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Mente, Cuerpo y Genes. Un triángulo flexible e interdependiente

Escrito por José M. López 20 Agosto 2008
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Si hace relativamente pocos años se creía que nuestros genes y nuestro cerebro eran estructuras rígidas en las que los cambios resultaban difíciles e infrecuentes, ahora, y cada vez más, los investigadores están descubriendo todo lo contrario.

El triángulo mente-cuerpo-genes se revela cada vez más interdependiente, más flexible y con una capacidad de transformación asombrosa. Cada parte depende y a la vez influye en las otras: los genes dominan tanto a la mente y al cuerpo, de la misma manera que mente y cuerpo pueden dominar a los genes. Esta novedosa idea es consecuencia de las más recientes investigaciones sobre el cerebro y sobre nuestro genoma.

Se redefine el concepto de gen

080820-ciencia.jpgEn los pocos años que han pasado desde que se decodificó el genoma, los avances en la comprensión de cómo son y cómo funcionan nuestros genes han sido muy grandes. Definir lo que es un gen no es fácil, pero como idea general se podría decir que es un fragmento, una secuencia de ADN más o menos larga que tiene una función biológica concreta. En ellos está escrito todo lo que somos y todo lo que podemos llegar a ser, tanto a nivel físico como de la personalidad. Determinan nuestro sexo, altura, color de la piel, constitución, tendencia a desarrollar enfermedades, longevidad, etc. Asimismo también condicionan cómo vivimos, cómo pensamos, y en definitiva, cómo somos. Uno de los más novedosos enfoques que se tiene de ellos, es el relativo a su capacidad de cambio. En la todavía “intocable” teoría de la evolución de Darwin, se postula que la evolución de las especies se produce por cambios puntuales debidos al azar en el material genético, como consecuencia de la interacción con el medio ambiente. En el otro extremo, estudios cada vez más numerosos fortalecen la idea de que nuestro ADN es tremendamente plástico y cambiante. También ahora se sabe que los genes condicionan nuestro cuerpo y nuestra mente, pero que no son determinantes. La cuestión no es tanto la herencia genética que tenemos, sino qué genes son los que activamos de esa herencia. Es decir, que nosotros no somos lo que dictaminan nuestros genes, sino lo que hagamos con ellos. Eso incluye procesos como el envejecimiento, la enfermedad, el desarrollo físico y también el mental. Se sabe que la alimentación, el ejercicio físico, el equilibrio emocional y sobre todo y principalmente nuestra mente, producen cambios en el ADN que luego transmitirán a nuestras siguientes generaciones. Y es que los genes se pueden activar o no activar como si se tratara de interruptores. Nuestra mente es la que los enciende o los apaga. ¿Cómo?

La cuestión no es tanto la herencia genética que tenemos, sino qué genes son los que activamos de esa herencia.

Un cerebro hiperflexible

Se sabe que todos y cada uno de los pensamientos que tenemos son literalmente convertidos por nuestro cerebro en sustancias químicas. Se trata de unas moléculas llamadas neuropéptidos, y son específicos para cada tipo de pensamiento. Así, según se tengan pensamientos de alegría, miedo, excitación, enfado, etc., el cerebro fabricará el neuropéptido específico para ese pensamiento. Esas sustancias, una vez fabricadas por el cerebro, son liberadas por todo el cuerpo para que así podamos “sentir” lo que estamos pensando. De este modo, si uno tiene un pensamiento de alegría, casi instantáneamente también se sentirá alegre. Para el bioquímico Joe Dispenza, autor de “Desarrolla tu cerebro”, lo que nos define como personas es lo que pensamos: “nos sentimos de la manera en la que pensamos, y eso nos lleva a pensar de la manera en que nos sentimos”. Un círculo vicioso en el que la mente genera una química, que a su vez induce a repetir los mismos pensamientos. La constante repetición de nuestros pensamientos, libera continuamente el mismo tipo de neuropéptidos por todo el cuerpo que actúan como verdaderos interruptores activando o desactivando genes. La antigua idea de Van Helmont de que "toda la vida es química" tiene ahora más sentido que nunca. Lo más importante de todo esto es la deducción a la que nos lleva: nosotros, con nuestros pensamientos, transformamos nuestro genoma. Activamos o desactivamos genes, bloqueamos o impulsamos nuestra herencia genética. Volviendo al triángulo cerebro-cuerpo-genes, podemos afirmar que el cambio genético puede provocar tanto cambios corporales –como que se active o no cualquier enfermedad hereditaria de la que seamos portadores-, como cambios en la estructura del cerebro que permitirían desarrollar un sin fin de nuevos pensamientos.
En este último aspecto Dispenza considera que la estructura del cerebro es tremendamente flexible. Al cambiar nuestros pensamientos no sólo se cambia la química que produce el cerebro, sino también el propio cerebro: se crean nuevas conexiones neuronales a la vez que se desconectan otras.
La biología responde al poder de la mente, y son nuestros pensamientos quienes pueden transformar, para bien o para mal, nuestro cuerpo y nuestro cerebro.

Nosotros, con nuestros pensamientos, transformamos nuestro genoma.

 

 

 

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