Galaxia tiene sus leyes y está sujeta a cambios, a movimientos.
Esos cambios afectan al Sistema, a nuestro Sol, y como consecuencia a la Tierra.
La Tierra es un grano de arena en la inmensa playa que es la Galaxia.
Entonces imaginemos lo que es el hombre, el ser humano, en proporción a todo ello. Resulta ridículo visualizar a los que se consideran “poderosos” en el planeta y su influencia en la galaxia o el sistema.
Pero tampoco en Gaia. Ella, como madre amorosa, espera y confía en que abran los ojos. Y si no lo hacen los “castiga” y puede llegar a apartarlos de su proyecto.
Pero sus Leyes son invariables, porque ella también cumple otras leyes superiores que también son invariables, inmutables.
La única criatura que desprecia la Ley, aunque siempre acabe pagando las consecuencias es el hombre. Algún día aprenderá.
Mientras tanto, el Espíritu de Gaia nos compenetra a todos y a todo.
Su evolución está marcada por otros patrones, pero su cambio de ciclo ha llegado.
Quien quiera ver que vea, quien tenga oídos que escuche, quien tenga mente que piense, quien tenga corazón que ame.
Como se dijo en un editorial anterior, el Amor no es una opción, no es un recurso, no es algo para sentirse bien y mucho menos para comerciar o engañar con él.
El Amor es una Ley, inapelable, invariable.
El Amor es Unidad con todas las vidas de Gaia y con ella misma como madre generosa que es.
El Amor, en los tiempos que ya se cumplen, es precisamente la reválida, el examen definitivo.
Y quien pondrá la nota final será Gaia.

 

 

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