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China, asuntos pendientes

Escrito por Mariló Hidalgo 30 Mayo 2008
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En sólo unos años, China ha conseguido pasar de la época medieval al siglo XXI, pero aún le queda mucho por hacer. Los propios dirigentes reconocen que su actual sistema es imperfecto y dicen estar abiertos a un cambio necesario. Quieren aprovechar los Juegos Olímpicos para dar el salto definitivo pero con ello también reaparecen viejos conflictos pendientes.

De la mano del director del Observatorio de la Política China, Xulio Ríos viajamos al corazón de este imperio en un momento donde acapara todas las miradas internacionales y es centro de debate.

 

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-¿Nos encontramos ante una crisis más entre China y Tíbet?
-Sin duda, así parece. Y a pesar de que el gobierno chino está haciendo todo lo posible por enfriarla, podría no ser tan fácil, ya que se está extendiendo a varias provincias donde existen comunidades tibetanas importantes y el eco internacional que ha logrado retroalimenta las protestas. Una crisis oportuna, por otra parte, que proporciona un empujón a quienes desde el mundo no gubernamental defienden la existencia de razones suficientes para argumentar el boicot a los JJOO.

-Aquí en occidente hablar de Tíbet es hablar de espiritualidad burlada y de falta de respeto a los derechos humanos por parte de China. Pero, ¿qué reivindica el pueblo tibetano?
-La esencia del problema, en mi opinión, se refiere al ejercicio de un autogobierno real, con oscilaciones que pueden variar desde la independencia a una autonomía amplia. El catalizador aparente es la religión, lo cual también genera dudas respecto a la viabilidad democrática y laica de un Tíbet soberano. Lo cierto es que tampoco los lamas fueron en su tiempo, no hace tanto, muy respetuosos con los derechos humanos. Sea como fuere, la laicidad debiera ser un componente clave en cualquier solución política. No obstante, la sociedad civil es muy débil y las estructuras religiosas constituyen la columna vertebral del Tíbet que, como se demuestra en estos días, ni cinco décadas de severo dominio del PCCh ha logrado arrodillar. La inflexibilidad china es un error y no hace más que radicalizar el problema.

-Algunos ven en esto el principio de una posible desmembración y crisis como las acontecidas en la Unión Soviética o Yugoslavia. ¿Cuál es su opinión?
-Creo que es un juicio muy precipitado. La importancia, la significación y la trayectoria del problema nacional en China tiene otra identidad y características, aunque existen conflictos con algunas nacionalidades minoritarias importantes, además de los tibetanos. Pero los procesos de sinización están muy avanzados y los focos de conflicto notables se reducen básicamente a dos: Tíbet y Xingjiang. Por otra parte, la actual tendencia histórica en China es la contraria: sumar territorios y completar la reunificación del país en el marco del proceso de emergencia. Ha ocurrido con Hong Kong (1997) y Macao (1999) y Taiwán está en el punto de mira. La importancia estratégica de los enclaves donde se hallan estas nacionalidades hace muy difícil que China acepte sin más una desmembración, ni parece que su situación sea comparable a la de la URSS a finales de los ochenta del siglo pasado.

"El boicot en nada puede ayudar a mejorar la situación de los derechos humanos en China y mucho a fortalecer un nacionalismo hostil, así como la complicidad social con el propio régimen"

-¿Cuál considera que sería la salida más acertada a este conflicto?
-Negociación y autogobierno, progreso e identidad. Flexibilidad en ambas partes. Creo que si China ambiciona cierta estabilidad en estos temas, necesita como mínimo, refundar su modelo autonómico. Las cinco regiones autonómas de China ni siquiera disponen de estatutos de autonomía en un tiempo en que no se habla de otra cosa que el Estado de derecho y el imperio de la ley. Los dirigentes chinos han sido muy innovadores en el ámbito económico pero en lo político han desatendido la importancia del problema nacional pensando que el desarrollo podía opacar los procesos identitarios. El progreso debe tener en cuenta el respeto a la propia identidad y no convertirla en un atributo folclórico para turistas ávidos de aventura. Además, claro está, los derechos y libertades elementales son irrenunciables.

-¿Qué papel real está jugando en estos momentos el Dalai Lama y con qué resultados?
-Creo que desempeña un papel muy activo en la crisis. En cuanto a los resultados, es evidente que ha logrado movilizar un importante sector de la opinión pública internacional y demostrar que aún conserva una poderosa influencia entre amplios segmentos del pueblo tibetano. Por otra parte, los episodios de violencia contra los inmigrantes han -grupo étnico más numeroso en China- añaden factores de odio y tensión. La forma en que los medios de comunicación chinos están presentando la crisis -silenciando las protestas internacionales y dando cuenta de los disturbios contra pacíficos comerciantes- alimentan el resentimiento y la incomprensión de una reacción que desprecia la "generosidad" del Estado que tanto ha ayudado para que Tíbet pudiera salir de su situación de atraso.
Por otra parte, el daño a la imagen internacional de China y a sus líderes es notorio, paradójicamente, cuando podría decirse que entre ellos predomina cierta tendencia liberal y relativa disposición para ampliar algunos márgenes de libertad y profundizar en la democracia.
Conviene tener en cuenta, asimismo, que están interiorizando el acoso: conflictos por los productos defectuosos, por los alimentos, Darfur, la apreciación del yuan... Todo ello forma parte de estrategias calculadas, se piensa aunque no se diga, para contener su auge y vencer su voluntad de erigirse como un pilar soberano del sistema internacional. A China se le exige en Sudán, por ejemplo, lo que no se autoexigen las potencias occidentales -que podrían, por ejemplo, hacer valer su influencia económica para presionar a Israel y lograr el respeto a los derechos humanos de los palestinos.

"Los dirigentes chinos han sido muy innovadores en el ámbito económico, pero en lo político han desatendido la importancia del problema nacional, pensando que el desarrollo podía opacar los procesos identitarios"

-¿Dónde podemos ver la sombra de EEUU en este conflicto?
-EEUU está aumentando la presión estratégica global sobre China. Un día es el precio de los cereales, otro el del petróleo, el asunto de Darfur... claro, la apreciación del yuan con respecto al dólar. China ha iniciado el tránsito a un nuevo liderazgo, son años decisivos que intentará aprovechar EEUU para inclinar de su lado la orientación político-estratégica e impedir que el traslado del epicentro económico del planeta hacia Asia, derive en una pérdida del poder global estadounidense. Pero no lo va a tener fácil. Cabe imaginar que en los años próximos se multipliquen las tensiones.

-China por un lado se ha esmerado en potenciar el desarrollo económico del Tíbet y por otro ha mantenido una política de aislamiento de esta zona con el resto del mundo. ¿Con qué resultados?
-Para China, el desarrollo es la clave de numerosos procesos, internos y externos. El atraso y la miseria es la principal causa de los conflictos. Piensan que proporcionando riqueza y bienestar harán olvidar o pasar a segundo plano otras demandas: las políticas, que mantienen a buen recaudo y con la cuota de participación tibetana en su medida justa para no ser problemática y legitimar su estrategia. Así piensan buena parte de los han, pero los tibetanos no son han y su escala de valores e identidad político-nacional es distinta. El aislamiento, por otra parte, ha sido más férreo en el pasado que en el presente. En los últimos tiempos, se ha producido un giro importante. Es verdad que China ha invertido mucho dinero en mejorar buena parte de los templos tibetanos con el objeto de hacer del turismo un negocio bien lucrativo, en buena medida administrado por los han. Además, la vía férrea Qinghai-Tíbet, que enlaza esta región con el resto de China, contribuye a superar ese aislamiento. China estaba orgullosa de sus éxitos en Tíbet y consideraba el problema, en buena medida, encaminado. Quizás por eso también se mostró inflexible en las negociaciones mantenidas en los últimos años con los representantes del Dalai Lama. Erró el cálculo.

-Muchos ya consideran a China como la segunda potencia mundial sólo por detrás de EEUU e incluso vaticinan que podría superar en poco tiempo al país americano. ¿En qué se basa este crecimiento tan galopante del gigante amarillo?
-En lo fundamental, el modelo aplicado en los últimos 30 años se basa en la conjunción de tres factores: inversión exterior, mano de obra barata y orientación de la producción para la exportación. Ese modelo está pasado de moda. Ya no se busca un crecimiento ciego y de mala calidad. Se es más selectivo en todos los campos y se trata de potenciar un nuevo sistema que tenga en cuenta el valor agregado científico-tecnológico, los costes ambientales y los sociales. El objetivo inicial de la reforma es lograr un nivel de vida medianamente acomodado. Está más cerca, pero para la inmensa mayoría de sus habitantes, China sigue siendo un país en vías de desarrollo. Sus magnitudes territoriales y demográficas producen datos estadísticos de asombro que pueden inducir a sobreestimar su poder y sus capacidades. Está aún muy lejos de Estados Unidos en tecnología, en defensa, y también, claro está, en renta per cápita. Aún pueden pasar muchas cosas en el futuro inmediato que, como reconocen los propios chinos, es crucial para el éxito de su modernización.

"A China se le exige en Sudán, por ejemplo, lo que no se autoexigen las potencias occidentales"

-Además del aspecto económico, la sociedad china ha dado un salto que en otros lugares habrían necesitado varias generaciones. ¿Cómo se pueden asimilar tantas cosas y tan deprisa?
-No es fácil, y genera muchas tensiones, de diverso tipo. Todos conocemos los contrastes de este país que vive al mismo tiempo en siglos diferentes y con pautas de comportamiento muy distinto al nuestro. Creo que a veces se les exige que vayan demasiado deprisa y con sus proporciones no resulta nada fácil. Incluso es milagroso que no se hayan producido más crisis en este proceso que para ellos tiene un significado, sobre todo, histórico, y que anhela recuperar la grandeza perdida que en cierta medida ostentaron hasta las guerras del Opio, impulsadas por potencias occidentales que pisoteaban los derechos humanos y recurrían al narcotráfico para colonizar su territorio. Esto China no lo olvida, cuando esas mismas potencias hoy le exigen una mayor democratización. Está claro que su emergencia genera también recelos y temores entre aquellos que hoy campean a sus anchas en el sistema internacional.

-¿Qué supone para este país ser la sede de los próximos Juegos Olímpicos?
-Su significación política tiene dos destinatarios. Uno exterior, para mostrar al mundo que China asume los retos de la modernidad con éxito y que está en condiciones de tratar de igual a igual con cualquier país. Y también interno, para demostrarse a sí mismos que están en el camino de hacer posible el renacimiento de la gran nación china. A la vista de lo ocurrido -y de lo que pueda ocurrir en los próximos meses, pues cabe imaginar que muchos problemas y conflictos saldrán a la luz- puede convertirse en una auténtica trampa y ello bien puede ser utilizado también por el régimen para activar el nacionalismo como recurso aglutinante y defensivo, lo cual podría traducirse en ciertas tensiones internas, entre los partidarios de enrocarse y los de desbloquear la situación incentivando los procesos de cambio en lo político.

-¿Cree que un boicot serviría para algo?
-Me parece que el boicot en nada puede ayudar a mejorar la situación de los derechos humanos en China y mucho a fortalecer un nacionalismo hostil, así como la complicidad social con el propio régimen. Me parece totalmente desacertado.

-Por último, ¿el ascenso del gigante asiático debe ser visto como una amenaza o como una oportunidad?
-Creo que debemos hacer todo lo posible para que se convierta en un factor estabilizador. Hacerle un hueco a un país de estas dimensiones en el sistema no resulta fácil, pero con independencia de las tensiones que pueda generar en lo económico, creo que no constituye una amenaza. Ya sobran potencias desestabilizadoras en el mundo occidental. Estas sí que pueden ver en la emergencia de una China desarrollada, pero soberana, sin entrar en las redes de dependencia estadounidense (como la UE o Japón, quizás menos Rusia), una amenaza para sus intereses y ambiciones estratégicas. No obstante, China, que debe hacer frente a muchos conflictos en su propio entorno regional (desde Taiwán a los litigios territoriales en los mares de China), debe acreditar la mesura necesaria para no ser considerada una nueva potencia dispuesta a sojuzgar los intereses de los pueblos en beneficio de sus industrias y ambiciones. Lo que quede de cultura confuciana en su comportamiento puede ayudar a evitar estos riesgos. §

Página recomendada: www.politica-china.org

Curiosidades

  • El grupo étnico de los han es el más numeroso de China (92% de su población) aunque el gobierno reconoce a 55 etnias más entre las que se encuentran tibetanos, mongoles y uigures, entre otros. A pesar de ello el mundo chino tiene una unidad cultural, idiomática y demográfica. Desde el punto de vista de las creencias, China está llena de contrastes: confucionista, taoista, budista e islamista, además de varios cultos locales.

  • En el año 2020 la población laboral de China superará los novecientos millones de personas, trescientos millones más que el total de la población laboral de todos los países desarrollados. Todo un reto que deberá resolver el gigante amarillo.

  • Hace cuatro años que el Comité Olímpico Chino puso en marcha un millonario proyecto dirigido a seleccionar mediante programas informáticos a deportistas para que fuesen preparados sin escatimar medios en Centros de Alto Rendimiento. Objetivo, alcanzar el primer puesto en el medallero en las próximas Olimpiadas. La recompensa para quien lo consiga es, además de una importante prima económica, el honor de convertirse en héroe nacional y la oportunidad de triunfar en el mundo de la empresa como ya les ocurrió a otros deportistas. Quien pierde es objeto de deshonra.
 

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