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Editorial Editorial Olímpica Vergüenza

Olímpica Vergüenza

Escrito por Fusión 07 Agosto 2008
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Cuando Pierre de Coubertin soñó con unos Juegos Olímpicos, imaginó la belleza de la competición deportiva como la confrontación limpia de unos valores que básicamente estaban representados por el cuerpo y la mente, y todo ello en un clima de libertad, de generosidad humana, de la más pura expresión de superación y búsqueda de los límites humanos. Su pensamiento se basaba en que los antiguos helenos se propusieron unificar la cultura, la sabiduría y el deporte.
Pierre de Coubertin nunca se hubiera imaginado que los Juegos Olímpicos se celebrarían bajo la bandera de la represión de los mas elementales derechos humanos, que los participantes aceptarían competir cerrando los ojos ante la vergüenza que en pleno siglo XXI supone la claudicación mundial ante las condiciones impuestas por los intereses económicos y los pactos políticos a espaldas de los pueblos y de sus libertades.
China representa todo aquello contra lo que lucharon los hombres y mujeres que a lo largo de la historia dieron sus vidas por un mundo más libre y por una vida más digna.
Pero China es un gigante que, además, se está expandiendo. Ofender a China supone quedar fuera del movimiento comercial más importante tal vez de la historia. Boicotear los Juegos Olímpicos equivaldría a ofender a la gallina de los huevos de oro. Mejor es mirar hacia otro lado y seguir la farsa aun a costa de que el espíritu olímpico quede definitivamente enterrado bajo toneladas de hipocresía y de intereses económicos.
Incluso, en un alarde de justificar lo injustificable, se han oído voces que proclamaron que el deporte no se debe mezclar con la política, como si eso fuera posible o como si eso estuviera sucediendo en algún lugar o en algún deporte en particular.
China utiliza los Juegos Olímpicos para hacer una demostración ante el mundo de su poder, de las bondades de su política, de la disciplina de un pueblo que se mueve todo al mismo ritmo, un ritmo marcado por los militares.
China quiere mostrar ante el mundo su mejor cara, pero una cara al fin y al cabo que ya hemos visto anteriormente en otros lugares y bajo otras dictaduras. Y para ello no dudó en limpiar, sin concesiones a los derechos de sus ciudadanos, lo que no sería bien visto, lo que mancharía su imagen, lo que sería interpretado como una debilidad del sistema.
Los deportistas ven una villa olímpica perfecta. Los periodistas ven unos hoteles perfectos. Los políticos ven unas estructuras económicas y sociales perfectas. Y los turistas ven lo que se ha preparado para ellos.
Pero todos, unos y otros, no quieren ver la realidad de un pueblo que vive resignado dentro de un sistema en el que pensar está prohibido, expresarse está prohibido, opinar en contra está condenado.
Unos y otros harán declaraciones elogiando el trato recibido, la calidad de las instalaciones, de la comida, de la cordialidad de las gentes. Pero omitirán decir que todo ello forma parte de un programa diseñado precisamente para que parezca así, que las personas con las que convivieron o que les atendieron fueron así escogidas y diseñadas entre miles para dar esa impresión.
Es el ya conocido juego de la mentira consentida. Tú miénteme que yo haré como que no me entero.
Pero ninguna delegación internacional, ningún deportista, le preguntará a sus anfitriones por la suerte de los detenidos del Tibet que reclamaron sus derechos. Y si alguno, en franca desobediencia a las instrucciones de su país, llegara a hacerlo, se encontraría con una sonrisa y una respuesta de diseño, una respuesta programada para tal situación, una respuesta evasiva y cordial.
Tal vez si ese mismo deportista insistiera en su pregunta, tal vez se volvería a su país de origen porque habría sufrido una lesión y no podría seguir compitiendo. Aunque, eso sí, no tendría nada que ver con la política.
Por todo ello, asistimos a los juegos de la vergüenza y de la hipocresía. Nos concentramos en las medallas y en los récords para disimular y fingir que no nos importan los derechos humanos, o que no nos parece que una cosa tenga nada que ver con la otra, o que en realidad no es para tanto, al fin y al cabo a quién le importan unos cuantos tibetanos y cientos o miles de disidentes que se pudren en las cárceles chinas por el simple hecho de pensar o de expresar su opinión.
El mundo ha tenido la oportunidad de lavarse su vergüenza y ha claudicado, se ha vendido una vez más.
Dicen los que tratan de convencernos que es una ocasión única para que China abra sus puertas al mundo y comience así un cambio hacia la democracia. No sé si son tontos, ingenuos o ambas cosas. O tal vez piensan que los demás lo somos.
La realidad es que China quiere aprovechar la ocasión para demostrar la “bondad” de su sistema y para mandar un mensaje claro y rotundo al mundo: “somos el país más poderoso de la tierra, podéis beneficiaros de nuestra expansión y colaborar en nuestro progreso, pero no oséis interferir”. Amen.
Dicen que están siendo las mejores Olimpiadas de la Historia. Todo depende del enfoque, del punto de vista.
Lo que sí es seguro es que el Espíritu Olímpico no ha sobrevolado los escenarios de las “gestas”, porque le han recortado las alas y le han vendado los ojos para que no viera y así no pensara.
Y quien no piensa y no expresa su pensamiento, sencillamente no está vivo.

 

 

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